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 -La Apoteosis de la Oscuridad-

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SetanMaster
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MensajeTema: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Lun Sep 29, 2014 7:10 pm


Hades necesita un sucesor. Un nuevo Elohim que cumpla con todas las características necesarias para ser el soberano del Inframundo por los próximos siglos. Elegir al siguiente Padre de las Tinieblas no es una tarea nada fácil, requiere años de preparación, observación, suposiciones, fracasos, ensayos y errores, todo para elegir a un solo hombre entre un reducido número de candidatos. ¿Los requisitos? No hay, simplemente Hades debe ver algo, cualquier cosa, que le haga decidirse por alguien. 
Al fin, después de dos mil años de una exhaustiva búsqueda, Salvatore Finnegan ya lo ha encontrado. 
Hora del Megalon Erbfall, el evento más importante del Infierno entero en su totalidad. Todos, absolutamente todos deben estar presentes para reconocer a su nuevo soberano. ¿El problema? Los demonios se encuentran expandidos no solo por el mundo, sino por todas las dimensiones enteras. 
Ahora, la tarea de Salvatore Finnegan no solo radica encontrar a todos y cada uno de sus siervos, también debe protegerlos de Dios, quien no dejará tan fácilmente que un nuevo soberano de las tinieblas suba al trono.


Historia original por SetanMaster 
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Lun Sep 29, 2014 7:16 pm

Prólogo.

Ha llegado. El momento está aquí. Después de tanto tiempo de espera, al fin. Años de preparación, de victorias, de fracaso, de planes y estrategias. Todo se resume a esto.
Las tinieblas han tomado forma, se han fortalecido y están ansiosas por desatarse de sus cadenas, saliendo de su prisión y devorándolo todo.
Apresúrense, monstruos de los abismos, criaturas de la oscuridad y del miedo. Corran y sacien su sed de almas, yo les doy su libertad.
¡Despierten hijos míos! Abran sus ojos después de siglos de haber dormido dentro de criaturas insignificantes que creyeron haberlos dominado. ¡Posean al fin sus cuerpos y demuéstrenles su poder! ¡Oblíguenlos a hacer su voluntad y causen desastre y destrucción!
Invoquen a sus hermanos con sellos de sangre y juntos acudan a mi llamado. Ayúdenlos a salir de sus prisiones, denles parte de su fuerza, y cuando alcancen su máximo poder, peregrinen hacia mí.
Y cuando al fin estén aquí, llamaremos a nuestra llave al éxito y dominación. Llamaremos al poderoso y al fin podremos extender nuestro reinado ya sin barrera alguna.
¡Comencemos el rito!
¡Te llamo a ti, criatura de la oscuridad, por los trabajos de la oscuridad! ¡Te invoco a ti, criatura del odio, por los trabajos del odio! ¡Te llamo a ti, criatura de los yermos, por los ritos del yermo! ¡Te invoco a ti, criatura del dolor, por las palabras del dolor! ¡Ich dico kalo euch, Hypnos! ¡Ich dico kalo euch, Thanatos! ¡Ich dico kalo euch, Civis der Selínis! ¡Ich dico kalo euch, Crudelis kai Ausdrucks! ¡Ich dico kalo sie, Iudices der Kólasis! ¡Gekommen sto mean ruf! ¡Desgarren el tejido de la realidad, criaturas del abismo tenebroso!

¡DESPIERTA, VIAJERO!
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Jue Oct 02, 2014 8:05 pm

I.

                Fue el ardor del licor pasando por su garganta lo que le despejó por completo de su somnolencia. Absenta. Su hada verde le había costado un ojo de la cara, y no planeaba consumirla a menos que fuera muy necesario en una crisis. Como la de ahora. Una pequeña gota que había escapado resbalaba por la comisura del labio, creando un pequeño destello.
                Durza suspiró, aún turbado y con el corazón latiéndole a mil. Nunca en su vida había tenido un sueño lúcido, y menos aún había soñado alguna vez con Radamanthys. Eso fue lo que más le perturbó, no tanto haber tenido una charla con el demonio que lo poseía -eso lo había hecho un sinnúmero de veces-,  sino el hecho de que, por primera vez en toda su existencia, había visto al Juez del Infierno cara a cara. No, Durza jamás había mirado a Radamanthys al rostro, el demonio jamás se lo permitió, conformándose con mostrar su atemorizante silueta... Durza no tenía ni idea de por qué, pero esa noche todo había cambiado.
                No recordaba donde se encontraba durante el sueño, solo sabía que era una antigua mansión, algo empolvada pero exquisitamente decorada con indumentaria de estilo gótico de colores principalmente oscuros, resaltando el negro casi por completo.  Durza intentó familiarizarse con el entorno, se encontraba en un gran y oscuro salón con una inmensa mesa que tenía lugar para dieciséis sillas, todas con la misma elegancia que la mesa y todo el lugar en sí. Arriba de estas, se podía apreciar una majestuosa lámpara de araña negra de igual estilo gótico, donde se podían poner al menos veinte enormes velas. Ese, definitivamente, no era un comedor común y corriente. Debía servir para dar lujosos banquetes, o bien pertenecer a alguien lo suficientemente importante para toda esa ostentosa decoración.
                Durza escuchó voces provenientes de otro lugar, muy tenues, como susurros. Decidió seguirlas, avanzando hacia una de las dos puertas -una se encontraba a un lado del salón y la otra al opuesto-. Mientras se dirigía a la entrada, se dio cuenta de dos cosas tan curiosas como aterradoras: En primera, a pesar de que había un sinnúmero de ventanas y todas estaban abiertas, por ninguna se podía ver el exterior, solo un resplandor blanco. Y en segunda, los espejos no lo reflejaban. Aunque hubiera querido indagar en esos dos asuntos, de alguna manera sabía que tenía que continuar su camino, hacia las voces que cada vez sonaban más fuertes, pero que no dejaban de ser un susurro, como si los hablantes quisieran mantener su conversación en secreto. Otra cosa que en ese momento Durza no notó, es que el piso, de madera, no crujía bajo sus pies.
                Al fin llegó al marco de la puerta, que estaba cerrada. Miró expectante el dorado pomo, que parecía retarlo con su brillo desgastado por tantos usos. Dudó, temiendo que por alguna extraña razón la puerta lo mordiera, quemara o dañara de alguna manera. ¿Estúpido? Sí, pero era en lo único en lo que podía pensar el Sombra.
                Venciendo ese infantil temor que lo había llenado, Durza al fin alzó el brazo y giró el maldito pomo, que no hizo nada mas que ceder ante la mano.
                El Sombra no perdió el tiempo, abrió la puerta y asomó la mirada. Era un recibidor, aún mas oscuro que el salón del cual acababa de salir. Aunque a simple vista se veía exquisitamente decorado, las cortinas estaban corridas y apenas se podía ver siluetas de las cosas. Apenas había entrado, se dio cuenta de la presencia tres personas, las cuales habían estado hablando antes. Aunque físicamente eran muy parecidos, el aura que emanaban era por completo diferente. Dos de ellos tenían el cabello largo, el otro no. Todos tenían seis alas negras como las de un ángel, pero con las plumas erizadas y toscas. Estaban sentados cada uno en un mueble de terciopelo violeta oscuro, los cuales estaban acomodados de tal manera que nadie quedara excluido de la plática, todos mirando hacia un ventanal -ahora cubierto por las cortinas-, quedando casi de espaldas al Sombra.
                Tuvieron que pasar apenas unos segundos para que las tres figuras le voltearan a ver. Durza sintió un escalofrío enorme. Los ojos de las personas brillaban de una manera espectral, y no en sentido figurado, literalmente brillaban, con una fluorescencia antinatural que hacía aún más atemorizante su ya profunda y penetrante mirada. Sus ojos no tenían pupilas. Durza al fin pudo verlos mejor. Uno era de orbes ámbar, cabello grisáceo y considerablemente largo, su pose se veía serena y atenta, pero al mismo tiempo imponía un respeto que los otro no, el segundo era de ojos violetas, melena casi interminable y azabache resplandeciente, de postura más amenazante y menos cordial, agazapado en su asiento;  y el último se veía mucho mas relajado, sentado sin ninguna postura concreta, casi acostado como si no le importara nada, daba un aire agresivo y rebelde pero tranquilo en ese momento, tenía los ojos dorados, de cabello marrón, corto y desordenado.
                Fue el último quien reaccionó primero.
-Te habías tardado-Le habló mientras se levantaba de su asiento y caminaba hacia él. Durza reconoció enseguida la voz, pero su cerebro no logró hacer la conexión en ese entonces-Pensé que no vendrías
-¿Radamanthys?-Al fin lo supo.
                El asintió calmadamente, volteando ligeramente hacia los otros y señalándolos con la mano.
-Ellos son mis hermanos. Minos-Le habló al de cabello grisáceo, quién apenas entrecerró los ojos y asintió muy levemente-Y Aiacos-Fue el turno del de cabello azabache, quien gruñó considerablemente alto a modo de respuesta.
-Los Jueces del Infierno-Susurró, completando la frase. Radamanthys asintió nuevamente.
-Vaya Radamanthys, tu chico piensa rápido-Escuchó una voz proveniente de atrás del demonio, hablando socarronamente, supuso que era Aiacos.
                El de ojos dorados solo atinó a gruñir a modo de respuesta, silenciando a su hermano abruptamente.
-Iré al grano, Durza.-Dijo suspirando, intentando ordenar sus ideas-Esto es un sueño, y tu estás consciente de eso. Le he pedido a mi señor que te de un sueño lúcido porque necesito hablar contigo. Desde hace unos días algo dentro de ti se ha estado removiendo. No sabes conscientemente que es, pero ahí está, todo el día, molestándote. Es una especie de exasperación que te llena la garganta y te da náuseas. Bien, esa ansiedad ha venido de que, de una forma u otra, sabes que el momento ha llegado. Mi señor me ha llamado. Nos ha llamado. Yo vivo dentro de ti, y no puedo negarme a su llamada. Así que tendrás que venir conmigo, por las buenas o por las malas. Te elegí como mi sucesor. Eres un Juez del Infierno, Durza, y es tu deber acudir con nuestro señor. Aiacos ya ha accedido al llamado, Minos está en proceso. Yo hoy he decidido avisarte. Pero ten en cuenta que no es una opción, Durza, tu vendrás conmigo, te guste o no
                Durza se quedó sin habla. Si bien Radamanthys había sido bastante amable, sabía que estaba ante un espectro poderosísimo, era el quien le había dado todos sus poderes. Toda su vida se había llevado bien con ese ser, sin embargo jamás lo había visto como lo que realmente era: Un demonio despiadado y astuto, que si se lo proponía lo llevaría a la fuerza a donde quiera que estuviera su señor. Si o si. Durza siempre supo que ese momento llegaría, así que prefirió solucionarlo todo por las buenas. Asintió muy levemente.
-Iré-Dijo finalmente. El demonio correspondió su gesto y se volteó, dispuesto a retomar su asiento junto con sus hermanos-Espera.-Lo detuvo. Él se volvió muy levemente, observándolo de reojo-Sabes mi situación ahora. Así que...
-Bien-Gruñó, mucho menos comprensivo que antes-Pero no te tardes mucho, Durza, te lo advierto
-Entendido
-Ahora, despertarás-Fue lo último que le dijo Radamanthys, antes de sentarse nuevamente.
-Oh, y Durza-Habló Minos esta vez con voz serena pero contundente y amenazante, escrutando al Sombra con su intimidante mirar-Tu conoces a mi reencarnación, a quien en este momento estoy poseyendo. Dile que estos últimos días he tolerado pacientemente su negación al llamado, pero si sigue ignorándome, llegará el momento en el que pierda la paciencia y entonces ya no seré tan indulgente con él
                Sonrió. Su expresión le congeló la sangre. Antes siquiera que pudiera responder, la imagen se empezó a distorsionar, hasta que se volvió completamente negra.
                Durza suspiró, dando otro trago a la absenta. Se había despertado hacía media hora, y sin embargo no había dejado de pensarlo. Si bien Minos jamás mencionó a quien se refería en su comentario, el Sombra sabía mejor que nadie de quien se trataba.

                Hannibal
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Dom Oct 05, 2014 11:23 pm

II.


                Durza suspiró, consciente de que su amigo se había metido en muchos problemas. Conocía a Hannibal como la palma de su mano, y sabía que no cedería, poniendo su vida en inminente peligro. Empezaba a preocuparse.
-Buenas noches
                El Sombra dio un brinco del susto, dejando caer su vaso vacío al suelo, rompiéndose. Había alguien ahí, en su despacho, junto a él. Sintió de pronto su respiración muy cerca, rozándole la nuca. Durza retrocedió por instinto, al visualizar por su vista periférica una enorme silueta apoyada en el rincón. Medía un poco menos de dos metros, de complexión no muy robusta pero bien formada, melena negra y muy lacia. Tenía un par de enormes cuernos de al menos 50 centímetros y parecía estar gruñendo por lo bajo. La sombra sonrió sin dejar de gruñir.
-Lamento haberte asustado, no pensé que estuvieras tan poco atento-Le dijo, acercándose y saliendo de las sombras.
                Durza palideció. Llevaba el pecho desnudo, y la parte inferior de su cuerpo estaba cubierta por una especie de pantalón negro y desgarrado, de algún material irreconocible. Toda su figura en si era atemorizante, pero fueron sus pies los que hicieron temblar al Sombra. No eran comunes, parecían la combinación de pies humanos y las garras de algún animal, negros y con enormes zarpas. Quien fuera ese extraño que invadía su propiedad, no auguraba nada bueno.
-¿Quién eres?-Preguntó, en un susurro casi inaudible, intentando simular su turbación.
-Me llaman el Habitante de la Luna-Respondió tranquilamente, con una voz ronca y profunda.-Quizá hayas oído hablar de mí, pues tú, Baranguer, eres el maestro de mis hijos
-El padre de Chaos y Folter-Concluyó Durza, aún más sorprendido que antes -Opeth Gespenst
-Ajá-Asintió, mientras se dirigía hacia el vaso roto que yacía en el piso. Se agachó y, hablando en un idioma extraño que Durza jamás había escuchado pero entendió perfectamente, le ordenó que se reconstruyera. Las astillas, como si tuvieran vida propia, se juntaron nuevamente, regresando al objeto a su forma original. La única diferencia radicaba que el cristal se había teñido de negro. Opeth lo tomó y se dirigió hacia la botella de absenta-¿Te importa?
                Ante la negativa del Sombra, procedió a destaparla, servirse y acabarla de un largo trago.
                Opeth lo miró directamente por primera vez, y entonces el otro se dio cuenta. Durza no pudo evitarlo, simplemente fue un pensamiento en voz alta que salió de su garganta impulsivamente antes siquiera que pudiera reflexionarlo.
-Eres ciego-Observó, siéndole imposible dejar de admirar esos orbes blanquecinos, espectrales y nublados. Habían sido de un color verdoso o aguamarina alguna vez.
-Solo de los ojos. He aprendido a ver el mundo de otra manera-Respondió sin inmutarse ni un poco.
                Durza no pudo hacer mas que darle la razón. Sus orbes, aunque carentes de visión, aún conservaban ese brillo de inteligencia y respeto que seguramente se reflejaba aún más cuando todavía miraban al mundo.
-Quítate la camisa-Ordenó el demonio de la nada. Sin tacto, sin opciones, de una forma autoritaria que no dejaba lugar al titubeo.
-¿Qué?-Durza dio un respingo, genuinamente confundido.
Opeth rodó los ojos, fastidiado.
-Por favor, Baranguer-Gruñó-Estoy al pendiente de tus preferencias sexuales, ¿Sabes? Pero no estoy interesado en ti, al menos no de esa manera. Ahora, déjate de juegos y quítate la camisa
                Había algo en la voz de Opeth. Quizá autoridad, quizá amenaza; lo que fuera, era tan contundente, que incluso Durza, que vivía para romper reglas y parecía haber nacido para rebelarse contra la autoridad, obedeció sin quejarse ni una sola vez.
                Cuando la camisa de botones cayó al suelo, la nívea piel del Sombra se erizó, expuesta al frío del ambiente.
                Opeth sonrió. Sin dudarlo, se acercó a el, alzó la mano y la colocó en el pecho del Sombra. El tacto frío turbó aún mas a Durza, que gruñó disgustado. Oyó a Opeth hablar en ese idioma nuevamente. Revélame tus secretos. Dijo, o eso creyó. Entonces una descarga eléctrica hirviente recorrió su pecho y se esparció por todo su cuerpo, como si acabara de ser golpeado por un rayo. Se hizo para atrás por inercia, buscando deshacerse de la sensación. Eso pareció regocijar al demonio, quien ensanchó la grotesca mueca que tenía en la cara.
-Un Setan. Durza Baranguer anteriormente Carsaib Engler. Poseído por el demonio Radamanthys, segundo hermano de la trinidad maligna. Eres un guerrero Sombra. Tu posición es Juez del Infierno y...-Opeth no dijo nada, simplemente ensanchó su sonrisa-Interesante, eres muy interesante.
-Si querías mi biografía, podrías haberme preguntado-Respondió de modo sarcástico. Volvió a gruñir, alejándose definitivamente de la mano que aún no se dignaba a abandonar el lugar en su pecho.
-La marca jamás miente-Se cruzó de brazos, aún gruñendo por lo bajo. En ese momento, Durza logró hilar las cosas: Opeth quería tocar la marca del Caos que tenía tatuada en el pecho-Si siempre has creído que es solo un tatuaje, estás equivocado. En ella está tu vida, tu pasado y tus recuerdos. Tus habilidades y debilidades, a quienes amas y a quienes odias. Lo que te hace ser un Setan, el porque del puesto que ocupas y tu futuro cercano planeado por Hades. Tu marca te deja ante mi como un libro abierto al cual puedo husmear sin ningún problema en absoluto, Baranguer... Antes de que repliques, tranquilízate, Sombrita, no he visto más de lo que me interesa para reconocerte como Setan. Se me hace de mala educación husmear la privacidad de los demás, así que no lo hice ni lo haré. 
-¿Porqué Radamanthys no te detuvo?-Preguntó Durza, tensando la mandíbula, cada vez más impaciente. Bien, ese era Opeth Gespenst ¿Y luego? ¿Quien se creía para someterlo de esa manera?
-¿Radamanthys? Ja-Rió de nuevo, sarcástico-Para empezar, el me pidió que viniera a reiterate que definitivamente no fue un sueño lo que tuviste. Luego... no me detuvo porque no tiene la autoridad para hacerlo. Radamanthys es mi subordinado
Irónico era, que en una sola noche Durza hubiera enmudecido mas veces que en su vida entera. Tardó unos segundos en reflexionar, hasta que se volvió hacia Opeth, mirándolo con cierto miedo.
-¿Tu eres el amo del infierno?-Preguntó en un susurro muy tenso, apenas audible
-¿El Elohim? No, claro que no. Pero si soy su mano derecha. El segundo al mando, podemos decir. A mi lado están Ekenlat y el Inexpresivo, igualmente poderosos. Y luego de nosotros están ustedes, los Tres Jueces del Infierno-Para ese entonces, Opeth ya había husmeado mentalmente el estudio del Sombra, ya que, mientras hablaba, se concentraba mas que nada en volver la cabeza a todos los lados que pudiera, siguiendo con sus extraños gruñidos que Durza intuyó le servían para ecolocalizar los objetos
-¿Ekenlat y el Inexpresivo?
-Ya tendrás tiempo para conocerlos, cuando bajes al Infierno-Opeth se cruzó de brazos, de nuevo escrutando a Durza a su manera, con esa poderosa mirada.-Ahora, antes de irme, solo debo recordarte que el llamado de Hades no es un juego. Es una obligación. O vas, o venimos por ti. Quiero que te quede claro. Te llevas bien con Radamanthys, no lo obligues a someterte o matarte, porque lo hará si yo se lo ordeno. La reencarnación de Aiacos no fue difícil, simplemente aceptó de buena gana. Espero que ese sea tu caso y el de tu amigo, Lecter. Por su propio bien. Tu entrada es en Turkmenistán. Te veré pronto. Adiós, Baranguer.
                Y, sin más, Opeth desapareció tan repentinamente como había llegado, dejando como muestra de su estadía el reconstruido vaso ahora de vidrio negro. Faltaban unos minutos para el amanecer, y Durza resolvió quedarse ahí, con la absenta como su única compañera. 


×


            No había sido nada fácil hablarlo con Agnes. Tampoco con Elena. No sabía quién de las dos había llorado más, si su hija, o su esposa, quien estaba en la última fase de su embarazo y le aterraba la idea de que Durza no conociera a su hijo; por supuesto que al Sombra tampoco le hacía mucha gracia, sin embargo, tenía órdenes, y, si el pequeño (o pequeña) no nacía en la próxima semana, tendría que marcharse, de otra forma despertaría la ira de los tres Jueces del Infierno, y eso era lo que menos quería, aún más cuando estaba a punto de ser padre por segunda vez. Prefería no ver a su futuro hijo que ponerlo en peligro.
            El desayuno, que siempre estaba plagado de acalorados debates sobre política principalmente, había transcurrido tétrico y silencioso, con las dos chicas aún lagrimando y con los ojos muy rojos. Sabían que una guerra se aproximaba y que era probable que ni él ni Hannibal salieran con vida. Durza había preferido decírselos con el objetivo de prepararlas para lo peor, en vez de esperanzarlas con su regreso.
            El mutismo era desesperante, todos comían con desgana. Era tal la depresión que ni siquiera el nonato se movía dentro de su madre, como si supiera que algo sucedía. Y, además, Durza percibía algo fuera de lo común. Sentía a Radamanthys inquieto, intranquilo, removiéndose en su interior. No era algo a lo que estuviera acostumbrado, le resultaba molesto y lo ponía ansioso. Bufó de forma nerviosa, tratando de simular su creciente malestar cada vez más evidente a su familia, sin mucho éxito. 
            "Se lo advertimos" Dijo Radamanthys de repente. Una frase sin ningún sentido, pero que le revolvió el estómago al Sombra.
            Antes de que Durza pudiera siquiera replicar, una pequeña criatura, un adolescente, más bien, apareció de la nada. Su cabello era negro hasta la nuca con un mechón rojizo en la frente y ojos grises azulados. Carecía de camisa o algo que le cubriera el torso, solamente utilizando unos pantalones cortos. Su característica más notoria era una extraña marca color rojo que le recorría la cara. Era su más reciente aprendiz, Hassan, a quien había encontrado hacía poco solo y sin memoria, y por mera piedad había acogido. Como pago, de vez en cuando hacía la función de su amante.
-¿Qué?-Preguntó el Sombra, molesto. Le había prohibido -al igual que a sus demás aprendices- aparecerse de la nada en su propiedad.
-Lo siento, señor-Se disculpó su aún infantil voz, hincándose en señal de respeto-Es que creí que debía saberlo
-¿Saber qué?-Gruñó Durza, levantándose de su lugar. Había escuchado a Radamanthys reírse, sabía de algún modo que no se trataba de nada bueno.
-Es su compañero Hannibal Lecter, señor-Continuó Hassan, con miedo en la voz-Algo malo ha sucedido con él
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Dom Oct 12, 2014 1:15 am

III.


                La bestia abre los ojos. Ya no son los que tenía antes, los que miran ahora no son suyos, no por completo; pertenecen al ser que siempre ha habitado en su interior. Antes azul índigo, ahora ámbar, ojos que reflejan el más puro fuego del infierno.
                Minos observa su entorno. De pronto, toda la aldea en la que se encuentra se sume en un profundo silencio cuando uno de los hombres que caminaba se detiene y se convierte en la criatura que ahora les acecha. Se ha incorporado y, sin inmutarse por las miradas aterrorizadas que le dirigen, de su espalda ahora desnuda aparecen seis enormes alas negras. El hombre había empezado a gritar de la nada, sus ojos habían cambiado de color y se había arrancado la camisa, dejándola hecha tajos. El monstruo observa a los presentes, atento, esperando. Sonríe.
                Entonces una niña rompe en llanto y el caos se desata. La bestia ruge y deja escapar toda su ira contra un inocente que estaba cerca de él, que cae inerte después de un certero golpe que casi lo ha partido a la mitad. Las garras de energía negra de Minos están manchadas de sangre. La gente empieza a gritar, y eso solo aumenta la euforia del demonio; ha estado demasiado tiempo atrapado dentro del cuerpo de quien ha poseído y no ha tenido oportunidad de saciar su sed de sangre. Además de eufórico se encuentra furioso, nunca pensó que aquél pequeño en el que reencarnó algún día llegase a convertirse en un híbrido tan poderoso que podría retenerlo y controlarlo con facilidad.
                Minos ya esperó demasiado, y ahora arrasa con una aldea entera.
                La bestia mata, descuartiza, destruye y se lleva todo a su paso mientras avanza por las calles. Cadáveres de hombres, mujeres y niños por igual, a Minos no le importa mientras sienta el miedo.
                En su interior algo se remueve, la conciencia del otro está gritando de rabia y dolor, está viendo todo lo que el demonio hace sin poder actuar, sin poder moverse. Sus ojos aún miran su entorno, todo lo que destruye y todos a quienes mata, el tiene la capacidad de verlos, palpar su terror. Siente la sangre empapar su cuerpo, sus garras desgarrando la carne.
                Hannibal se siente impotente. ¿Cómo pudo haber bajado la guardia tan evidentemente? Se había confiado, a pesar de las advertencias de Minos le había hecho. No le dio importancia, siempre le susurraba al oído y ya se había acostumbrado, sin embargo últimamente las amenazas eran mas contundentes, más reales. Siempre se preguntaba como había sido que Durza era tan buen amigo de Radamanthys, mientras que a él le hubiera encantado deshacerse de Minos cuanto antes.
                El demonio ha arrasado ya con al menos un tercio de la aldea, cientos de habitantes han sucumbido ante el poder despiadado de Minos, quien no se contiene o limita. Entra a casas, negocios, donde sea que haya algo vivo que matar.
                Irrumpe en una escuela, y, escalando las paredes con sus enormes garras, entra a todos y cada uno de los salones, destrozando todo a su paso. Una maestra intenta proteger a los niños, pereciendo de la misma forma atroz que ellos. El demonio sale por una ventana, alza el vuelo y se impulsa, planeando entre los tejados de las casas. Ruge y siembra pánico, lo que le impulsa a hacer su siguiente movimiento: Inhala y escupe con violencia una enorme cantidad de fuego, que carboniza todo lo que toca al instante. 
                A pesar de toda la masacre causada, Minos no es impulsivo. Ya ha destruido dos terceras partes del lugar, faltando aún el mercado, el parque principal y la casona donde reside la autoridad, ubicaciones que se sitúan en el centro de la aldea, el cual ha sido rodeado por el inmenso incendio que ha provocado. Ha estado atacando en espiral, yendo desde afuera hacia adentro, asegurándose así que nadie pueda escapar de su ira.
                Aterriza justo en el centro de la plaza y extiende sus seis enormes alas para que observen su magistral figura. Los aldeanos están horrorizados, saben que van a morir. Minos sin duda está dispuesto a acabar con todo... Cuando, de pronto, algo entorpece sus planes por unos segundos. Minos ha visto algo. A alguien, mejor dicho, y su sonrisa se ensancha.          
                Si bien no ha convivido jamás con ella ni nunca antes la había visto cara a cara, la reconoce enseguida: Arya, la elfa que compartió celda con Hannibal cuando fue secuestrado y posteriormente escapó con él.
                Como un niño pequeño, se sale de su plan principal para cumplirse un pequeño capricho. Entusiasmado, se apresura hacia donde está Arya, paralizada.
                Minos siente a Hannibal retorcerse de la impotencia y el dolor. Aunque con bastantes años más, está idéntica a la última vez que la vio. Creyó que estaba muerta, y lo único que en ese momento quería era estrecharla contra sí y jamás volverse a separar de ella. Pero sabía que Minos no se lo permitiría. El Juez del Infierno lo tenía perfectamente controlado.
-Hannibal-Apenas articula. Lo ha reconocido. Arya lo mira con un terror indescriptible, negándose a creer que efectivamente era su niño quien estaba ocasionado toda esa destrucción y masacre.
-Arya-Habla con una extraña voz gélida. El timbre de Minos se ha combinado con el del híbrido, dándole un doble tono horroroso y distorsionado. Su sonrisa se borra, mostrando una expresión aún más siniestra.
                Minos se sigue acercando, hasta quedar frente a frente a ella, que aún no encuentra la forma de moverse de su lugar.
-¿Al fin te das cuenta? Yo nací siendo esto-Gruñe guturalmente, arrastrando las palabras entre dientes-El niño al que amaste es el hombre... ¡EL MONSTRUO AL QUE TEMES!
                Minos ríe de una forma grotesca y desquiciada. Hannibal puede ver como Arya se ha puesto a llorar desconsoladamente, y de nuevo no puede hacer nada, simplemente sumirse en una profunda desesperación.
                Se agazapa, impulsándose, y, con una fuerza increíble, alza el vuelo nuevamente. Minos detiene su ascenso cuando está a unos 20 metros. Desde ahí puede ver toda la aldea.
-No vuelvas a tratar de retarme, Hannibal-Habla para si mismo, sabiendo muy bien que el aludido lo escuchaba a la perfección.-Jamás. Por que las consecuencias serán peores... ¡MUERAN!
                Hannibal se desgarra la garganta de tanto gritar, mientras observa como Minos ha lanzado una enorme cantidad de fuego por la boca, tan grande que se concentra en una inmensa esfera antes de llegar siquiera a la mitad de su camino. Es como si un meteorito pequeño azotara la minúscula aldea.
                Los segundos son interminables desde que Minos lanza el ataque hasta que llega a su destino. Cuando lo hace, un intenso y blanco resplandor lo cubre todo, cegando incluso al demonio. Dura apenas unos segundos, y al desaparecer solo se pueden ver llamas. No hay vestigio alguno de que alguna vez ese vasto incendio haya sido una aldea donde vivían más de mil familias.
                Hannibal ya no grita. Es tanto el impacto que ha tenido en él que Minos ni siquiera puede sentirlo, es como si hubiera muerto.
                El demonio sonríe por última vez y vuela lejos de ahí, donde nadie pueda inculparlo. Así, llega a una pequeña colina desde donde aún se vislumbran las llamas, y se detiene ahí. Entonces, las enormes alas negras poco a poco se van haciendo mas pequeñas, hasta regresar a su lugar de origen. Da un largo suspiro mientras se frota los ojos, dándose cuenta por primera vez de lo exhausto y hambriento que lo ha dejado la masacre. Pero eso ya no será su problema, si no el de Hannibal.
                Cierra los ojos, y poco a poco abandona el dominio del cuerpo híbrido, regresando a las profundidades de la conciencia de su usuario. Hannibal, inconsciente, cae al suelo con un ruido seco.


×


                ¡Hannibal! ¡Hannibal!. Un grito en la distancia, casi inaudible. Su mente estaba despertando, pero su cuerpo se negaba a moverse. Cada que lo intentaba un dolor agudo lo invadía, tampoco podía abrir los ojos, aunque cada vez más tenue, la luz de tonos naranjas del atardecer le parecía cegadora y quemante. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí, tendido, en lo único en lo que podía pensar era en Clío. Claro que sabía que estaba en perfecto estado con Hiroki, sin embargo no dejaba de preocuparse por su pequeña hija.
                ¡Hannibal!. Cada vez más cerca. Podía oír la voz casi arriba suyo, no muy lejos de donde se encontraba. Su cuerpo seguía sin responder en absoluto, estaba demasiado cansado. No podía siquiera identificar la voz que lo llamaba, era conocida, pero ignoraba quien era el propietario.
-¡Hannibal!-Ahora estaba junto a él, lo sabía porque ya no sentía el sol golpeándole la cara.
-¿Durza?-Susurró el híbrido. Apenas se daba cuenta de que tenía la garganta realmente seca y los labios partidos.
-Mierda Hannibal, pensé que...-En medio de un gemido de alivio dejó sin terminar la frase, hincándose a su lado y examinando sus heridas.
                El híbrido no había abierto los ojos, sin embargo pudo visualizar la expresión que el Sombra tenía con solo haber escuchado al mismo suspirar de preocupación.
-¿Tan mal me encuentro?-Le dijo, apenas sonriendo irónico.
-Calla-Gruñó. Hannibal sintió que levantaban su cabeza y le pasaban algo por el cuello. De pronto todo su dolor cesó.-No te muevas mucho, Umbraine Verndari bloquea toda sensación dolorosa de tu cuerpo, pero no la cura.
-Agua-Una vez pasado el dolor, era lo único en lo que podía pensar. Pronunció esa simple palabra, pero hacerlo le costó un esfuerzo enorme que mermó el último vestigio de humedad en toda su boca y garganta.
                Durza no respondió, solo suspiró nuevamente. Hannibal escuchó como el Sombra hablaba muy bajo. Acto seguido, volvió a sentir como levantaba su cabeza. Sintió la palma de la mano ajena acercarse a sus labios, y por instinto entreabrió la boca. Sorprendentemente ahí había agua. Hannibal no cuestionó y bebió. Fue como un nuevo renacer, sintió como cada partícula de su cuerpo le agradecía por dotarlo de aquél líquido sagrado. Aunque Hannibal no lo notó, por más que bebía, el agua no parecía acabarse.
                Al fin, cuando sació su sed, se decidió a abrir los ojos. Sus pupilas se contrajeron ligeramente al contacto con el atardecer que ya daba paso a la noche. Hannibal volteó, dándose cuenta por fin de lo preocupado que lucía su compañero.
-No debiste retar a Minos-Fue lo primero que dijo, con un tono resentido y cauteloso al mismo tiempo.
                Durza, ¿Estás ahí?. No contestó. Era Radamanthys, y en ese momento no quería tener que ver nada con él ni con los otros Jueces.
-No voy a hacer lo que él me diga-Gruñó, sentándose con un enorme esfuerzo-No me interesa participar en su juego
-Eres un Setan, no tienes opción. Te obligará de una u otra forma y es mejor que vayas por las buenas y no como ahora-El Sombra siguió escuchando como Radamanthys lo llamaba. Intentó simular un gruñido y se decidió a seguir ignorándolo. Quisiera lo que quisiera, tendría que esperar.
-No
-Hannibal-Durza-Escucha por favor...-Durza. Durza. Durza. La voz no dejaba de atormentarlo, cada vez se hacía más insistente y agobiante.
-¿Durza?-Ante el mutismo de su amigo, Hannibal alzó la ceja bastante confundido-¿Estás bien?
                Durza. Durza. Durza. DURZA.
-¡Basta!-Rugió, furioso.-¡Deja de molestarme, Radamanthys! ¡Ya estoy harto de tus juegos!
                Pero el demonio no parecía escucharlo, pues Durza sintió como de nuevo una voz intentaba colarse en su mente. Harto, decidió simplemente ignorarla... Hasta que se dio cuenta de algo muy importante: La voz era femenina, claramente no provenía de Radamanthys, sino de...
                ¡Papá! ¡Papá!. Elena. Era ella quien lo había intentado llamar. El tono sonaba desesperado y asustado, además de quebrado, estaba llorando.
                ¡¿Qué sucede?! Durza, alertado, se había olvidado por completo de su amigo que aún yacía viéndolo sin entender nada ¡¿Estás bien?! ¡Dónde está tu madre?!
                Cuando lo escuchó, todo su cuerpo sufrió un violento escalofrío y un nudo se instaló en su garganta. 
                Ahora mismo voy para allá
                El Sombra se incorporó de golpe, mientras Hannibal veía atónito todo el espectáculo. Durza se transformó entonces en un inmenso lobo rojo, que se agazapó frente a su compañero.
-Sube. Ahora-Gruñó el lobo, sin dar mayores explicaciones.
                Hannibal comprendió que no era momento para preguntas, por lo cual obedeció de inmediato. Apenas se hubo acomodado, Durza se impulsó e inició una maratónica carrera a través del bosque. Hannibal apenas podía sostenerse en la espalda del gigantesco animal, intentando ignorar el penetrante olor a humo proveniente de la aldea que acababa de aniquilar.
                Antes de que se pudiera dar cuenta, ya habían llegado a las afueras de Rossanef Trinus, donde Durza se paró de golpe.
-Tu casa no está muy lejos de aquí, estoy seguro que podrás llegar. Yo tengo que seguir-Le dijo, aún muy agitado -Quédate con Umbraine Verndari, la necesitas mas que yo
-Pero Durza, ¿Qué es todo esto?-Al fin preguntó el híbrido
                Apenas volteó la mirada a su compañero, intentando sonreír nerviosamente.
-Estoy a punto de ser padre
                Y corrió sin esperar la respuesta de Hannibal. No tardó en llegar al castillo, donde las puertas se abrieron automáticamente cuando detectaron su presencia. Una vez en el vestíbulo, volvió a su forma humana y caminó a pasos rápidos hacia una habitación, de donde provenían unos estridentes gritos.
-¡Agnes!-Corrió hacia ella, entrando de golpe. Hassan la estaba ayudando. Durza se posicionó a su lado, junto a Elena-Aquí estoy, mi pequeña cobra, vamos, tu puedes
                Lo único que pudo hacer Agnes fue tomar la mano de su esposo y gritar aún más fuerte.
-Siga así Agnes, ya casi-Dijo Hassan, quien era el único que parecía saber que hacer.
                El Sombra estaba a punto de echarse llorar junto con Elena de lo desesperado que se encontraba, su día había estado plagado de muchísimas emociones fuertes que lo tenían aturdido.
-¡Ahí viene!-Dijo el chico, consciente de la tensión del ambiente.-Un poco más...
                La mujer soltó un alarido más fuerte -si era posible- que los demás...
                Un pequeño llanto rompió la angustia del lugar. Durza, quien había estado petrificado en su sitio, al fin reaccionó. Sacudió su cabeza, viendo con los ojos totalmente abiertos a la pequeña criatura a la que Hassan limpiaba.
-Felicidades Maestro, es un niño-Sonrió el chico, envolviendo al pequeño en una manta y entregándolo a su madre.
                Cuando Durza vislumbró la escena, no pudo hacer mas que soltar todo el aire que había contenido y sonreír al nuevo miembro de su familia. Ya había dejado de llorar, y en cambio poco a poco intentaba abrir los ojos ante el nuevo mundo que lo esperaba.
                Durza se encontró gratamente sorprendido al ver que su hijo había heredado los singulares orbes aguamarina que lo distinguían. Su cabello, en cambio, era idéntico al de su madre, un pequeño mechón rubio lo indicaba. Se parecía muchísimo a Elena al nacer, salvo que los ojos de la chica eran verdes. 
-Es nuestro hijo, Durza-Sonrió Agnes, orgullosa y al borde del llanto. Lo cargó unos minutos más, para después pasárselo al Sombra
                Durza, aún un tanto atontado, volvió a sonreír, más ampliamente. Su hijo lo miraba fijamente, como si supiera que ese aterrador ser, de alguna manera era su padre.
-Bienvenido al mundo, pequeño-Le susurró, como si quisiera que solo él le escuchara-...Johnathan
                No cabía en su felicidad. Era tanta, que olvidó por completo que esa misma noche tendría que cumplir la parte de su trato...
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Dom Nov 02, 2014 2:43 am

IV.
 
            Le dolía en el alma. Habían pasado dos horas, apenas dos horas desde que su hijo había llegado al mundo. El recién nacido dormía plácidamente en una hermosa cuna negra de caoba junto a Agnes, que, exhausta, apenas había podido moverse de la habitación donde había dado a luz a su cama.
            Durza los veía en silencio, entristecido. Dormían tan tranquilamente que suprimió las ganas que tenía de despedirse de ellos. Tenía que irse en ese mismo momento. Radamanthys se había comportado indulgente y comprensivo, pero sabía que su paciencia no era eterna, y lo había comprobado con el suceso de Hannibal. Minos era el más calmado y menos bélico de los hermanos, y sin embargo su furia alcanzó tal punto que terminó destruyendo una aldea entera y asesinado a todos ahí. Durza no tenía ganas de saber lo que Radamanthys era capaz de hacer.
            Vio por última vez a Johnathan, esperando que, si no volvía, lo pudiera perdonar alguna vez. Sabía que algún día Agnes le contaría sobre como su padre había partido al a guerra y muerto como mártir. Quizá se estaba precipitando, pero de alguna manera tenía la firme creencia que no volvería a su hogar.
            Es hora, Dijo Radamanthys
            Lo sé. Dile a tu señor que suma a Hannibal en un sueño profundo, que no despierte
            ¿Para qué?
            Ya lo verás
            Cortando toda comunicación con Radamanthys, Durza suspiró y, con un pesar inmenso, se dio la vuelta y abandonó la habitación, dejando atrás a su familia.
            Caminó por su castillo, bajando las escaleras y aproximándose a la parte de atrás de estas, donde una aparente y simple pared le mostraba su reflejo. Durza alzó el brazo y su mano entró en contacto con el mármol, que crujió y partió la estructura por la mitad.
            La habitación oculta permanecía idéntica a la última vez que la había usado. El otro Durza que lo veía reflejado en la pared le hizo darse cuenta de que lo decaído que se encontraba. Su expresión carecía de esa altivez y orgullo que la caracterizaban, ni siquiera sus ojos brillaban como de costumbre. No se había percatado de que tanto tenía el corazón hecho pedazos.
            Importándole poco la frialdad del lugar, se sentó en medio de la habitación y hundió la cabeza entre las rodillas, lanzando un lastimoso suspiro.
-Nombré a mi hijo por ti, John-Susurró, hablándole a las paredes, donde Johnathan Kramer había visto sus últimos momentos de vida-Si me escuchas, por favor dale tu fortaleza, tu sabiduría y tu capacidad de resolver las cosas. Ya no se cómo actuar, John. Estoy desesperado. Tu sabrías reaccionar en este caso, ¿Verdad?. Claro que si, tu siempre sabías como solucionarlo todo... Espero que alguna vez me perdones por lo que estoy a punto de hacer
            Dicho esto, Durza se levantó del suelo y salió del lugar, no sin antes conjurar para que las paredes volvieran a cerrarse atrás de él.
            Caminó hacia el lado derecho del castillo, donde estaba una de las muchas habitaciones de huéspedes. La abrió sin hacer mucho ruido, encontrándose a Hassan profundamente dormido entre las sábanas. Como de costumbre, llevaba únicamente un pantalón corto con el torso descubierto. Durza exhaló fuertemente, calmando su deseo.
-Hassan, despierta-Lo llamó en voz baja.
            El chico gimió con un tanto de molestia, removiéndose en la cama. Abrió los ojos lentamente, sorprendiéndose de manera grata al encontrarse al Sombra en el umbral de su habitación.
-¿Maestro Durza?-Habló más dormido que despierto, frotándose los ojos.
-Ven conmigo, tengo una tarea para ti-Le dijo sin más, para luego salir tan pronto como había llegado. Hassan bostezó y siguió a su maestro, quien lo esperaba en el recibidor. Le extendió una mano, y, un tanto extrañado, Hassan la tomó.
- Ia Mä-Susurró el Sombra. Entonces ambos sintieron como una fuerza descomunal los jalaba, tan rápido y tan fuerte que apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
            En un parpadeo, ya se encontraban en otro recibidor, bastante más pequeño y menos ostentoso que el castillo de Durza, únicamente decorado con un par de sillones, una pequeña mesa entre ellos, algunas muñecas o juguetes sin ton ni son y una gran estantería con muchísimos libros.
            El mayor hizo un ademán con la cabeza a Hassan para que lo siguiera por un corredor. Pasaron la cocina, el comedor y por último llegaron al final de la casa, donde tres puertas los esperaban. Una al lado derecho, otra al izquierdo y una última en medio.
            Durza contuvo el aliento y abrió la puerta que estaba a la derecha. La bonita habitación estaba decorada simple pero elegante, de color púrpura. Estaba iluminada muy tenuemente con luciérnagas, hechizadas para que volara y brillaran durante toda la noche sin extinguirse. Habían varios juguetes regados, así como peluches y otras cosas. Al fondo se encontraba una hermosa cuna, totalmente blanca con detalles verde pálido y sábanas del mismo color.
            Se acercó decididamente, y casi de inmediato, unos enormes ojos azul índigo lo recibieron. La niña de ya casi un año se paró utilizando como apoyo la barandilla de la cuna, asomándose. Apenas vislumbró al extraño, sonrió ampliamente.
-Hola nena-Le dijo el Sombra, ronroneando con dulzura.
            Hassan estaba gratamente sorprendido, acostumbrado al trato frío y serio de su maestro. Durza la cargó paternalmente y se dirigió hacia Hassan, quien aún lo miraba asombrado.
-Su nombre es Clío -Le dijo, mientras la niña intentaba tomar una luciérnaga. Durza la acomodó en sus brazos y la arrulló, tratando de dormirla.-Es hija de Hannibal. Tu deber será llevarla al castillo y vigilarla hasta mi regreso o el de su padre. Por nada del mundo dejes que la vean, ni a ella ni a mi familia. Ellos están ahora bajo tu cuidado, Hassan. Son mi vida, y te los estoy confiando. Yo debo marcharme cuanto antes, si me quedo los pongo en un gran riesgo.
            Acto seguido, Hassan recibió a Clío en sus brazos, quien ya dormía profundamente de nuevo. El chico no supo qué hacer, solamente asentir torpemente con la cabeza.
            El Sombra le puso una mano en la cabeza, acto seguido volvió a conjurar, haciendo desaparecer a Hassan. Se había asegurado de poner a Clío bajo una buena protección, ahora la parte difícil del plan apenas estaba a punto de comenzar.
            Ahora, Radamanthys
            Entendido
            Durza inspiró profundamente, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. El dichoso amo del infierno se había encargado de darle a Hannibal una pesadilla, de la cual en cualquier momento despertaría. El corazón de Durza latió fuertemente, mientras se agazapaba en un rincón de la habitación ahora vacía de la niña.
            Conocía tan bien a su compañero que sabía que iría directamente a ese lugar, a cerciorarse de que su hija se encontraba bien... Cuando se diera cuenta de que no era así empezarían los problemas verdaderos.
            No pasó mucho tiempo cuando sus suposiciones estuvieron a punto de hacerse realidad. Escuchó como la puerta contigua a la suya se abría rápidamente, y posteriormente sucedía lo mismo donde se encontraba.
            El híbrido no tardó en aparecer, la luz de las luciérnagas apenas iluminaba su cara, que lucía turbada y exaltada.
            Caminó a grandes zancadas llegando rápidamente a la cuna, que, por supuesto, estaba vacía. Dejó escapar una exhalación y un grito ahogado. Petrificado, ni siquiera notó los ojos aguamarina que lo observaban en la oscuridad.
            O al menos eso creyó, pues su suposición se derrumbó cuando, de la nada, Hannibal volvió la mirada hacia las sombras, justo donde se encontraba el otro.
-¿Dónde está?-Preguntó, aparentemente imperturbable, pero con ese timbre tan distintivo suyo, tan bajo y calmado, pero al mismo tiempo amenazador y enfurecido. Durza sintió un escalofrío. Esa voz era casi idéntica a la de Salvatore Finnegan. Después de todo Hannibal no era tan diferente del maestro a quien llegó a asesinar brutalmente.
-En un lugar seguro-Respondió el Sombra, tratando de sonar lo más firme posible. Salió de las tinieblas donde se ocultaba, con una evidente inseguridad camuflada. Cuidó su distancia, tratando de no invadir el espacio personal de su compañero, quien no lucía nada feliz. Aguantó la respiración, listo para inventarse una cátedra que había estado ensayando en su mente y súbitamente fue olvidada cuando vio a Hannibal entrar a la habitación-Escucha, Hannibal, yo...
-Devuélvemela-Sentenció, ya sin disimular toda la rabia que se estaba acumulando en su ser. Era tanta, que ni siquiera dejó al Sombra explicarse.-Ahora
-Tienes que escucharme-Durza avanzaba a pasos lentos, como si se acercara a un perro rabioso que en cualquier momento lo mordería. Escogía sus palabras con cautela, intentando desesperadamente que el híbrido por fin le prestara atención-Si no haces lo que yo te digo...
-¡Devuélvemela, maldita sea! ¡Quiero a Clío aquí ahora mismo!-Le gritó, totalmente enfurecido. A diferencia del Sombra, Hannibal terminó de acortar distancias a grandes zancadas, quedando apenas a unos centímetros del otro.
-¡Minos te matará!-Respondió, sintiendo como la desesperación era cada vez mayor. El híbrido lo estaba subestimando, parecía que no le había bastado en absoluto la gigantesca masacre que había causado, Hannibal simplemente no entendía.
-¡Estoy harto de Minos!-
            ...Entonces, sucedió. Todo pasó demasiado rápido. Estaban tan cerca que Durza no tuvo tiempo siquiera de reaccionar. Cuando se quiso dar cuenta, el puño, envuelto en energía negra y con una fuerza descomunal ya había impactado en su mejilla y mentón, arrojándolo al menos un metro hacia atrás y posteriormente dejándolo aturdido en el suelo. Pasaron al menos diez segundos para que al fin el Sombra reaccionara, tratando de incorporarse lento y tambaleante. Durza se llevó la mano a la nariz y boca, donde un líquido espeso y caliente empezaba a emanar. Al hablar, sintió el sabor metálico de la sangre en toda la lengua.
-Quería protegerte... pero tu desobediencia se interpone-Ya no había disimulo alguno en todo el dolor que desprendía al comunicar dichas palabras a su compañero, quien lo veía aún enfurecido y con las garras de energía negra en su esplendor. Tendría que llegar hasta las últimas consecuencias-Lo siento, mi hermano
            Atacó, con una rapidez igual o superior a la de Hannibal al lanzar el puñetazo. El destino de Durza no era el mentón o nariz de su compañero, sino su cuello. Lo tomó de la garganta con una fuerza increíble, alzándolo de los suelos un par de centímetros. Durza lo miró a los ojos un segundo, antes de que, sin reparos, lo lanzara por los aires brutalmente. Fue tan colosal la energía con que realizó la acción, que Hannibal salió disparado por la ventana, cayendo y derrapando al menos diez metros hacia el bosque atrás de su vivienda.
            Un gemido de dolor abandonó el pecho del híbrido, mientras se levantaba. Había roto el tronco de un árbol con la espalda, tenía una enorme astilla clavada en el hombro izquierdo. Volvió a gemir al arrancársela con sus propias manos y de una sola vez. Lanzó el pedazo de madera al suelo y miró hacia el frente de golpe, cuando escuchó el sonido de cristales rompiéndose. Era Durza, quien salía de la casa por la ventana destrozada.
            El dolor quedó en segundo plano, la sangre de Hannibal hervía de la furia, y parecía echar fuego por la boca, iracundo. Rechinó los dientes y se incorporó completamente, mientras sus garras de energía negra volvían a aparecer, sin embargo esta vez el "guante" que cubría las extremidades del híbrido era mucho menos traslúcido y más corpóreo. Ignorando olímpicamente el atroz y palpitante ardor de su hombro, tomó fuerzas y se dirigió hacia el Sombra, que ya había recorrido la mitad de la distancia caminando lentamente, como si quisiera evadir el inevitable encuentro que estaba a punto de suceder.
            Pero eso era imposible, y tanto Durza como Hannibal lo sabían, así que, sin más preámbulos y en total sincronización, como si estuvieran de acuerdo, ambos atacaron. El híbrido juntó sus manos formando un solo puño, lanzando una gran descarga de oscuridad que avanzó a una velocidad impresionante hacia la enorme esfera de fuego arrojada por el Sombra. Los poderes colisionaron, cegando a ambos contrincantes, que cerraron los ojos instintivamente cuando el choque se volvió un cegador resplandor blanco.
            Sin embargo, este no fue impedimento alguno para Hannibal, quien, aún cegado no solo por la luminosidad sino también por la ira, corrió a toda velocidad hacia el centro de esta, recorriéndola y finalmente saltando hacia donde se encontraba Durza, quien no tuvo tiempo de contraatacar, sino únicamente de esquivar por muy pocos milímetros las poderosas garras del híbrido, las cuales a pesar de tener como objetivo la cara del Sombra, atinaron únicamente en el hombro derecho, causando unas enormes marcas sangrantes.
            Durza sintió un ardor atroz, dándose cuenta por primera vez de dos cosas: La primera, las garras de Hannibal estaban envenenadas, y la segunda, le había dado a Umbraine Verndari esa misma tarde, por lo que este era inmune al dolor físico y él no. Las cosas se iban a complicar más de lo esperado, debía terminar la batalla lo antes posible. Lanzó un puñetazo, que impactó en la nariz de Hannibal, empujándolo unos cuantos centímetros. Estuvo a punto de caer, sin embargo se recompuso hundiendo sus pies en la tierra. El híbrido tomó impulso a partir de esto, atacando al Sombra, quien bloqueaba sus golpes, retrocediendo hasta adentrarse en el tupido follaje del bosque. Fue recién ahí cuando Durza lo supo cuando su contrincante se esfumó de pronto, había caído en la trampa de Hannibal. Lo había perdido en la profundidad del sitio, dándole una desventaja instantánea.
         El silencio reinó por unos segundos. Todo estaba demasiado oscuro y demasiado mudo. Dondequiera que estuviera Hannibal, tenía un sigilo impresionante. De pronto, escuchó las copas de los árboles removerse violentamente. El híbrido había escalado y se estaba moviendo. Primero, rodeando a Durza, después, yéndose a una enorme velocidad hacia el sur, aún más adentro del sitio. El Sombra gruñó y decidió seguirlo a toda velocidad. Ya he caído en la trampa, no podrá ser peor. Si he bebido veneno, me tragaré la botella entera. Pensó, mientras corría, esquivando árboles y esquivando raíces. La luna era cada vez menos visible, las penumbras lo llenaban todo, Durza cada vez se encontraba en peores condiciones, adentrándose al terreno de Hannibal. Oscuridad en su totalidad.
            De pronto, tan súbitamente como habían iniciado, los movimientos en los árboles cesaron. Durza paró de golpe, jadeando y esperando... Unos sonoros traqueteos lo hicieron voltear hacia un tronco atrás de él, para ver como su compañero se aferraba a la madera con sus enormes garras y las utilizaba para bajar en cuatro patas hacia una distancia promedio del suelo. Hannibal abrió la boca y siseó amenazante, mostrando unos inmensos colmillos. Sus ojos brillaban de un éxtasis reprimido que solo la batalla le podía dar. La visión era aterradora. Lo único que Durza pudo hacer fue ver como el híbrido se lanzaba hacia él con la boca bien abierta, e intentar cubrir su torso con las manos. Grave error. Los dientes ajenos se clavaron profundamente en la piel del Sombra, quien en ese momento se dio cuenta que no podría ganar si continuaba únicamente defendiéndose. Entonces, Durza lo decidió. No falsearía más...
-¡Ignis, Ich Epikaloúmai!-Gritó el Sombra con todas sus fuerzas, conjurando al fuego en un idioma que jamás había hablado, y sin embargo creía conocer a la perfección. Apenas dijo esas palabras, el cuerpo de Durza empezó a emanar un calor incomparable, el cual hizo que Hannibal lo soltara, pues se había quemado la boca. El calor no cedió, simplemente aumentó, hasta que una enorme explosión tuvo lugar desde lo que pareció ser el interior del Sombra. Otro resplandor blanco, el doble de poderoso que el anterior iluminó todo el bosque, dando paso a un enorme aro de fuego de al menos dos metros de altura, el cual inició a los pies de Durza y se extendió con una rapidez impresionante, quemando todos los árboles en un radio de doscientos metros aproximadamente.
            Tan rápido como vinieron, las flamas se extinguieron, dejando ver que todo a su paso era meramente humo y cenizas. Era la primera vez que se presentaba aquel extraordinario poder explosivo, que sin duda acabó con toda la vida que tuvo la desgracia de estar en el camino del fuego... o al menos con casi toda. Durza apenas tuvo tiempo de dar un respiro, cuando su mirada se enfocó en algo en específico que hizo que el alma se le cayera al suelo: Ahí estaba Hannibal, erguido y orgulloso, con la ropa hecha tajos y severas quemaduras en el cuerpo pero la mirada intacta, con aún más rabia y locura -si era posible- que la vez pasada. Umbraine Verndari brillaba en su pecho casi desnudo y chamuscado.
            Antes de que se le ocurriera ejecutar algún movimiento, Durza clavó las manos en el suelo con un violento golpe, iniciando una llama que se extendió considerablemente formando un camino que fue directamente hacia Hannibal a una gran velocidad, que dobló hacia la izquierda cuando estuvo cerca y rodeándolo en cuestión de segundos. El fuego creció, hasta dejar al híbrido fuera de la vista.
-¡Ya basta, Hannibal! ¡Esto no es un juego!-Gritó el Sombra, sintiendo los primeros signos de cansancio. Tenía la garganta totalmente seca y sentía como se desgarraba las cuerdas bucales al hablar.
            Pero el aludido no parecía escucharlo. En cambio, empezó a reír, hasta estallar en una grotesca carcajada que causó escalofríos al Sombra.
-¿Y quién dijo que lo era, Durza? Al menos yo voy muy enserio-Dejó de reír, para adoptar una voz gélida y monstruosa, amenazante y afilada. En ese momento, Durza supo que todo rastro de su amigo se había perdido.
            Escuchó al híbrido respirar pesada y agitadamente, mientras hablaba muy por lo bajo. Lo único que Durza pudo distinguir entre las llamas fue un resplandor purpúreo que cada vez se hizo más grande, hasta casi superar en altura al fuego invocado. Algo empezó a moverse en el círculo, el Sombra se dio cuenta cuando el tenso silencio se rompió por los sonidos de pisadas. El resplandor se acercó cada vez más, hasta que atravesó las llamas sin problema alguno.
            Hannibal era otro. Sus ojos, antes índigo, eran ahora negros por completo, al igual que su cabello. Por todo su cuerpo tenía lo que parecían ser escarificaciones azabache con un patrón definido pero ilegible, sus garras de energía se veían más temibles que nunca y daban la impresión de ser guantes de una extraña armadura etérea formada por la abrumadora aura oscura que emanaba todo Hannibal. El híbrido había activado la Resurrección del Caos.
            Durza no pudo hacer más que suspirar, sabiendo lo que se aproximaba. Apretó los puños y conjuró. Pronto sus ojos se volvieron color carmesí, en su cuerpo aparecieron los mismos patrones pero en color envinado y de su nuca, pasando por los hombros, extremidades y espalda hasta llegar a las piernas, un gran camino de fuego se inició. Unas grandes llamas aparecieron desde los codos del Sombra, cubriendo los antebrazos y manos en su totalidad, como dos guantes incendiados. Era la Ascensión del Fuego Negro.
            Cuando se vieron a los ojos, los dos lo comprendieron: La verdadera batalla apenas estaba a punto de iniciar.





Un agradecimiento especial a Bethlehem por regalarme una pequeña frase utilizada en este capítulo en una madrugada, después de días de permanecer en un profundo bloqueo mental y a punto de caer en la desesperación por no poder escribir, sirviéndome como empujón para inspirarme enteramente y al fin poder escribir este capítulo ¡Te quiero!
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Miér Ene 14, 2015 2:26 am

V.


                Había sido una de las peores batallas de su vida, sin duda. No había pasado ni un segundo, cuando Hannibal se había abalanzado hacia él, dispuesto a golpearlo con todas sus fuerzas. Durza se había visto obligado a hacer lo mismo, corrió en su dirección, con el puño de fuego al frente.
                Cuando chocaron ambos, fue tan fuerte el impacto, que una enorme onda expansiva se propagó por todo el bosque destruido. Un segundo golpe, el mismo resultado. El Fuego y la Oscuridad se mezclaban rápidamente, parecía incluso que danzaban al compás de la pelea que se llevaba a cabo. No era necesario utilizar poderes o algo parecido, con la gran fuerza que les otorgaban sus maldiciones era suficiente. Ni Hannibal ni Durza parecían interesados en saber en qué parte del cuerpo de su oponente impactaría el siguiente golpe, simplemente les importaba el ganar. Sabían que, si las cosas se prolongaban lo suficiente, alguno de los dos probablemente saldría muerto.
                Era una tarea casi imposible para Durza el atacar y defender al mismo tiempo, no solo porque Hannibal fuera un maestro en peleas o porque quisiera dañarlo lo menos posible, sino debido a que, sin Umbraine Verndari, las fuerzas se le agotaban poco a poco. El Sombra había gastado gran parte de sus reservas de energía tratando de hacer entrar en razón a Hannibal, luego en defenderse de sus ataques, y, por último, en hacer aparecer la Ascensión del Fuego Negro como recurso de emergencia.  Le dolía todo el cuerpo y sentía que desfallecería en cualquier momento, tenía, debía acabar con toda esa locura antes de que fuera demasiado tarde para alguno de los dos.
                Viendo un punto ciego entre los golpes de Hannibal, Durza atacó lo más fuerte que pudo, impactando en la mandíbula del híbrido, quien retrocedió por inercia. Aún así, regresó casi de inmediato, con una gran esfera de energía negra que fue esquivada por muy poco en el último segundo. Siguieron combatiendo sin descanso ni tregua, por al menos, un cuarto de hora más. Lo que antes había sido un bosque, ahora no era más que un sitio desolado e incendiado, con un olor a chamuscado y carne quemada nauseabundos. Un choque de puños más, una onda tan fuerte que hizo que ambos salieran disparados hacia atrás por el enorme empujón que habían recibido.
                Tanto Durza como Hannibal lograron mantener a duras penas el equilibrio, arrastrando los pies en la tierra. Se miraron a los ojos, al mismo tiempo, como si una extraña conexión los estuviera manejando... en ese momento, sus miradas eran totalmente distintas, en la de Hannibal se podía percibir la ira, el odio, y, en la de Durza, no había nada más que dolor y sufrimiento. Lo sabía, la próxima vez que se atacaran, serían partícipes del último choque, el decisivo, que marcaría el final de la furiosa disputa que se había prolongado aún más de lo esperado.
                Quizá era que sus maldiciones los hacían actuar en total sincronía, quizá fuera otra cosa, sea como fuere, al mismo tiempo, tanto el Sombra como el híbrido, cerraron sus manos en puños, que prontamente se empaparon de los Archés de los contrincantes, una resplandeciente llama para Durza, una profunda oscuridad para Hannibal. Se dedicaron una última mirada antes de lanzarse... A una velocidad impresionante, corrieron en dirección del otro, buscando la victoria que sería inminente para quien diera el golpe más certero.
                Duró lo que parecía ser una eternidad, desde el instante que habían iniciado su carrera, hasta que al fin chocaron, de una forma tan brutal, que una inmensa explosión de fuego negro lo llenó todo en un cegador resplandor. No se pudo ver nada en aproximadamente un minuto. Mientras eso sucedía, los causantes de dicho estallido empezaban a sentir los efectos del golpe propiciado por su adversario. Hannibal había sido impactado justo en medio de las clavículas, siendo lanzado al menos a diez metros desde donde se había producido el encuentro. Durza, por su parte, recibió el golpe justo en la boca del estómago, por lo que su centro de gravedad no se vio tan alterado, y no se desplazó tanto.
                Cuando al fin la luminosidad se dispersó, el Sombra se encontró un desolado valle, tan calmo pero tétrico y silencioso, con algunas llamas negras aún danzando débilmente en la tierra chamuscada. Durza tembló. Su maldición se había disipado hacía apenas un instante, no solo por la falta de energía, sino igualmente porque la voluntad del usuario se había apagado después de haber dado el que sería su último golpe. El Sombra lo había sabido desde que había decidido utilizar la pequeña pizca de fuerza que le quedaba, si no lograba vencer a Hannibal en ese instante, sin duda el híbrido acabaría con él en caso de que la disputa continuara. Respiraba agitadamente, al fin sintiendo todo el dolor en su cuerpo después de la adrenalina liberada.
                Sin detenerse a pensar sobre su estado, recorrió con la vista todo el lugar, buscando a su compañero, que no debía estar muy lejos. Y no lo estaba. A unos quince metros de donde estaba, se encontraba una silueta en muy mal estado, tendida boca arriba, inmóvil. Durza suspiró, de alivio y dolor alternativamente. Le quedaba apenas un poco de energía, suficiente si se apuraba y lograba transportarlos a los dos a la Quinta Prisión del Infierno antes de que se acabara.
                Intentó caminar, sin embargo, cuando apenas había dado el primer paso, una terrible punzada lo invadió por completo, justo donde el golpe del híbrido había impactado. Con una contracción sumamente dolorosa, mientras colocaba las manos en su vientre por instinto, el Sombra vomitó una gran cantidad de líquido espeso, con un desagradable sabor a bilis y metal. Sangre, lo que expulsaba era sangre a proporciones alarmantes. Todo su esófago, estómago y boca ardieron de una manera sobrehumana, víctimas del puño de Oscuridad. El Sombra, con un gemido de dolor, no tuvo otra opción que caer de rodillas, al borde de desfallecer del puro cansancio y el tortuoso sufrimiento al que se veía sometido, aún expulsando sangre por la boca. Por primera vez, en muchísimos años, sentía que ya no podía más, el cansancio físico y mental lo estaban matando, casi de forma literal. En ese momento, tan débil y vulnerable, no le quedó de otra más que reconocer que simplemente estaba acabado. Tenía que llegar al lugar donde se encontraba Hannibal de una forma u otra, aunque sea arrastrándose, de otro modo, ambos morirían ahí mismo.
                Se levantó nuevamente, con un cuidado y  lentitud desesperantes incluso para él pero necesarias, si se movía demasiado, probablemente vomitaría otra gran cantidad de sangre. Escuchó un débil batir de alas al a distancia, un cuervo graznó, sin embargo, a pesar de ser algo realmente extraño debido a las condiciones del lugar, Durza lo ignoró o no le prestó demasiada atención, concentrado únicamente en llegar hasta su compañero. 
                Pero su caminata no duró mucho. Atónito, y sintiendo como un enorme nudo se apoderaba de su garganta, el Sombra solo pudo ver cómo, de los escombros,  el híbrido se sentaba e incorporaba sin dificultad alguna y abría los ojos, gruñendo por las seguras molestias que sentía en su cuerpo. Durza estaba paralizado, incluso sin siquiera respirar ¿Cómo demonios había logrado levantarse después de semejante golpe? Por supuesto que sabía que gracias a Umbraine Verndari no sentía dolor alguno, sin embargo su cuerpo debía estar hecho trizas por toda la batalla, con varias hemorragias u órganos lastimados... entonces, ¿Por qué seguía de pie? Después de meditarlo apenas unos segundos, lo supo, y su descubrimiento no fue nada alentador: Su ira era tanta que lo mantenía aún en combate.
                Lentamente, con los impedimentos físicos y obvios que representaban su estado, Hannibal avanzó hacia Durza, quien seguía en su lugar, mientras que apretaba su mano en un puño, volviendo a invocar energía Oscura para su siguiente ataque. El Sombra suspiró, derrotado, esperando por algo que lo salvase esta vez, un milagro, tal vez. El cuervo graznó nuevamente, aunque, nuevamente, no recibió atención alguna por parte de los presentes. En lo único que estaban concentrados, era en el otro. Hannibal alzó el puño, apuntando esta vez directamente a la cara del Sombra, dispuesto a acabar con todo de una vez.
                Sin embargo se detuvo, cuando, de la nada, una gran sombra interrumpió su campo de visión, yendo directamente hacia su cara. Hannibal gruñó al sentir unas pequeñas garras arañarle el rostro y retrocedió instintivamente, golpeando a lo que lo estaba atacando con un fulminante puño que lo mató enseguida. Cayó al suelo, mientras el híbrido bajaba la cabeza, dándose cuenta que era el cuervo que anteriormente había estado haciendo ruido. No se detuvo a verlo durante mucho tiempo, aún con el objetivo fijo de terminar con quien se encontraba en frente. Pero nuevamente le fue imposible, porque esta vez no era un cuervo el que graznaba, sino diez, cincuenta, cien y hasta doscientos que se aglomeraban cada vez más encima suyo, volando en un círculo perfecto.
                Extrañado por el comportamiento de las aves, el híbrido no se percató que otra figura había aparecido cerca de ellos hacía apenas unos segundos. La silueta, sin revelarse, alzó la mano, al fin captando la atención de los presentes. Sin embargo, no hubo mucho que hacer, pues, en apenas un instante, ya la había bajado de forma brusca, logrando así que todos, absolutamente todos los cuervos, cayeran en picada de una sola vez, directamente hacia Hannibal, atacándolo.  El híbrido gritaba y peleaba contra ellos, que parecían ser infinitas. Más y más llegaban a cada segundo que pasaba, reemplazando a sus hermanos caídos.
                El Sombra solo miraba sin expresión alguna el espectáculo que se presentaba frente a sus ojos, demasiado cansado y sorprendido durante todo ese día como para preocuparse por algo más. Simplemente se volvió hacia la silueta que se acercaba lentamente hacia él. Era una mujer, de cabellos azabaches, tan negros como el plumaje de los cuervos a quienes controlaba. Ella volvió la mirada al Sombra, con unos espectrales ojos violetas que parecían brillar de modo sobrenatural.
-Mi señor me ha enviado-Habló sin más, susurrante.
-Debes quitarle el amuleto. No habrá otra manera-Respondió Durza, sin detenerse a pensar bien lo que había dicho la misteriosa mujer.  
                Ella asintió simplemente, extendiendo el brazo y haciendo extrañas señas con los dedos, como si manipulara algo entre estos. Entonces, inmediatamente, todos los cuervos se detuvieron y cambiaron su formación, de una aparentemente desordenada a otra más defensiva, rodeando a Hannibal a una velocidad impresionante, dejándolo casi inmóvil. Un último cuervo, de mucho mayor tamaño que sus compañeros que atacaban, apareció de la nada, posándose en la extremidad aún extendida de la mujer.
-Valtiherre, ve-Le dijo al gran animal, mientras lo veía a los ojos, como si de una persona se tratara. El ave lanzó un graznido probablemente afirmativo, mientras batía las alas y se lanzaba hacia el círculo defensivo que formaban los demás. Cuando este pasó, todos los otros animales parecieron desvanecerse. Durza lo comprendió en ese entonces: No eran cuervos comunes. Estaban hechos de sombras.
                A una velocidad increíble, al que llamaban Valtiherre, llegó hasta el centro, donde estaba Hannibal. Sin parar, el cuervo se lanzó en picada directo hacia el cuello de este, y, con una precisión que no era natural para un animal, tomó el amuleto con el pico. Acto seguido, se dio la vuelta y voló hacia el lado contrario, rompiendo el colgante que lo sujetaba y llevándolo hasta su dueña.
                El efecto fue inmediato. Apenas se vio privado de la protección de Umbraine Verndari, Hannibal se desplomó en el piso, inconsciente. Si bien Durza no estaba en muy buen estado, el híbrido se encontraba mucho peor; al no sentir dolor, había forzado a su cuerpo a los límites de su resistencia. La mujer, al verse satisfecha con sus resultados, chasqueó los dedos y todos los cuervos desaparecieron. Acto seguido, devolvió el amuleto a su propietario, quien lo tomó enseguida, como si de un tesoro se tratara. Durza suspiró, siendo al fin liberado del atroz dolor que lo había estado invadiendo y al que no se terminaba de acostumbrar en absoluto.
-Muéstrate erguido, viajero. Un Setan jamás baja la cabeza-Dijo la mujer, mientras le tendía la mano al Sombra, que se encontraba semi encorvado debido al cansancio.
-¿Eres parte de nosotros?-Preguntó Durza, aceptando la mano solo por cortesía, sin apoyarse por completo en esta. La chica pesaba al menos diez kilos menos que él, y no se arriesgaría a jalarla hacia el suelo.
-Mayhem Messiah, Juez del Infierno-Se presentó con una reverencia de cabeza, mientras el enorme cuervo, aún inmóvil en la mano de su propietaria, escrutaba al Sombra con sus ojillos brillantes y anormalmente rojos.
-Aiacos-Susurró. Ella era la tercera que faltaba por figurarse en la mente de Durza, siendo él el representante de Radamanthys, y Hannibal de Minos. Ante su afirmativa, continuó:-¿Puedes transportarte? Tenía un conjuro, pero no creo que pueda llevarnos a los tres en el estado en el que estoy
                Con un asentimiento de cabeza, Mayhem se arrodilló -provocando que Valtiherre cambiara de locación a su hombro- y tomó la frente a Hannibal con una mano, mientras le ofrecía la otra al Sombra. El la aceptó. Pronto, Durza sintió como era jalado hacia otro lugar muy lejos de donde se encontraban.


×


                Madrugada en Rossanef Trinus. El reino, sumido en tinieblas, dormía apaciblemente. No se oía ni un solo ruido, nada, a excepción de causales cantos de grillos y el suave susurro del viento por los árboles y tejados de las casas. Era la noche perfecta para llevar a cabo los planes de un extraño que se había aparecido justo en medio del cementerio. Bien podía haber escogido un lugar bastante menos tétrico, sin embargo el olor a muerte y humedad, el frío anormal producido por la niebla y la carga pesada de energías le resultaban de lo más encantador.
                Sus ojos, dorados y afelinados, brillaron en la oscuridad cuando recorrió con la mirada todas y cada una de las tumbas, encontrando la que buscaba en poco tiempo. Se acercó con parsimonia, desprendiendo elegancia en cada uno de sus pasos. Miró el epitafio y sonrió de lado, como si le hiciera gracia el nombre grabado. Uriel Kage, amado esposo, padre y maestro, se podía leer.
-Kage. Que ingenioso apellido te has inventado, Uriel.-Habló, como si el difunto pudiera escucharlo. De una forma u otra, estaba seguro que al menos su alma podía hacerlo.-Que lástima que no ha funcionado-Lanzó una risita, recordando jovial la manera en la que había muerto, algún tiempo atrás.
                Se dio la vuelta, olfateando el aire. Sabía que habían más de su clase, por ahí, ocultos en algún lugar... los encontraría costara lo que costara. Solo un poco después de haber inhalado, lo sintió. Ahí estaba, muy tenue, pero el aroma -apeste- de aquellos dos que aún quedaban se infiltró en sus fosas nasales, alertándolo. Sonrió de nuevo. Solo quedaba rastrearlos. Seguro y entusiasmado, Elphias Ekenlat Diederich extendió sus enormes alas de murciélago y alzó el vuelo.
                Planeó por todos los lugares posibles, pasó por la playa, el castillo y el bosque, hasta llegar a la aldea, donde el olor se hacía cada vez más y más fuerte a medida que se acercaba a su destino. No tardó mucho en ubicar el tejado que estaba buscando. Aterrizó justo frente al umbral de la casa, común y corriente como las demás que estaban ocupadas en el reino. Pensó un momento, Ekenlat se caracterizaba por ser una persona sigilosa y prudente, pero al mismo tiempo le encantaba hacer notar su presencia, dejar en claro que el Alma Muerta había llegado.
                Ponderó la situación detalladamente, tenía dos opciones: La primera incluía aparecerse dentro de la casa y llevar a cabo su misión en total silencio pero sin causar todo el terror que quería; y la otra, actuar más a su estilo, con el riesgo de que todo el vecindario se enterara de su presencia. Eso significaba tener que huir o herir a terceros, algo que no estaba dispuesto a hacer por puro orgullo y diplomacia. Al fin, después de unos minutos de pensar, sonrió, alabándose a sí mismo por la excelente idea que acababa de tener. Abrió las palmas de sus manos y las juntó, separándolas poco a poco, formando la figura de un círculo a su alrededor. Mientras lo hacía, una fina y casi invisible capa se solidificó, rodeando la casa en su totalidad, como si de un domo se tratara.
                Cuando estuvo listo, Elphias observó su creación con satisfacción: Un campo de fuerza, que impediría tanto que los ocupantes de la casa salieran o fueran escuchados. Ya con todo listo, el Setan entró a la barrera, y, conteniendo el aliento, conjuró una enorme bola de fuego con una de sus manos, la cual arrojó con violencia a la puerta, que inmediatamente estalló en un sonido ensordecedor. Elphias pudo escuchar como los tres habitantes de la casa se levantaban abruptamente de la cama y un caos empezaba a reinar. Oyó los pasos en el pasillo, y a una voz masculina hablarle a dos femeninas, totalmente aterrorizadas, diciendo que él se encargaría. Rió entre dientes ante la afirmación tan segura que había hecho el chico.
                Cerró los ojos, esperando pacientemente. No tardó mucho en llegar, el adolescente casi adulto, corriendo como loco, con un puño rodeado de roca. La sorpresa fue mayúscula cuando vio al hombre en el umbral de la puerta.
-Milo, ¿No es cierto?-Preguntó, sin abrir los ojos.
-Rey... Baital...-Susurró el aludido, con el puño temblándole.
-Casi, pero no-Elphias al fin abrió los ojos, casi regocijado al ver todo el terror del chico reflejado en su rostro.-Digamos que soy una versión mejorada de él.
-¿Qué quiere de nosotros?-Se encogió aún más, al oír esa susurrante y gélida voz.
-Acabar con lo que empecé-Gruñó, y, en menos de un segundo, ya había atravesado todo el recibidor, quedando a pocos centímetros del chico, que dio un brinco del susto. Sin titubear, Ekenlat extendió el brazo, tomando a Milo por el cuello, alzándolo a varios centímetros del suelo. Sonrió de nuevo, mostrando toda su satisfacción-Ah, verás, es así como maté a tu padre
                Lo último que Milo pensó antes de que sentir unos afilados colmillos clavándose en su cuello y que un enorme puño de fuego lo atravesara, fue en su padre. Había muerto en la guerra del Clan Messer, siendo asesinado por el rey Baital en lo que parecía haber sido un ataque de psicosis... ¿O no?. Sea como fuere, no tuvo mucho tiempo de reflexionarlo, pues la vida lo abandonó apenas unos instantes después.
-Falta una-Dijo el Setan, arrojando el cuerpo inerte de Milo al suelo sin delicadeza alguna. Volvió la mirada hacia el pasillo, donde dos sombras se acababan de encerrar en una habitación.
                Ekenlat no pudo evitar lanzar una sonora carcajada ante el patético e inútil intento de las mujeres de huir de él. Caminó hacia el lugar donde se escondían, y, de la misma forma que había abierto la puerta principal, lo hizo con esa, revelando a dos chicas aterradas, que se encontraban en una esquina, viéndolo con ojos desorbitados. Una de ellas, de cabello claro, en lo que parecía ser un acto de heroísmo, se lanzó contra él, gritando con furia. El Setan, fastidiando, rodó los ojos, y a la velocidad de un rayo, detuvo el ataque de la mujer, golpeándola bruscamente con el puño en la mejilla derecha, lanzándola contra la pared. Acto seguido, posó su vista fijamente en la otra chica.
-Te llamas Vittoria, ¿No es cierto?-Le dijo, sin dejarla de ver firmemente a los ojos. Ella, paralizada del miedo, no respondió-¡Te he hecho una pregunta! ¡Contesta!-Gritó Ekenlat, furioso. Ella asintió, y ante eso, él sonrió abiertamente. Se acercó a ella, con intenciones de acabar su trabajo...
-No me mate, por favor-Suplicó, en un desesperado intento por despertar la piedad de su atacante-Estoy embarazada. Hágalo por mi bebé...
-Vaya, vaya. Así que estás embarazada-Alzó una ceja. Eso definitivamente no se lo esperaba. Sin embargo, contrario a lo que la chica pudiera haber pensado, esta revelación no hizo más que ampliar la sonrisa de Elphias. Sin saberlo, Vittoria había sellado su condena.-Con más razón debo asesinarte, querida. No debo dejar que ningún otro Joule llegue a este mundo
-No sé de que está hablando. Mi apellido es Kage, no Joule-Vittoria había empezado a llorar, quebrando aún más su voz.
-Eres tan estúpida y crédula, como tu madre-Escupió Ekenlat, mirando con desprecio a su presa, que tenía la cara empapada en lágrimas-Tu padre les mintió toda su vida, y si no me crees, podrás preguntárselo cuando te reúnas con él.
                Caminó hacia ella, y, de la misma manera que a su hermano, la tomó del cuello y la alzó, clavándole las garras. Sintió al feto removerse, lo cual le disgustó y enfureció más. Debía acabar con ambos, ya. Entonces, sin piedad alguna, perforó el vientre de la chica, asesinando al nonato de un golpe. Ella gritó, pero nadie podía escucharla. Apretó su tráquea con más fuerza, mientras sangraba profusamente. Elphias esperó, disfrutando a cada segundo los alaridos desesperados de su víctima, el inútil forcejeo de esta y, por último, el ver como las fuerzas abandonaban poco a poco su cuerpo. Vittoria murió demasiado pronto, pensó Ekenlat mientras soltaba el cuerpo y este caía con un ruido sordo al suelo, manchándolo de carmesí Hubiera sido divertido torturarla solo un poco más. Pero, muy a su pesar, no podía darse ese lujo. Suspiró, un tanto hastiado, sabiendo que su misión aún no terminaba. Salió de la casa, deshaciendo el campo de fuerza alrededor de la vivienda. Al fin y al cabo, ya nadie gritaría desde su interior.
                Alzó el vuelo nuevamente, esta vez, dirigiéndose al castillo.


×


                En la habitación principal, el matrimonio real dormía profundamente. Victory y Baital disfrutaban de un merecido descanso después de sus labores formales como reyes que los habían tenido ocupados el día entero.
                Un aire gélido invadió la habitación cuando la silueta se infiltró ahí, anunciando su llegada. No fue necesario que hablara siquiera, en menos de lo que Ekenlat esperaba, ambos ya estaban completamente despiertos, alertados por la amenaza.
-Buenas noches-Dijo el intruso, con una voz formal y encantadora.
-¿Quién eres?-Respondió hostilmente el rey, levantándose, seguido de su esposa, que ya preparaba un ataque.
-Oh, vamos Baital, no me digas que no reconoces al fundador de tu legión, aún cuando llevas su nombre como el tuyo
-Elphias-Susurró el vampiro, gratamente sorprendido
-Tú estás muerto-Esta vez fue el turno de Victory de hablar, mirándolo cautelosamente, sin bajar la guardia-Te suicidaste hace tres mil años
-Correcto a medias, reina Dahlig-Asintió el Setan-Sí, me suicidé, pero cuando bajé al Infierno me convertí en un Ahharu, un demonio vampiro.  
-¿Qué haces aquí?-Lo enfrentó la reina con el mentón en alto y sin mostrar ni una pizca de miedo ante la revelación
-Vine por unos asuntos personales-Alzó los hombros, restándole importancia-Una venganza, mejor dicho. Mañana tendrán una conmoción enorme en todo el reino, estén preparados
-¿Qué has hecho?-Gruñó Baital, sin disimular toda la furia en su voz
-Acabé al fin con los Joule, los tales Milo y Vittoria eran los últimos de su estirpe y a decir verdad me costó mucho encontrarlo-Soltó con asco, como si el hecho de simplemente pronunciar su nombre le hiciera tener nauseas-Su clan exterminó al mío y juré que los mataría a todos, a los que ocupaban injustamente el trono de mi padre así como los que lograron huir  y su descendencia. Me ha tomado cuatro mil años, pero al fin lo he logrado
                Fue un shock total. Ninguno de los soberanos reaccionó por lo que pareció ser una eternidad.
-Estás equivocado...-Al fin habló Victory, aún golpeada por la noticia-Su apellido no era Joule, era Kage. Los has matado en vano, no eran a quienes buscabas
-No, tú estás equivocada. Y Baital lo sabe muy bien, ¿No es cierto?-Sonrió con suficiencia, volteando a ver a su descendiente-Cuando Uriel llegó a Rossanef Trinus hace años, y te suplicó que lo aceptaras con su nueva identidad para huir de mi ira... que iluso de su parte. Como sea, no vine a discutir sobre eso, lo hecho, hecho está. He venido a avisarles. Ustedes dos conocen al clan Setan, ¿No es cierto?-No esperó respuestas, siguió con su discurso-Bien, digamos que está sucediendo... algo dentro del clan. Estamos buscando algo en todas las dimensiones, en todos los reinos, aldeas y manadas. Algunas han sido destruidas y otras lo serán en nuestro afán por encontrar ese algo. Rossanef Trinus está dentro de la lista que abarca los lugares que debemos visitar... sin embargo, ya que estoy aquí no he encontrado nada, por lo que les diré a mis hermanos que no vuelvan. Su reino quedará a salvo de la guerra que se aproxima, pero he de advertirles: Si no quieren a los Ladrones de Almas asesinando a todos en sus dominios, será mejor que no interfieran con nuestros planes, no importa quienes se vean afectados. Obedezcan, y no solo quedarán inmunes, sino que incluso podría protegerlos. ¿Quedó claro?
                Los reyes se miraron alternativamente, pero, cuando estaban a punto de responder, un guardia irrumpió en la habitación, agitado y temblando.
-¡Reina Victory! ¡Rey Baital! ¡Los necesitamos urgentemente!-Gritó inmediatamente.
-¿Qué sucede?-Preguntó la Dahlig, desviando su atención por completo de Elphias para posarla en el hombre que acababa de llegar.
-A las afueras del reino, majestad. Un intruso. Ha asesinado a todos nuestros hombres cuando intentaron detenerlo en las fronteras. Se dirige hacia aquí.-Continuó el asustado hombre, al borde del colapso emocional.
-Ah, maldita sea, me ha seguido-Gruñó Ekenlat, rodando los ojos de fastidio-Ahora tendré que acabar con él aquí mismo
-¿De qué hablas, Elphias?-Preguntó Baital, sin entender muy bien lo que pasaba.
-Su nombre es Sachiel. Un ángel-Bufó
-¡Señor! ¡Esa cosa no tiene nada de divino!-Dijo el guardia, recordando el aspecto de la criatura
-Claro que no. No es un ángel como lo conocemos. Es un esclavo, una marioneta de Dios, sin voluntad, sin voz, encargado únicamente de cumplir con el objetivo que le ha sido encomendado. Será mejor que lo detengamos, ahora. Ustedes dos me ayudarán, de otro modo, Rossanef Trinus no verá la luz del siguiente alba.-Ekenlat miró seriamente a Baital y a Victory, dando a entender que hablaba muy enserio.
-Pero, ¿Cuál es su objetivo?-Cuestionó el rey
-Asesinarme-Aseguró Elphias, con la mirada sombría y fija en la ventana, donde, con su agudísima vista, vio en las fronteras al ángel, esperándolo. 

N/A: Así es como luce Sachiel:
 
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Lun Mayo 11, 2015 12:43 am

VI.


-No hay que dejar que se acerque al reino-Gruñó Ekenlat, mientras caminaba elegantemente sin hacer apenas ruido al avanzar, a pesar de que lo hacía a una velocidad increíble, dejando atrás no solamente a los guardias que lo veían atónito, preguntándose cómo había logrado entrar, sino igualmente a los reyes, quienes tuvieron que recorrer un tramo considerable trotando para poder alcanzarlo finalmente.
-Eso es obvio, ¿No crees, Elphias?-Preguntó Baital con un tono peligrosamente sarcástico, que, si no hubiera sido por la situación precaria en la que se encontraban, le hubiera valido una humillante bofetada por parte de su ancestro, quien no toleraría las faltas de respeto cometidas por un chiquillo bastante inferior a él en poder y madurez.
-No por las razones que tú crees-Para el punto en que esta oración era dicha, ya estaban a punto de llegar al recibidor principal, debido a la alta velocidad a la que caminaban-Una criatura como él es algo que jamás volverán a ver, espero. Habrá que deshacernos de él rápido, de otro modo, para mañana en la mañana todo su reino no será más que otra Torre del Silencio*
                Baital había escuchado eso antes, una amenaza a su reino no era algo nuevo, sin embargo, la manera tan lúgubre y seria en la que hablaba Elphias, lo hacía sentirse bastante menos seguro de lo que normalmente. Según lo que había leído en la biblioteca de su familia, además de todas las anécdotas contadas por su padre y abuelo, Baital sabía muy bien que Elphias era de las personas más soberbias y arrogantes que estuvieran pisando el universo y no se dejaba intimidar por nada, entonces, si había que algo le preocupaba, solo podía significar un peligro inminente y terrible para todos los demás.
                Nuevamente, sin esperar los otros dos, Ekenlat extendió sus enormes alas y voló a una enorme velocidad, para detenerse a unos cuantos kilómetros de las fronteras de Rossanef Trinus, donde, pacientemente, el ángel denominado Sachiel lo esperaba.
                Minutos después llegaron Victory y Baital, sorprendiéndose gratamente de la escena: El hedor era increíblemente fuerte, se encontraban un mar de cuerpos hinchados en un repugnante estado de descomposición a pesar de haber sido asesinados apenas unos minutos antes. Moscas enormes y verdes zumbaban sin descanso alguno, toda representación de vida yacía en el mismo estado, plantas, animales por igual. Era una escena horrorosa, y sin embargo, lo que más sorprendía a los reyes no solo era el hecho de que Elphias lo veía sin emoción alguna, sino que, esa horrible criatura a la que él llamaba ángel, se encontraba tranquilamente agachado, inspeccionando curiosamente uno de los cuerpos en descomposición con unas deformes extremidades, de dedos exageradamente largos y delgados, de un color pardo antinatural.
                Fue entonces cuando Victory comprendió lo que el Setan quería decir con que si no detenían al ángel, el reino se convertiría en una gigantesca fosa común al día siguiente.
                La reina se volvió hacia el Ahharu, quien seguía tan inexpresivo y sereno como cuando llegaron, más preocupado por sus propios pensamientos respecto a la criatura que a la terrible masacre que tenía delante de sus ojos.
-¿Qué hace?-Preguntó Victory, perturbada ligeramente por el hecho de que su enemigo aún no había ejecutado ningún movimiento.
-Esperando...-Susurró Elphias, como si la respuesta fuera demasiado obvia para todos los presentes.
-¿Qué...?-Estuvo a punto de cuestionar el rey, cuando de pronto, la criatura viró bruscamente hacia ellos, escrutándolos con lo que debían ser sus ojos a través de la máscara que los ocultaba. Sachiel se incorporó, ejecutando sus movimientos de una manera poco fluida y tosca, como si el ente hubiera estado en constante reposo y sus músculos se hubieran atrofiado.
                Silencio total. A pesar de que fueron unos segundos, pareció una eternidad desde que el ángel los miró por primera vez hasta que, en una maniobra totalmente contradictoria a sus torpes movimientos anteriores, alzó la mano con una rapidez increíble y ejecutó su primer ataque.
                Se pudieron haber esperado todo. Fuego, agua, rocas, incluso lava, pero no lo que vieron. De la pútrida mano de la criatura, salió un lodoso líquido de color marrón oscuro, que emanaba un vapor antinatural a cantidades sorprendentes. Sin duda era un líquido corrosivo o venenoso, pues las pocas gotas que cayeron al suelo fueron suficientes como para que la poca tierra viva que quedaba reaccionara como si se tratara de ácido.
                Baital apenas tuvo unos segundos para pensar en cómo intentaría defenderse, sin embargo, su pensamiento no fue lo suficientemente rápido, puesto que, mucho antes de que se diera cuenta, una figura delgada ya se había interpuesto entre los reyes y el poder de Sachiel. Un enorme resplandor anaranjado los cegó e hizo que cerraran los ojos por unos segundos. El calor que de pronto sintieron fue abrazador, y un rugido ensordecedor les llenó los oídos. Cuando al fin pudieron acostumbrar a sus pupilas a la gran cantidad de luz, los reyes al fin pudieron verlo: Era Elphias, con las manos extendidas y lanzando una enorme cantidad de fuego  a través de ellas, contrarrestando el líquido que emanaba de Sachiel. El Ahharu tenía el seño fruncido, los dientes apretados y una pequeña gota de sudor perlaba su frente, como si el detener al ángel le causara un esfuerzo físico muy grande. Poco a poco Elphias ganaba terreno, avanzaba lentamente mientras los brazos le temblaban de forma alarmante, encontrándose al punto de estar casi engarrotados debido a toda la fuerza que empleaban al lanzar el fuego y contener el ataque enemigo.
                Elphias gritó, y, haciendo uso de su máxima fuerza de voluntad, lanzó una última llamarada de fuego con aún más fuerza para completar su enorme esfera de fuego, la cual creció a una razón increíble en menos de dos segundos, mermando por completo el poder del ángel e impactándolo de lleno en una enorme explosión que carbonizó a todos los cuerpos podridos que aún se encontraban ahí.
                Cuando esta se deshizo, todos se encontraron en un ambiente aún más desolado del anterior, no solo putrefacto, sino que completamente quemado. El cuerpo de Sachiel se encontraba a unos cinco metros de Elphias, tirado en el suelo inmóvil.
-¿Le has vencido?-Preguntó la reina, sin acercarse por mera prudencia.
-No. Solo observa-Gruñó Ekenlat. Y, efectivamente, ahí estaba el ángel, levantándose lento pero seguro de su sitio-Yo no lo maté, simplemente lo herí, y se regenera demasiado rápido. La única manera de detenerle es darle en su punto débil, algo así como lo que sería un corazón para nosotros... su núcleo. Se encuentra en su pecho, expuesto, bajo esa capa que lo protege... Debo acercarme lo más que pueda y cuidar que no me toque, ni a mí ni a ustedes. Como se darán cuenta es un Médico della Peste**, con el poder de infectar y pudrir todo lo que toca con sus manos o lo que estas lanzan. Un pequeño roce y la infección se esparcirá hasta matarlos en menos de una hora.  Ahora, ustedes encárguense de proteger su reino... yo lo atacaré.
                Sin perder tiempo, la reina alzó las manos en dirección contraria, e, invocando con todas sus fuerzas, la tierra se empezó a mover, haciendo una enorme grieta que dejaba pasar una impresionante pared de metal puro. Mientras tanto, Baital no bajaba la guardia, mientras veía como su ancestro y el ángel se lanzaban poderes mutuamente, anulándose los unos a los otros.
                A pesar de que Sachiel era una criatura aparentemente mecánica y sin conciencia, se mostraba como un ser con una alta capacidad de razonamiento, prediciendo correctamente todos y cada uno de los movimientos de Elphias y atacando en los puntos que consideraba vulnerables. Del modo en el que Sachiel peleaba, le sería prácticamente imposible al Setan acercarse apenas un centímetro a él. En ese momento lo comprendió, no importaba el herir el enorme orgullo de su ancestro, Baital tenía que ayudar a Elphias; de otro modo, sería una eterna lucha que nunca acabaría.
                El vampiro extendió las alas para sorpresa de su esposa, quien luchaba por mantener el muro de metal estable, a pesar de los constantes impactos de líquido corrosivo que Sachiel enviaba, deteriorando la protección como si de ácido se tratara. Baital alzó el vuelo dirigiéndose al ángel y planeó por encima de la cabeza de Elphias, quien lanzó un alarmado grito de protesta, pues, a pesar de sus buenas intenciones, el menor había cometido un simple pero al mismo tiempo grave error que le podría costar la vida: Había atacado a Sachiel de frente, dejándose totalmente expuesto ante la sustancia que emanaba de sus manos. Se dio cuenta demasiado tarde, antes siquiera que lo notara, la criatura ya había extendido la mano y el fétido y viscoso líquido marrón ya iba hacia él.
                Baital se protegió cubriéndose el cuerpo con las alas, y, sin embargo, no fue necesario. El golpe nunca llegó a impactarlo. Algo -o alguien- debió detener el ataque que, sin duda, pudo haber resultado mortal para el vampiro.
-Mocoso insolente-Se escuchó una voz susurrante, mitad gruñido, mitad gemido. Baital alzó mirada y se descubrió, para quedarse atónito de la escena que sucedía ante sus ojos. Ahí estaba Elphias Diederich, tembloroso, tratando con todas sus fuerzas el no tocar una inmensa herida que se acababa de formar en su hombro izquierdo, de un color parduzco y enfermo, que carcomía la carne sana a un ritmo alarmante.-Te... te dije que te encargaras de proteger tu reino y me lo dejaras todo a mí. Dime, ¿Te has dado cuenta de las consecuencias de lo que has hecho? -Mientras transcurría el discurso, Ekenlat hablaba cada vez más bajo y apretaba los dientes con una fuerza mayor, presa de un dolor indescriptible. Su hombro estaba gangrenándose poco a poco.-No tengo opción más que usar mi último recurso... ahora, mocoso, quédate en tu lugar de una maldita vez y observa como pelea un verdadero hombre
                No esperó respuesta alguna. Con la soberbia y arrogancia extremas que lo caracterizaban e ignorando el fulminante dolor de su brazo, Elphias Diederich se irguió orgulloso, listo para enfrentar a la criatura que tenía delante suyo, aún dispuesta a asesinarlo. Ekenlat gruñó y extendió sus enormes alas, siendo estas de un tamaño muy superior a las de Baital, midiendo casi el doble. Apretó los puños, y, con un alarido de guerra quemándole la garganta, hizo explotar una enorme bola de fuego desde el interior del estómago hasta afuera, incinerándose a sí mismo en cuestión de segundos, hasta que su cuerpo fue cubierto totalmente por las gigantescas llamas.
                El Setan, furioso, fijó la vista en el objetivo que estaba frente a él y corrió a una velocidad increíble hacia él, siendo ayudado a planear con sus alas, dejando una estela de fuego y humo por todos los lugares por los que pasaba. Sachiel intentó atacar, fue inútil. A pesar de que intentaba por todos los medios alcanzar a Ekenlat con su poder, la temperatura que este irradiaba era tan alta que estas simplemente se evaporaban mucho antes de entrar en contacto con el fuego.
                Al fin se produjo el contacto. Elphias atacó con toda su furia, sin piedad, sin dudarlo ni un segundo, como todo un Setan. Golpeó a puño seco al ángel, tan fuerte y tan rápido que este no tuvo tiempo de reaccionar antes de que fuera demasiado tarde. Al golpe le siguió otro, y otro, y otro más. Sachiel, frenético, al fin logró realizar algún movimiento para defenderse, ignorando la dolorosa sensación abrazadora y quemante de las flamas que cubrían a Elphias, tomándolo por los hombros y arrojándolo lejos de él. De poco sirvió. El Setan extendió sus alas, y, en una maniobra que requirió tanta destreza como elegancia, logró dar una vuelta sobre sí mismo y posicionarse de pie mucho antes de tocar el piso.
                Ekenlat gruñó, dispuesto a regresar hacia él. Corrió aún más rápido que la vez anterior, pero esta vez el ángel si logró reaccionar, posicionando sus manos hacia el frente, accionando su poder a una velocidad impresionante, aunque con el mismo resultado de la vez anterior, la putrefacta sustancia no llegó nunca a tocar a Elphias. Sachiel no sabía que posiblemente estaba cometiendo un error muy grave... Había dejado expuesta la fuente de su poder al enemigo, quien no dudó en utilizar ese pequeño descuido a su favor. Elphias lo tomó de las muñecas, y apretó con una fuerza brutal, tanta, que Sachiel lanzó un horrible alarido agudo y penetrante, parecido al ruido mecánico que hace un engranaje oxidado al contacto con otro.
                El ángel, por reflejo, intentó apartar sus extremidades del contacto de Ekenlat. El Setan sonrió. Había previsto exactamente lo que el ángel haría en su primitiva impulsividad, y, de nuevo, utilizó esto en su contra: Cuando Sachiel trató de arrebatarse, Elphias flexionó sus manos, y con ellas las muñecas de la criatura, rompiendo las uniones de un solo tirón. Gritó, de una manera tan horrible que fue escuchada por el reino entero. Ekenlat no cedió, por el contrario apretó con mucha más fuerza, hasta que, con un antinatural crac, el hueso cedió y las manos fueron finalmente arrancadas del cuerpo de su portador. El Ahharu se impulsó hacia atrás, dejando a la bestia confusa en la agonía del desmembramiento.
-¡Está desarmado!-Gritó Victory en un canto triunfal, mientras veía a su esposo y Elphias alternativamente.
-No lo creo-Ekenlat gruñó, secándose una pequeña gota de sudor que le había caído desde la frente, ignorando por completo la herida de su hombro, que seguía creciendo-Él no...
                No pudo ni siquiera acabar la frase. El ángel ya había atacado nuevamente. ¿Un ataque cuerpo a cuerpo? No precisamente, ojalá hubiera sido así. En cambio un enorme rayo de luz salió disparado de lo que parecía ser el punto débil del que Elphias había hablado, impactando al Ahharu en un abrir y cerrar de ojos. Pero no era un simple rayo de luz... tenía una forma muy particular que todos los presentes conocían y uno de ellos aborrecía notablemente.
                El impacto fue suficiente para arrastrar a Elphias a unos diez metros de distancia de donde se encontraba anteriormente, pero no para desestabilizar su equilibrio y mucho menos para hacerle daño.
-Una cruz cristiana. Que original resultaste, Sachiel-Soltó Ekenlat con un tono de voz sarcástico y lleno de veneno, acomodándose las mangas sin inmutarse ni un poco por haber sido atacado recientemente. Con un gemido hastiado, miró la luna, notando por fin que ya estaba a punto de ocultarse. El tiempo se terminaba y debía acabar con la criatura cuanto antes. Suspiró, dispuesto a finalizar con la disputa de una vez por todas. Alzó sus alas y se lanzó, al mismo tiempo que Sachiel hacía lo mismo, arrastrándose a toda velocidad hacia él.

                Nadie, ni siquiera Ekenlat, se imaginarían la última técnica que el ángel tenía preparada. Cuando el impacto estaba punto de producirse, la bestia alzó sus mutiladas extremidades, no con la intención de atacar, sino de cubrir al Setan en lo que era un extraño y bizarro abrazo. Fue solo un segundo, y sin embargo Ekenlat ya lo sabía desde hacía mucho antes. Sachiel se suicidaría en una explosión y se lo llevaría con él.



*=Edificios funerarios encontrados principalmente en la India y Bombay, donde los cadáveres son arrojados debido a la creencia de que son impuros para que sean devorados por los buitres y quemados por el sol, con el fin de no contaminar a los vivos.
**=Como su nombre lo indica, los médicos della peste, eran doctores de segunda categoría que en los años 1347 a 1353, cuidaban de las poblaciones afectadas de la Peste Negra en Europa. Utilizaban dichas máscaras debido a que se creía que la enfermedad se contagiaba por el aire, entonces, al llenar el pico de ave de sustancias aromáticas, este no llegaría a infectar al médico.
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Lun Jul 06, 2015 11:10 pm

VII.

-¡CUIDADO!-Gritó Baital, cubriendo con su cuerpo a su reina.
                El estruendo no se hizo esperar. La explosión arrojó una enorme onda expansiva, tan grande, que se percibió como un terremoto muy pequeño. El reino se sacudió violentamente por un par de segundos, antes de volver a la relativamente calma en la que se había encontrado anteriormente. A este punto, los reyes se sentían completamente extrañados de no haber recibido alguna visita de los ciudadanos, pues dudaban mucho que no hubieran sido despertados por todo el alboroto que la lucha contra el ángel había causado.
                Cuando al fin se separaron, los reyes entonces se dieron cuenta y se miraron horrorizados: Estaban salpicados en una sustancia viscosa, caliente y con un repugnante olor... era la sangre de Sachiel, que se había extendido a una gran distancia luego de suicidarse. A una distancia considerable, se encontraba lo que quedaba del ángel, una carcasa amorfa bajo una montaña de lo que parecían ser sus entrañas esparcidas. El nauseabundo olor no había hecho más que aumentar, cosa que hubiera sido imposible hacía apenas unos minutos.
                A pesar de todo esto, Victory y Baital no hicieron más que suspirar de alivio, al fin había acabado la amenaza contra su reino. Ninguno de los dos se percataron de aquél pequeño detalle, hasta que lo escucharon. Del lugar donde estaban los restos de Sachiel, un extraño ruido se hizo presente. Era un crujido anormal, antinatural, que parecía hacerse más fuerte a medida que pasaba el tiempo. Baital sintió que una piedra le bajaba al estómago, si Sachiel de alguna manera muy bizarra seguía vivo, y con Elphias seguramente muerto, tendrían que arreglárselas por ellos mismos para controlar a la bestia que seguramente regresaría aún más furiosa. La masa orgánica se levantó en un grotesco movimiento, y, de ella, salió una mano con unas enormes garras, intentando aferrarse a cualquier sólido que pudiera. Los reyes se miraron horrorizados cuando otra mano repitió la misma acción que la anterior extremidad, y, juntas, impulsaron hacia afuera a lo que se estuviera moviendo.
                De aquellos restos salió hasta el torso una figura con características humanas con una gran urgencia, tomando una inmensa bocanada de aire en medio de un gemido. Parecía una grotesca parodia de un parto. La silueta, bañada en sangre hasta el punto que no era reconocible algún otro color, se arrastró fuera de las viseras y tosió evidenciando la falta de oxígeno. Tembló un poco y abrió sus afelinados ojos amarillos. Ekenlat, a duras penas y con suspiro doloroso, se levantó apenas perdiendo la elegancia que lo caracterizaba. Sin inmutarse ni un poco -aparentemente-sobre su estado, miró su hombro, el cual ya estaba tenía una gran parte gangrenada, la cual se extendía hasta casi llegar a la articulación del codo. Sobraba decir que el dolor era atroz y la infección podría matarlo en poco tiempo.
-Elphias...-Lo que sea que haya estado a punto de decir Baital, fue súbitamente cortado por las frías acciones de Ekenlat, quien, sin previo aviso, había decidido que la única manera de sanar su herida y detener su destino era cauterizándola de la manera menos ortodoxa posible.
                Fue un leve gruñido lo único que se escuchó además del grito mudo de la reina, mientras el Setan incendiaba una de sus manos y la aplastaba contra el hombro lastimado. El sonido de la carne quemándose revolvió el estómago de los presentes, de una manera aún más alarmante que cuando habían visto la masacre creada por Sachiel. Baital nunca pudo llegar a la conclusión de que era más perturbador, si las medidas que su ancestro estaba tomando, o su estoicismo ante aquellas. No duró más que un par de segundos, sin embargo, cuando acabó, el hombro entero de Elphias estaba cubierto en una enorme costra negra y chamuscada.
-Solo cuando lo requiero y me place soy invulnerable al fuego-Gruñó, como si estuviera respondiendo a las preguntas mudas de los reyes. Con bastante dificultad, y más asqueado por el hecho de estar empapado en vísceras y sangre que por otra cosa, Elphias se incorporó e intentó abrir las alas, cosa que le fue imposible debido al cansancio que lo acosaba. El Ahharu suspiró frustrado, viéndose obligado a admitir que simplemente no podría regresar con su clan por medio de su método tradicional. Sin otra opción, se dirigió a Baital-Aquí tienen una de las Seis Entradas al Infierno, ¿No es verdad?
-Así es-Confirmó Baital, aún totalmente alarmado por el estado en el que se encontraba Elphias
-Llévame ahí


×


                La torre de Prodigia era simplemente un desastre. La mujer, acostumbrada siempre a mantener su lugar sagrado pulcramente ordenado y limpio, lo veía ahora totalmente desordenado, con un asqueroso olor a sangre y totalmente abarrotado. Aunque se mostraba con esa serenidad e indiferencia tan características de ella, para aquellos que la conocían bien, sabían que La Dueña del Oráculo estaba simplemente histérica. Lo que había sido un día común y corriente, se había convertido en todo un caos de un momento a otro.
                Como siempre, Prodigia había estado leyendo entre los volúmenes almacenados algo que le ayudara a su clan en la guerra que se aproximaba inminentemente, alguna pista, alguna línea de texto, lo que fuera sobre hechicería o magia que pudieran utilizar a su favor, cuando de pronto, en medio de una pequeña explosión, algo había caído con un golpe seco justo atrás suyo. Ella, sorprendida, se volvió bruscamente para encontrarse con una desagradable sorpresa: Ahí, envueltos en un mar de sangre, se encontraban los tres Jueces del Infierno. Aunque empapada en aquél líquido carmesí -que claramente no era suyo-, Mayhem era la única que parecía encontrarse en buenas condiciones, debido a que los varones que la acompañaban parecían al borde del colapso. Prodigia miró al inconsciente híbrido, que era quien estaba en peor estado, para luego dirigir su vista hacia el Sombra, que en ese momento trataba de incorporarse. Como ella esperaba, no logró mucho, ya que, apenas hizo el intento, algo se removió en él, y, con un gemido gutural, cayó nuevamente de rodillas y expulsó una gran cantidad de sangre por la boca.
-Ustedes también-Dijo la Médium, en medio de un susurro, como si estuviera teniendo una epifanía en ese momento preciso. Si bien Prodigia era conocida por su melodiosa y enigmática voz, caracterizada por hablar siempre bajo, en ese momento no pudo evitar alzarla considerablemente, llamando a alguien que seguramente estaba pisos arriba por la dirección que tomó la mirada de la mujer-Necesito ayuda aquí
                Los dos Jueces conscientes, que al principio se vieron visiblemente confundidos, prontamente dejaron de estarlo cuando alguien bajó las escaleras hacia la planta en la que se encontraban. Unas rápidas pero irregulares pisadas se escucharon, hasta que dejaron ver a un abatido Ahharu que cojeaba considerablemente. Su piel tenía un tono colorado y el cabello goteaba muy levemente, signos de que se había dado un reciente baño de agua hirviendo. A diferencia de la gran mayoría de las veces, lucía un conjunto de lino blanco y fresco y no un ostentoso traje con bordados de algún material precioso como era su costumbre. Elphias, sin duda, había tenido una noche tan difícil como la de Durza. Ekenlat miró a los dos más heridos y alzó las cejas, impresionado.
-Ha empezado más pronto de lo que imaginamos-Se dirigió a Prodigia, mientras reflexionaba sus propias palabras. Ambos sabían muy bien que las cosas estaban llevándose a cabo de manera muy diferente a las anteriores Guerras, las cuales se habían dado de forma larga y paulatina; esta, en cambio, parecía venir rápida y contundente, como un tornado que se forma sin previo aviso.
-¿Convoco a los demás?-Preguntó la Médium, al tiempo que asentía a las palabras de su compañero.
-Por favor-Confirmó Elphias-Mayhem y yo nos encargaremos de llevar al Viajero y a Hannibal hacia el piso diez. Si es posible, que los demás vayan hacia ese lugar. Después de todo, los tres necesitamos descansar
                Prodigia asintió una vez más, mientras se sentaba en uno de sus sillones y tocaba la marca del Caos, la cual yacía en su pie izquierdo, llamando a los demás. Por su parte, Ekenlat conjuró algún extraño hechizo de magia negra que hizo desaparecer los cuerpos de los hombres. Sin decir otra palabra, se dio media vuelta, subiendo por donde había llegado, seguido por la Médium y el Primer Cuervo.
                El piso diez era sin duda el más calmo de los veinte que conformaban la torre. Hecho especialmente para el descanso y la curación de las heridas, contaba con al menos una docena de camas, temperatura perfecta e iluminación tenue, todo para asegurar una pronta recuperación. En ese momento exacto habían dos que estaban ocupadas, la de Hannibal y la de Durza, el último viendo con expresión de culpa extrema a su compañero inconsciente.
-Tómate un baño-Le habló una voz al Sombra, el cual dio un brinco del susto, volviendo inmediatamente hacia donde provenía el ruido. Era Opeth nuevamente, cruzado de brazos en el umbral de la puerta. Había aparecido de la nada-Te reparará los ánimos y te hará sentir mejor mientras llegan los demás
                El Sombra no estaba de humor ni tenía las energías suficientes para protestar, por lo que, lo único que hizo fue asentir, mientras levantaba con dificultad su entumido cuerpo hacia una simple puerta de madera al final de la habitación. Cuando la abrió, Durza se llevó una grata sorpresa: Se encontraba en una enorme sala construida con mármol de un brillo singular, que consistía básicamente en cuatro enormes depósitos lleno de agua limpia y humeante junto con algunos aditamentos a los lados -tales como sales de baño y toallas-. Ahí era el lugar donde había estado Elphias, los baños termales del Infierno. No pasó mucho tiempo antes de que el Sombra se diera cuenta que la puerta por la que acababa de pasar no se trataba de la entrada a una habitación contigua a la anterior, sino era más bien un portal a algún otro lado del Inframundo. Giudecca, quizá.
                Sin dudarlo ni un segundo, Durza se desprendió de sus prendas y, ansioso por deshacerse del olor a sangre, mugre y chamuscado que estaba impregnado en su cuerpo, se hundió casi por completo en la tibieza del agua. Sin poder evitarlo, lanzó un gemido de alivio, agradeciendo mentalmente a Opeth por darle aquella magnífica idea. De ese modo, el Sombra se tomó su tiempo para asearse, dedicando varios minutos a todas y cada una de sus heridas y suciedad, como si no solo quisiera limpiar del cuerpo, sino igualmente de la mente. Había sido un día sumamente cansado y abrumador, lo único que deseaba era dormir o permanecer por siempre en aquél baño silencioso y calmo, sin nadie que le molestara. Nada era eterno, y Durza lo sabía, así que, abriendo los ojos con un pesar increíble, se levantó y salió del agua, para proceder a secarse. Con una ligera molestia, se dio cuenta de que no había llevado otra muda de ropa, y la que yacía tirada en el suelo se encontraba sucia y rota; definitivamente no la usaría nuevamente. En fin, pensó, Ya iré por otra mientras los demás miembros llegan. Y, sin más, se colocó una toalla en la cintura y abrió la puerta.
                Grande y poco grata fue su sorpresa cuando, al pasar el umbral, se dio cuenta que, contrario a lo que había creído minutos antes, todos los demás Setan ya estaban ahí, hablando acaloradamente en una junta que debía tener al menos un cuarto de hora de haber empezado. Algunos de ellos lo miraron, más sorprendidos de que hubiera llegado tan tarde que por su evidente desnudez. Algo que el Sombra no había captado por la sorpresa, era que dentro de los Setan había tanto pudor como sonido en el universo. Aún algo mosqueado, ocupó su lugar en la cama correspondiente junto a la del inconsciente Hannibal. Su ropa tendría que esperar.
-...su núcleo se encontraba en su pecho-Siguió Elphias, relatando a los demás miembros del clan su batalla contra Sachiel, la cual estuvo a punto de costarle un brazo o incluso la vida si no se hubiera dado prisa.
-Si el Primero ya ha sido vencido, el Segundo no tardará en aparecer-Habló El Inexpresivo, mirando el suelo atentamente, concentrado.
-Debemos movilizarnos rápido si no queremos tener a todo el séquito celestial de Dios sobre nuestras tierras antes de tener de nuestro lado al Sueño Eterno y La Muerte-Continuó el Ahharu-Ya he inspeccionado en el reino de Rossanef Trinus. Está totalmente vacío.
-Prodigia-Fue el turno ahora de Salvatore para hablar. Su voz susurrante de serpiente retumbó en las paredes, y Durza no pudo evitar sentir un escalofrío al volver a escucharla después de muchísimo tiempo. Las pupilas lineales se dirigieron a la susodicha mientras hablaba-¿Has logrado ver algo?
-Sí, señor-Afirmó la mujer. Se quedó callada mientras susurraba en voz muy baja. Pronto, sus ojos se empezaron a nublar hasta quedar blancos por completo, signo evidente de que estaba teniendo una visión-El Sueño Eterno yace en la forma de una terrible bestia de enormes proporciones y grandes colmillos como el jefe supremo, como el Monarca de la Noche. Es alabado como un dios y temido como una fiera por sus súbditos que lo reverencian cuando muere la luz del día. Por el contrario, no encontrarán a La Muerte donde debiera estar. Alejado del mundo, el Ciervo Plateado medita día y noche, ayunando constantemente y cumpliendo su misión en el universo apenas moviendo el pecho al respirar. La luz es su compañera y guardiana, protegiéndolo con su sacro manto ante cualquiera que se atreviera a romper con su sagrada paz. El último enviado divino, el Bien de Dios, el Ángel de la Libertad, no se dejará ver sino hasta haber cometido el acto más infame e impuro que una criatura bendita puede llegar a hacer. Se camuflará, mentirá e imitará al prójimo, su astucia y crímenes serán solo superados y perdonados por su benevolencia y cercanía a Dios. Tabris.
                Todos, absolutamente todos, quedaron en un mutismo absoluto después de haber escuchado tales palabras de la boca de la Médium.
-He diseñado una manera de distribuirnos-Habló Elphias al fin, para romper aquél tenso silencio que se había formado-Como hemos notado a lo largo del tiempo, los ángeles aparecen cada que encuentran a uno de los nuestros vulnerables o en potencial desventaja. Sachiel intentó acorralarme estando solo en un reino extraño. Por lo tanto, es posible que sigan nuestros movimientos de cerca y esperen el momento más oportuno para atacar.
-El primer paso será cerrar las puertas del Infierno ante cualquier externo al clan-Continuó Odell de inmediato, dándose cuenta que Ekenlat le había cedido el turno de explicar-Ningún demonio podrá entrar o salir de aquí sin una autorización previa de alguno de nosotros. En cuanto a los miembros del clan, todos sabemos movernos por transportación, por lo que esta será la única manera en la que entraremos o saldremos. Así reduciremos las probabilidades de que algún Ángel logre infiltrarse en nuestro hogar. Como en todas las Guerras Santas, habrá diez enviados más el último Guerrero de Dios, que, como dijo Prodigia, cometerá algún crimen y luego aparecerá con el nombre de Tabris.
-Sugerimos, entonces-Tomó la palabra Chrono, el cual se había convertido en un tercer estratega de manera informal-Que las misiones y expediciones estén destinadas a encontrar al Sueño Eterno y La Muerte, ya que, de una forma u otra sabemos que en cualquier momento los ángeles nos atacarán. Serán equipos de dos o tres máximo dentro del clan, que revisarán los reinos y manadas en los que podrían estar ocultos. Los Ladrones de Almas, en cambio, irán en grupos de hasta ocho miembros a inspeccionar sitios más encubiertos para evitar un posible ataque divino hacia ellos. Si ambos están de acuerdo, el primer equipo que saldrá mañana mismo está conformado por A.H. y Madara. Mientras más pronto empecemos, más pronto daremos con nuestras dos piezas faltantes para que el Megalon Erbfall pueda dar comienzo.
-Así será-Asintieron de forma simultánea los mencionados.
-Si nadie tiene nada más que agregar, declaro esta junta oficialmente concluida-Finalizó Salvatore, al tiempo que se alejaba de la pared donde había estado apoyado.
                Los Setan se levantaron casi al mismo tiempo de los lugares donde habían estado descansando, algunos en el suelo, otros más en las camas vacías. Poco a poco el espacio se fue vaciando, exceptuando a algunos pocos. Inclusive Elphias, necio como solo él podía ser, afirmó reiteradas veces que ya se sentía lo suficientemente bien como para irse a su vivienda junto a los demás y no necesitaba pasar la noche en aquella enfermería.
- K'awilil-Habló Finnegan a Opeth. El asintió al instante, entendiendo a la perfección a lo que se refería el Elohim. Ellos, junto con Séneca, eran los único que no se habían movido ni un centímetro de su lugar.
Durza se incorporó con una enorme dificultad pero dispuesto a ir a cualquier lugar con tal de ponerse aunque fuera un poco de ropa.
-No tan rápido-Escuchó apenas hubo ejecutado movimiento. Era la voz de Opeth. Súbitamente, el Sombra se dio cuenta de que era escrutado por tres pares de ojos clavados fijamente en él-Aún no hemos acabado contigo
-¿Tan urgente es?-Se quejó, sintiéndose sumamente incómodo al encontrarse prácticamente desnudo frente a sus superiores. Parecía que fuera un adolescente metido en problemas a punto de ser reñido por sus padres y maestros.
-Lo es-Confirmó Séneca, y su voz tan poco conocida por el escaso uso que este le daba, sonó tan contundente que en dos monosílabos logró hacer que el Sombra se sentara de nuevo en la cama que le correspondía.
-¿De qué va esto?-Preguntó cada vez más irritado. Se encontraba cansado, adolorido y con un inmenso pesar sobre sus hombros, lo único que quería era dormir.
- Estamos iniciando la Cuarta Guerra Santa-Respondió Salvatore
-Eso ya lo sé-Le interrumpió Durza. Era obvio que su pregunta iba dirigida no a la guerra, sino al motivo de que lo hubieran citado para hablar después de la junta
-Ah, pero no sabes de qué va-Esta vez fue el turno de Opeth, quien alzó la ceja y sonrió satisfecho cuando el desconcierto se hizo visible en la expresión del menor del lugar.
-Aún tienes una mala concepción del término "Dios". Tenemos que borrarla-El Inexpresivo miró por primera vez a Durza, el cual simplemente se quedó sin respiración. Si bien le conocía desde hacía mucho, ahí sentado en posición de loto fungiendo como Tercero al Mando era simplemente otro. No charlaba, solo profería afirmaciones y no eran más que las necesarias. Séneca, junto con Opeth, eran los dos únicos miembros originales que quedaban y se comportaba como tal.
-La visión cristiana ha nublado el juicio del universo entero-Gruñó el K'awilil, más como un comentario al aire en respuesta a la afirmación de Séneca que como un seguimiento al tema-Dios, el bueno y benevolente Dios que convierte a las almas del purgatorio en sus esclavos
-¿Qué?-Si antes el rostro de Durza era confuso, ahora se había vuelto una épica mueca de desconcierto total.
-No se trata de bondad o maldad, se trata de equilibrio-Contraatacó el Inexpresivo a su compañero invidente. Opeth, tomándose esto como la señal que esperaba, chasqueó los dedos y un libro apareció en sus manos. Era enorme, forrado con el cuero de un macho cabrío totalmente negro. Sin decir palabra alguna, el Segundo al mando lo abrió y acarició con reverencia sus páginas saturadas en texto, amarillentas y gruesas, hechas de piel humana. Ese, sin duda, era el Evangelio Prohibido, la obra maestra de Opeth Gespenst.
-Sexto Oráculo del Libro de los Maleficios-No lo leyó, simplemente recitó. Al fin y al cabo, él lo había escrito y se trataba de su obra maestra.
>>Al principio, el Abismo eterno, el Dios de los dioses, la sima de donde habían surgido todas las cosas, creó seis mil veces un millón de universos para hacer que la nada retrocediera. Luego, dotó a esos seis mil veces un millón de universos de sistemas, de soles y de planetas, de todo y de nada, de lleno y de vacío, de luz y de tinieblas. A continuación les insufló el equilibrio supremo, según el cual una cosa solo puede existir si su no cosa coexiste con ella. Así pues, todas las cosas salieron de la nada del Abismo eterno. Y al articularse cada cosa con su no cosa, los seis mil veces un millón de universos entraron en armonía.
>>Pero, para que esas innumerables cosas engendraran a su vez las multitudes de cosas que iban a dar la vida, necesitaban un vector de equilibrio absoluto, el contrario de los contrarios, la matriz de todas las cosas y de todas las no cosas, el Bien y el Mal. El Abismo eterno creó entonces la ultracosa, el Bien supremo, y la ultra no cosa, el Mal absoluto. A la ultracosa le dio el nombre de Dios. A la ultra no cosa le dio el nombre de Satán. Y dotó a esos espíritus de los grandes contrarios de la voluntad de combatirse eternamente para mantener los seis mil veces un millón de universos en equilibrio. Luego, cuando todas las cosas se articularon por fin sin que el desequilibrio pudiera romper nunca más el equilibrio que lo sostenía, el Abismo eterno vio que eso era bueno y se cerró de nuevo. Mil siglos transcurrieron entonces en el silencio de los universos que crecían.
>>Llegó por desgracia un día en que, tras quedarse solos orquestando esos seis mil veces un millón de universos, Dios y Satán alcanzaron un grado tan elevado de conocimiento y de aburrimiento que, a despecho de lo que el Abismo eterno les había prohibido, el primero empezó a crear un universo más en su propio nombre. Un universo imperfecto que el segundo se afanó en destruir por todos los medios, para que ese universo que hacía el número seis mil veces un millón más uno no llegara a destruir el orden de todos los demás debido a la ausencia de su contrario. Entonces, puesto que la lucha entre Dios y Satán sólo se desarrollaba en el interior de ese universo que el Abismo eterno no había previsto, el equilibrio de los demás universos empezó a romperse.
>>El primer día, cuando Dios creó el Cielo y la Tierra, así como el sol para iluminar su universo, Satán creó el vacío entre la Tierra y las estrellas y sumió al mundo en las tinieblas. El segundo día, cuando Dios creó los mares y los ríos, Satán les dio el poder de alzarse para engullir la creación de Dios. El tercer día, cuando Dios creó los árboles y los bosques, Satán creó el viento para abatirlos, y cuando Dios creó las plantas que curan y que calman, Satán creó otras, venenosas y provistas de pinchos. El cuarto día, Dios creó el pájaro y Satán creó la serpiente. Después, Dios creó la abeja y Satán la avispa. Y por cada especie que Dios creó, Satán creó un predador para aniquilar esa especie. Después, cuando Dios dispersó a sus animales por la superficie del Cielo y de la Tierra para que se multiplicaran, Satán dotó de garras y de dientes a sus criaturas y les ordenó matar a los animales de Dios.
>>El sexto día, cuando Dios decidió que su universo estaba preparado para engendrar la vida, creó dos espíritus a imagen y semejanza del suyo a los que llamó hombre y mujer. En respuesta a este crimen de los crímenes contra el orden del universo, Satán lanzó un maleficio contra esas almas inmortales. Después sembró la duda y la desesperación en su corazón y, robando a Dios el destino de su creación, condenó a muerte a la humanidad que iba a nacer de su unión. Entonces, comprendiendo que la lucha contra su contrario era vana, el séptimo día Dios entregó los hombres a los animales de la Tierra para que los animales los devoraran. Luego, tras haber encerrado a Satán en las profundidades de ese universo caótico que el Abismo eterno no había previsto, dio la espalda a su creación y Satán se quedó solo para atormentar a los hombres.
                Durza había enmudecido al escuchar aquella terrible letanía. Lo habían engañado, los habían engañado a todos. No se trata de bondad o maldad. Se trata de equilibrio. Ya entendía lo que Séneca había querido decir.
-Lo que atacó a Elphias no era un ángel. Se hace llamar así, pero no significa que lo sea-Habló Salvatore al ver el mutismo del Sombra. Cuando al fin este posó su mirada sobre la granate, continuó-Dios toma a las almas del purgatorio y las convierte en sirvientes. No tienen voluntad, no tienen vida propia, solamente son marionetas que acceden a su destino de transformarse en criaturas horribles con la falsa promesa de que algún día su alma se purificará y podrán entrar al cielo.
-Falso, por supuesto-Siguió Opeth. Durza no se había dado cuenta, pero ya no tenía el libro en las manos, había desaparecido.-Dios sabe que morirán en su labor al tratar de acabar con nosotros, pero no le importa, al fin y al cabo, no son más que la escoria de su reino. No vale la pena arriesgar a sus verdaderos soldados. El único que será un ángel puro será el último que baje en la batalla final. Tabris, dijo Prodigia que era su nombre. Solo el heredero a ser el nuevo Amo del Infierno podrá blandir la espada para hacerle frente y derrotarlo.


×


                Contrario a lo que había creído, esa fue una de las noches donde Durza durmió más profundamente en su vida. Aunque alterado y sobrecogido de información que jamás creyó poseer, apenas se hubieron ido sus superiores, el Sombra únicamente tuvo que apoyar su cabeza en la suave almohada para caer rendido ante el sueño y el cansancio.
                Era ya más del medio día cuando Durza despertó, sobresaltado. Su corazón latía a mil y su respiración era sumamente agitada, estaba siendo recorrido por una enorme carga de adrenalina que definitivamente no era suya. Solo para empeorar las cosas, la marca en su pecho le escocía terriblemente. Se levantó a duras penas con un quejido gutural, dándose cuenta que seguía con la toalla casi por completo desajustada a su cuerpo, aunque, al volverse hacia su derecha, se encontró con la grata sorpresa de que había un conjunto de ropa perfectamente doblada y limpia. Era igual a la de Elphias, un conjunto de manga larga hecho de lino blanco, fresco y suave.
                Ya al fin vestido, caminó hacia la pequeña mesa que estaba al lado de la puerta principal, para servirse un vaso de agua... más no hizo mucho, ya que, en menos de un segundo, dejó caer el artefacto de cristal al sentir un horrible ardor en las muñecas y en los tobillos, como si estuvieran siendo atravesados con clavos al rojo vivo. El Sombra gimió y se estremeció aún más ya que a pesar de sentir como el dolor llegaba al hueso, dichas partes estaban intactas. Fue entonces que, sintiendo como una piedra bajaba por su estómago, se dio cuenta de lo que realmente se trataba el dolor.
                Corriendo lo más rápido que su cansado cuerpo le permitía, el Sombra bajó a toda velocidad revisando todas las habitaciones en busca de alguien, aún con las muñecas y los tobillos ardiéndole de una forma horrible. Al fin, cuando llegó al segundo piso, se sintió sumamente aliviado al darse cuenta que en definitiva, no estaba solo. Ambos demonios se volvieron al escuchar el estruendo de la puerta, y la mirada que le dedicaron no lo tranquilizó, por el contrario, solo sirvió para que se horrorizara aún más.
-¡Opeth! ¡Prodigia!-Durza corrió hacia ellos-¡¿Ustedes también lo sienten?! ¡Díganme que ustedes también lo sienten!
                Tanto la Dueña del Oráculo como K'awilil se levantaron de sus asientos en los que estudiaban unos pergaminos, pero únicamente el segundo se acercó al Sombra, deteniéndolo por los hombros en un agarre tan fuerte que prácticamente lo inmovilizó.
-Tranquilízate Baranguer-Lo reprimió Opeth, quien al parecer estaba ignorando olímpicamente el quemante dolor que igualmente lo acosaba-No lograrás nada si estás alterado y solo lo empeorarás. No olvides que él también puede sentirte
-¡Pero Opeth!-Gimió Durza, casi al borde del llanto de tal desesperación que sentía en ese momento de impotencia y horror-¡El ángel está matando a Madara!





N/A: Todas las referencias utilizadas aquí para entender el concepto de Dios y Satán (o Hades, como igualmente se le llama en esta historia), así como su relación y el fragmento recitado por Opeth del Evangelio Prohibido y su descripción, han sido extraídos del libro L'Évangile selon Satan por el autor Patrick Graham. Igualmente la legión de los Ladrones de Almas ha sido inspirada en su homónima del mismo nombre que aparece en las páginas de este magnífico libro.
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MensajeTema: Re: -La Apoteosis de la Oscuridad-   Vie Jul 17, 2015 5:26 pm

VIII.

Cuando las tinieblas de disiparon, ya era media tarde. Erebo ni siquiera había abandonado por completo su cuerpo cuando Hiroki ya estaba de pie nuevamente, buscándole. No muy lejos de él se encontraba el cuerpo destrozado de lo que parecía ser un humano amorfo, con las extremidades exageradamente alargadas y grandes, en desproporción total a la que debería tener con su figura y complexión. Su composición era tan extraña, que ni siquiera el Dios de la Noche había querido devorarlo.
Del otro lado se encontraba el horror mismo. Cuando al fin Hiroki lo ubicó, sintió que se desvanecía en el aire y un fuerte sentimiento de pánico lo invadió por completo. A pesar de que se encontraba en malas condiciones, ignoró sus heridas de forma total y corrió hacia él, que se encontraba al otro lado del valle donde se había llevado a cabo la batalla. Ahí estaba, Madara, su mejor amigo, incrustado a una gran roca con tres enormes clavos de hierro, uno en cada muñeca y otro más para los pies: Una imitación grotesca de una crucifixión. La sangre era demasiada, dos ríos de líquido rojo bajaban por la piedra desde las muñecas hasta caer a los pies de Madara, formando un charco carmesí medio coagulado. El Setan tenía la cabeza baja, y, oculta por la enorme cantidad de cabello que poseía, era imposible saber la mueca que tenía.
-¡Madara!-Gritó el Akakage al llegar hasta él, sin saber muy bien qué hacer. Los clavos eran gigantescos, hechos de algún metal negro y oxidado que le era desconocido. Fue entonces cuando el susodicho lanzó un gemido doloroso y cansado, que Hiroki se sintió aún peor. Por un lado estaba aliviado de que estuviera vivo, por el otro... de pensar solo el dolor que estaba sintiendo se le revolvía el estómago.-Madara, vamos, resiste, te sacaré de aquí. Perdóname por todo el dolor que te voy a causar
Dicho esto, Hiroki se arrodilló y observó detenidamente el clavo que estaba en los pies. Ese, sin duda, sería el más difícil y doloroso pues atravesaba ambos, sin embargo era necesario y debía ser el primero en ser retirado. Aquí vamos, pensó, y, sin dudarlo ni un poco -sabía que si dudaba o lo hacía de forma lenta sería aún peor- tomó el clavo con sus garras y, de un solo tirón, lo desincrustó de los pies de Madara. El alarido de dolor no se hizo esperar. Fue tan potente que las aves volaron de sus nidos en los árboles hacia el horizonte, asustadas. La herida que había dejado era realmente terrible, literalmente lo había atravesado. Hiroki contuvo una arcada y, conteniendo el aire en su pecho, se levantó para proseguir con su trabajo. El turno ahora era de la mano derecha.
-Madara-Le habló-Quiero que cuando te quite el clavo te apoyes en mi hombro. No intentes caminar o permanecer de pie, por favor. Solo será peor-El Káiser apenas tuvo energía para asentir levemente con la cabeza, mientras más sonidos guturales abandonaban su garganta.
Misma acción, misma reacción. Sombra Roja tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no vomitar ahí mismo cuando escuchó claramente la carne despegándose del clavo. Como le había dicho su compañero, Madara se aferró por completo al hombro de Hiroki buscando apoyo, e, inconscientemente, terminó siendo cargado por este último. Solo faltaba un clavo, solo uno. Después, se transportaría a la Torre de Prodigia, aunque no estaba seguro que tanto pudieran hacer con las heridas, después de todo eran marcas divinas.
Luego de un último instante de martirio, el clavo al fin cedió, liberando a Madara al fin de su horrible tortura. Este tembló considerablemente debido a la pérdida de sangre y a todo el dolor que había experimentado. Hiroki tuvo un escalofrío, jamás había visto a su amigo tan vulnerable y débil. Cerró los ojos, y, con el chasquido de sus dedos, ambos desaparecieron en una nube negra.
Llegaron directamente al piso diez. Por el momento estaba vacío, pero no pasó mucho tiempo hasta que todo el Clan Setan estuvo reunido ahí. El primero en aparecer fue Odell, quien corrió a ayudar a su padre para colocar a Madara -que ya estaba al borde de la inconsciencia- en una cama al lado contrario de donde se encontraba Hannibal.
El siguiente fue Salvatore, luego Durza acompañados de Opeth y Prodigia, y así sucesivamente, hasta que todos estuvieron rodeando la cama. Fue Chrono el que tomó las atravesadas muñecas de Madara y conjuró.
-No puedo cerrar las heridas-Dijo luego de unos minutos de hablar en voz baja, con la frente perlada de sudor por el esfuerzo realizado-Pero al menos logré que dejara de sangrar. Tampoco logré quitarle el dolor
-Has hecho suficiente, Yeshua. Te lo agradecemos-Habló Opeth, tomando la muñeca de Madara con sumo cuidado para examinarla-Estas no son heridas normales-Continuó, más como un susurro para sí mismo que para los demás-Son cortes divinos, hechos con un arma que solo la corte de Dios posee. Serán difíciles de sanar y no dudo que sean muy dolorosas... pero sé que Qíang podrá lograrlo. No por nada es uno de nosotros
Los demás no pudieron hacer más que darle la razón y esperar que la tuviera. Tenían que confiar en Madara, en que resistiría todo el tormento por el que estaba pasando. Sin más que hacer, le vendaron las muñecas y los tobillos y poco a poco los demás se fueron yendo para dejar el espacio tranquilo y silencioso, tanto a Madara como a Hannibal, que seguía sin reaccionar ni un poco desde que llegó. Solo hubo uno que no se movió después de que todos se hubieran ido.
-Durza-Le dijo Salvatore, al ver su negativa de abandonar la habitación-Ven. Necesito hablar contigo a solas un momento
-Volveré-Le prometió el Sombra a su amigo inconsciente antes de salir con pesadez al encuentro de Salvatore. No tenía ni idea si Hannibal lo escuchaba o le prestaba atención, pero lo cierto es que no había dejado de hablarle desde el momento en que llegaron a aquél lugar, disculpándose por sus acciones.
Cuando salió, Salvatore no pronunció palabra alguna, simplemente movió la cabeza hacia la izquierda, indicándole que subieran al siguiente piso. Él simplemente lo siguió, inconscientemente acostumbrado a obedecer a quien fuera su maestro y casi padre durante toda su infancia, adolescencia y adultez temprana. Siguió sin hablar durante unos cuantos minutos más, hasta que al fin llegaron al piso 15 después de haber recorrido varias habitaciones más rebosantes de libros, manuscritos y pergaminos pulcramente apilados en estanterías y mesas.
Al llegar al piso 15, Finnegan cerró la puerta tras ellos y esperó. Sabía que después de que Durza se acostumbrara a lo imponente de ese lugar, empezaría a hacer las preguntas. Se encontraban en una sala de juntas, quizá la única habitación que estaba alfombrada. Una enorme mesa circular ocupaba casi por completo el espacio, con diecisiete sillas de caoba negra exquisitamente decoradas con motivos góticos, muy similares a las que había visto Durza en el sueño lúcido que había tenido. Tenía un gran ventanal que daba al Campo de Flores, uno de los dos únicos lugares del Infierno donde había vegetación primaveral sin importar las condiciones en las que se encontrara.
Como había previsto Salvatore, apenas hubo visualizado todo, el Sombra se volvió hacia él.
-¿Qué estamos haciendo aquí?-Le preguntó, apoyándose en una silla sin sentarse.
-Hannibal aún no responde-Estaba claro que La Cobra no daría respuestas exactas, sino que simplemente guiaría a Durza hacia donde él quería y luego... luego ejecutaría su movimiento.
-No. No se ha movido ni un centímetro-Reconoció con pesar, bajando ligeramente la mirada en signo de culpabilidad.
-¿Y sabes por qué aún no ha despertado? Si Chrono logró sanar sus heridas y el manto protector de Hades ha hecho su trabajo...
-No lo sé, maestro-Durza se sentía cada vez peor, más desesperado, más confundido
-Voluntad, Durza-Respondió el Elohim, como si hubiera estado esperando la reacción desolada del Sombra para emitir su contestación.-Hannibal no ha recuperado la conciencia porque no ha querido. Imagínate estar en su lugar. Perdió a su esposa, estuvo a punto de morir debido a una explosión y no pudo ver a su hija sino hasta después de casi un año que le llevó recuperarse. Luego llegó Minos y destruyó todo rastro de su infancia que quedaba en él, y cuando esperaba que su mejor amigo le apoyara, resulta que este se había puesto en su contra, llevándose a su hija dispuesto a arrastrarlo al Infierno, literalmente, en una batalla que lo dejó totalmente herido e incapacitado. ¿Cómo crees que se está sintiendo ahora?
Durza calló, procesando toda esa información. Definitivamente le había hecho sentir aún peor de lo que ya estaba antes, totalmente abatido y con sentimientos encontrados. Había tenido que darle la espalda a su mejor amigo para cumplir con su clan, sin duda una de las decisiones más difíciles que había tenido que tomar.
-Para hacerle reaccionar, debes regresarle la voluntad de vivir-Continuó Finnegan ante el mutismo del Sombra, que parecía haberse quebrado de un momento a otro-Solo hay dos cosas en el mundo que Hannibal ama, y esas son...
-¿Qué estás pensando? ¿Traer a Clío al infierno? Eso sería un suicidio definitivo, es solo una niña-Se apresuró a decir, sin duda era una muy mala idea y no sería partícipe de esta-Hay criaturas demasiado hostiles aquí y...
-No, Durza-Le interrumpió el Elohim-No estás entendiendo. Es cierto, traer a una pequeña de dos años aquí sin duda la mataría, además de que ahora está totalmente prohibida la entrada o salida de ajenos al clan. Es más que obvio que traer un alma no perteneciente al Infierno no es una opción, y sin embargo, acudir a una que ya está aquí...
-No-Respondió de inmediato el Sombra, sintiendo como se le helaba la sangre de solo pensar en la posibilidad. Su corazón empezó a bombardear a gran velocidad y un inminente pánico lo llenó.-Definitivamente no lo haré
-¿Por qué no? Sabes que eso será un incentivo suficiente para hacerlo despertar
-No puedo revivir a un muerto, maestro, usted lo sabe bien
-No la revivirás. Solamente la traerás de vuelta el tiempo suficiente para hacer reaccionar a Hannibal.
-¿Utilizarla como carnada para atraer a Hannibal de vuelta?-Ya no solo sentía pánico, ahora era ira, ciega y quemante ira que lo había invadido de repente.-Definitivamente no haré algo como eso y menos si significará que ella tendrá que volver a su condena después
-Has hecho cosas peores-Contraatacó el Elohim, perdiendo la paciencia-Madara está herido, Matthew y Chrono saldrán hoy, no podemos darnos el lujo de perder más soldados. Deja de inventar excusas que ni siquiera tú te crees y haz lo que te digo. No te pertenece, no puedes poner la vida de Hannibal en riesgo solo por un capricho.
-¿Cómo...?-El Sombra se había quedado helado, expuesto
-Sé más de lo que crees-No había terminado de formular la pregunta, sin embargo Finnegan sabía muy bien a donde se dirigía y prefería no abordar el tema. Al fin y al cabo, eso no le importaba ahora, lo único que quería era que lo obedeciera
-No me importa lo que sepa o no-Gruñó, ahora no solo eran pánico e ira, una nueva emoción lo invadió por completo juntándose con las demás, haciendo explotar al inestable Durza: vergüenza-No voy a ser partícipe de esto. Además, usted también puede hacerlo ¿Por qué pasar por todo esto entonces?
-Porque si yo lo hago, no aprenderás nada-Siseó la Cobra, totalmente furioso por la insolencia de su alumno-Ahora hazlo, soy tu superior y te lo estoy ordenando
-Pensé que aquí todos éramos iguales-Atacó con colmillos y garras, dispuesto a hacerle frente al mismísimo Amo del Infierno con tal de no cumplir su voluntad
-Lo somos, pero no confundas igualdad con desobediencia-Solemne y autoritario, como solo él lo podía ser, a Durza le recordó cuando apenas era un niño y lo reñía constantemente-Te guste o no, yo soy el Amo del Infierno y se hará lo que yo digo
-No si te asesino y robo tu puesto-Esa fue la gota que derramó el vaso, el Sombra estaba desesperado y no controlaba lo que decía
-Te veo y eres un adulto, pero te escucho hablar y eres solo un muchacho-Toda la ira parecía haberse ido, en cambio había impaciencia y decepción-Parece que no te ha quedado clara la manera en la que funcionan las cosas aquí. El que me mates o derrotes no te dará mi puesto automáticamente como en los lugares que has visitado. Lo que te dará mi puesto es la lealtad absoluta de todo el Infierno. Matándome solo conseguirás que ese Infierno que necesitas le ponga precio a tu cabeza, porque ahora ellos me son leales a mí. Ahora, Durza, basta de discusiones, harás lo que yo digo y se acabó. Mientras más pronto mejor.
Era más que obvio que el Sombra se había quedado sin argumento alguno para seguir debatiendo a su superior. Durza no tuvo más opción que bajar la cabeza, simplemente no podía contra la voluntad de Salvatore. No solo era el Amo del Infierno, sino igualmente su maestro y casi padre, y eso pesaba muchísimo más que el mismo título en sí.
-¿Qué sucederá cuando se vean?-Preguntó, rendido y resignado.
-No tendrán ojos más que el uno para el otro-Respondió Finnegan, complacido de que su plan hubiera dado frutos.

×

Como siempre, el piso diez se encontraba callado y tranquilo. Únicamente cuatro almas se encontraban ahí, dos de ellas inconscientes. Durza avanzó hacia la cama de Hannibal, sintiéndose como escoria por el estado en el que se encontraba, y aún más por lo que haría para sacarlo del mismo. Cerró los ojos y conjuró, concentrándose al máximo aún cuando tenía la mirada de Finnegan clavada en su nuca, siguiendo paso a paso sus movimientos.
Mientras el Sombra conjuraba, alternativamente a su lado iba tomando forma una niebla, primero traslúcida, luego cada vez más densa, hasta hacerla sólida por completo. Había tomado una forma humanoide asexual, sin ningún rasgo que la definiera como hombre o mujer, sin embargo conforme el hechizo avanzaba, la niebla se amoldaba cada vez más: Sus caderas se redondearon, su cintura se apretó, un par de senos crecieron y las facciones en su cara se dibujaban finas y elegantes; sin duda era una mujer, o bien, un vago intento de esta. El cabello empezó a tomar su lugar, una melena larga y lacia, para luego teñirse de cobrizo, la primera parte del cuerpo que comenzaba a colorearse. La piel tomó textura y se amoldó a un tono claro y algo pecoso, sus ojos, entre cerrados, dejaron ver dos iris de color azul, los labios, rojos y dientes perfectamente blancos. Por último, dado que la figura aún permanecía desnuda, una elegante pero sencilla toga la cubrió, resaltando aún más su belleza. Ya había tomado toda la forma que debía tomar, permaneciendo de pie pero inconsciente.
-Despierta-Le dijo el Sombra. Durza se sorprendió gratamente al darse cuenta que, si bien había permanecido estoico la mayor parte del tiempo, su voz, quebrada, revelaba lo mal que se encontraba en ese momento.
Ella obedeció, sus ojos se abrieron por completo y al fin una inhalación llenó de aire sus pulmones. Como si nunca hubiera sido perturbada por una muerte repentina y violenta, la mujer miró a Durza de manera calma, serena.
-Clarice-Volvió a hablarle, esta vez mucho más firme pero casi en un susurro, abrumado-Has que despierte, por favor

×

-¿Estás seguro que es aquí?-La voz de uno de los más jóvenes del clan habló susurrante, caminando despacio entre las sombras que proyectaba el atardecer.
-Ajá-Le respondió otra con iguales matices juveniles-Prodigia dijo específicamente "Bestia, jefe, alabado, monarca y noche".  Hemu* cumple con todos los requisitos. Las leyendas dicen que el pueblo había sido maldito por un conjuro que creaba insomnio a todos sus habitantes, matándolos de cansancio uno por uno. Quedó deshabitado casi por completo debido a la maldición, pero un día llegó un legendario dragón sobrevolando las áreas en una noche de gran luna llena, y con su canto, curó por completo el insomnio del pueblo, sumiéndolos en un profundo y reparador sueño como hacía tiempo no tenían. Las personas en agradecimiento nombraron al dragón el jefe supremo de la aldea, quien aún todas las noches sale de los bosques, vuela hacia el lago pasando por todo el pueblo y lo duerme con su canción de cuna, para perderse en las montañas y repetir el ritual al día siguiente. Las personas le llaman Yè zhī wáng, que en nuestro idioma vendría a ser algo así como Rey o Monarca de la Noche, y curiosamente el jefe oficial de la aldea se llama Nicto Monarch, ¿Coincidencia?
-Bien, niño listo-Matt le dio un codazo amistoso a Chrono, quien alzó la ceja, orgulloso de su exhaustiva investigación-Pero no podemos avisar a todo el clan que hemos encontrado al Sueño Eterno por medio de una leyenda antigua, Opeth nos mataría si lo hacemos movilizarse sin razón
-Eso lo sé-Ante la mirada sorprendida de su compañero, el ángel tomó asiento en una roca que quedaba perfectamente oculta atrás de varios de arbustos pero con una vista perfecta hacia el lago donde la leyenda decía que el dragón alzaba el vuelo-Por lo tanto tenemos que esperar. Si aparece, llamaremos a los demás. Si no, seguiremos nuestra búsqueda por otro lado. De hecho no debería faltar mucho para que aparezca, ya se está ocultando el sol
Y, ciertamente, Chrono tenía toda la razón. A unos pocos kilómetros de donde se encontraban, una figura hacía su aparición. No, no era un dragón, era un hombre que definitivamente no parecía chino. Era alto, musculoso y de piel algo bronceada. Caminaba a pasos lentos pero seguros, dirigiéndose hacia el lago, para cumplir su labor.
-¡Chrono!-Susurró Matt con urgencia, mirando hacia la distancia, donde el hombre se acercaba cada vez más a su posición en diagonal.
El ángel se volvió, igualmente viéndolo.
-No, es un humano, nosotros buscamos a un dragón-Reprendió el Setan a su compañero
-No los has visto bien ¿Eh? Solo observa sus ojos-Y, en efecto, sus ojos lo revelaban todo: Uno era ámbar, mientras que el otro era rojo; idénticos a los de Tuffic Zorn, tercer Elohim, quien llevaba el alma de un dragón dentro suyo. -Ese hombre definitivamente se transforma en dragón... o ese dragón se transforma en hombre.
El susodicho no había dejado de caminar con lentitud, pasando por varios claros y sin siquiera preocuparse por la presencia de los chicos. Se detuvo de la nada y los Setan callaron, por miedo a que los hubiera escuchado. No fue ese el caso, en cambio, el hombre emprendió una gran carrera por lo que quedaba de bosque hasta el lago, demostrando tener una velocidad increíble. Durante el trayecto, su cuerpo se deformó de una manera grotesca y extraña, hasta que, cuando al fin sus pisadas estuvieron a punto de alcanzar el límite entre el bosque y la pradera aledaña al lago, se transformó en lo que realmente era y emprendió el vuelo: Un dragón que se alzó majestuoso sobre las aguas, viéndose reflejado a contra luz por el destello de la luna llena. Ahí estaba, el Monarca de la Noche, el Sueño Eterno. Le habían encontrado.

×

Hacía mucho que el piso diez había sido abandonado por el Sombra y su maestro. Clarice se encontraba hincada a los pies de Hannibal, observándolo y susurrándole al oído. Como había dicho Salvatore, ella no prestaba atención -o más bien no podría prestar atención- a lo que sucedía a su alrededor, únicamente tenía ojos para el híbrido. Fue por eso mismo que nadie supo lo que ocurría en la cama que se ubicaba al otro lado.
En la esquina contraria se encontraba Madara, estaba consciente, pero no por mucho tiempo. Su respiración era lenta y acompasada, y sus ojos reflejaban un brillo opaco y sin vida, una mirada de resignación y tormento puros. Sus manos sangraban, el dolor era intenso y sabía que solo aumentaría más y más, pero la sangre que caía y manchaba la blanca sábana no se debía a sus heridas de guerra... no, eran otras más recientes, más grandes y si se podían aún más terribles que las anteriores. Desde ambas muñecas, hasta el antebrazo, se extendían dos enormes y profundos cortes hechos. Madara hubiera preferido una muerte más honorable, y sin embargo estaba tan cansado que no había podido alcanzar su katana por sí mismo, por lo que tuvo que optar por cortarse las venas con sus propias garras. Había sido muy doloroso, sin embargo el hombre estaba seguro de que este solo disminuiría paulatinamente. Cerró los ojos, esperando...
-¡MADARA!-Un estruendoso grito rompió su paz, y él no tuvo más opción que abrir los párpados para ver a Hiroki corriendo hacia él con una irremediable mueca de desesperación y desolación. A.H. se inclinó a su lado y rápidamente tomó sus muñecas, en un vano intento de que estas dejaran de sangrar. Sus manos temblaban.-Madara, tranquilo, llamaré a los demás, ellos te curarán y...
-No-Apenas pudo articular el moribundo-No lo hagas, Hiroki, por favor
-Pero Madara...-Su voz se quebraba cada vez más, y los primeros signos de lágrimas ya empezaban a formarse en sus ojos, viendo irremediablemente como el que consideró su mejor amigo perdía el brillo en la mirada poco a poco.
-El dolor no se irá, Hiroki. Nadie puede curar mis heridas-Hablaba con gran cansancio, con gran pesar. No mantenía su mirar fijo en ningún lugar, perdido en algún sitio inespecífico-Solo... solo déjame... así....-Al fin enfocó al Akakage, que permanecía estático en su lugar, aún sosteniendo la muñeca de Madara, aunque ya no apretaba, simplemente había sido un acto reflejo el dejarla ahí-No le temo a la muerte, Hiroki, y sé que tu tampoco. Ambos hemos estado en sus garras, ¿Verdad? Sé cómo es y no me perturba la idea de irme para siempre-Su compañero seguía en un mutismo absoluto, por lo que decidió continuar con su monólogo-Pero he fracasado, Hiroki, eso es lo que me duele. Fracasé como padre y como pareja. Llevé a Seishin Okami a la gloria, pero a costa de que mi familia. No cuidé de mis hijos, no disfruté su infancia ni lo que era verlos crecer, no les enseñé a cazar o a rastrear, tampoco los reñí ni jugué con ellos cuando eran cachorros, yo... simplemente los dejé a un lado para liderar correctamente. Ahora la mayoría de ellos están muertos, Ishtar y Shiva me odian, y me pesa que no tendré la oportunidad de redimirme ante ellos. Moriré sin que me perdonen, Hiroki
-No, Madara-A.H. al fin buscó energías de algún lugar para hablar, dándole consuelo a su amigo. La primera lágrima bajó por su mejilla-Tú fuiste un gran alfa, un gran padre...
-No-Sonrió apenas, cansado, mientras largaba un largo suspiro-Fui un gran alfa, pero solamente eso. No sé si debería culparme por eso... al fin y al cabo, así nos entrenaron, ¿No? Tú eras el soldado perfecto y yo el alfa perfecto. Me fui de la manada para no ser como ellos y al fin fui como ellos. No huí por completo a mi destino y nunca me di cuenta hasta ahora, y ya es demasiado tarde. Creo que Nikolai es el único que tomó el camino correcto entre nosotros tres, se retiró y tiene familia, ¿No es cierto?
-Sí-Asintió con la cabeza, y apenas lo hizo otra lágrima se desprendió de su mejilla y acompañó al rojo de la sábana-Su pareja se llama Tucksy y tienen un niño, Ahmar, soy su padrino
-Me alegro. Es muy tarde para mí, Hiroki, pero no para ti. Busca a tus hijos y se un padre con ellos, no cometas mi mismo error. Dos de ellos están cerca tuyo, no te será muy difícil.
-Lo haré, Madara, lo haré. Te lo prometo-En este punto era ya un torrente lo que caía por la cara del Akakage, dándose cuenta de muchas cosas. Sin embargo, la que más le abrumaba y dolía era el hecho de que no sintió a Madara por medio de la marca porque él no quiso que fuera así, había bloqueado toda comunicación con los Setan, con tal de tener una muerte tranquila y sin sobresaltar a nadie. Era obvio que el que lo hubiera encontrado así era pura casualidad y no estaba en los planes de su amigo.
-Esto... tardará más de lo esperado-Suspiró pesadamente, mientras veía sus muñecas, aún sangrantes-¿Puedo pedirte un último favor, Hiroki?-Él asintió, sabiendo que sin duda alguna no le quedaba mucho tiempo a su lado-Dame... dame mi katana, está apoyada junto a la puerta
A.H. se quedó mudo nuevamente y volvió su cara hacia donde indicaba Madara. Sí, ahí estaba, la fiel arma de su compañero, erguida, esperando, como si tuviera vida propia y supiera lo que estaba a punto de suceder. Hiroki se levantó a duras penas y tomó el objeto, para luego llevárselo al Setan moribundo. Se arrodilló a su lado y se la entregó alzando los brazos por debajo de su cabeza, con manos temblorosas y apenas manteniendo la compostura, su llanto era ahora secundado por pequeños espasmos debido a lo fuerte que era. A pesar de esto, imitó la acción de su compañero, cerrando la comunicación con los demás Setan, para que no interrumpieran el momento.
Sintió como Madara tomaba el arma y apenas se atrevió a mirar cuando la desenfundó y el brillo resplandeció, reflejando ambos rostros, uno desolado, el otro, decidido. Era irónico y a la vez admirable que el que estaba más tranquilo era el que no tardaría en morir. Antes de ejecutar su acción, este se volvió y miró a Hiroki con un afecto inmenso.
-Gracias, Hiroki. Hasta siempre, mi Nakama**-Le susurró a modo de despedida-No olvides tu promesa
-No lo haré-Respondió sosteniéndole la mirada-Hasta siempre, Nakama
No respondió. Madara, con una sonrisa, cerró los ojos y alzando los brazos, blandió la katana hacia él mismo. Sin titubear ni un poco, honorable y orgulloso, como siempre lo era, empleó sus últimas fuerzas en bajar los brazos con gran potencia, clavándose el poderoso filo de la espada en su vientre. No emitió ruido alguno, ni siquiera una queja. Sus párpados estaban apretados, y sin embargo, segundos después, se relajaron por completo, al igual que sus manos, que soltaron el mango de la katana para caer a los lados. De pronto, el cuerpo ya inerte del ex-Setan empezó a agrietarse poco a poco, hasta que, en un extraño y anormal sonar, se rompió en mil pedazos, quedando simplemente cenizas en donde antes había estado Madara. Pero estas tampoco permanecieron, en un abrir y cerrar de ojos, ya se estaban desintegrando, hasta no dejar ningún rastro de que alguien hubiera cometido un Harakiri*** en el lugar, salvo la katana clavada en el colchón y los restos de sangre del fallido intento de suicidio anterior.
Hiroki, abatido, no pudo hacer más que bajar la cabeza y llorar desoladamente ante la vacía cama en la que apenas hacía unos minutos había estado Madara. Esta vez decidió que abriría la conexión, pero no con cualquier miembro de los Setan... sino con uno solo en específico. No pasó mucho tiempo hasta que el individuo, sintiendo la enorme y envolvente tristeza de Hiroki, corrió hacia el piso diez tan rápido como pudo.
-¡Padre!-Gritó Odell cuando llegó mientras aporreaba la puerta. El chico lanzó un grito ahogado y casi cae al piso cuando vio la escena. Si bien no sabía exactamente qué había pasado, lo suponía.
A.H. no le respondió, simplemente se levantó de forma pesada, y, mirando a su hijo con un sentimiento mucho más fuerte que el dolor, se acercó a él a grandes pasos. No faltaba mucho para que los demás del clan llegaran, así que aprovechó esos escasos momentos de intimidad... y lo atrajo hacia sus brazos, envolviéndolo en un silencioso y fraternal abrazo nunca dado. Sin saber exactamente por qué, el menor simplemente le correspondió y se echó a llorar junto a su padre.




*=Hemu es un pueblo antiguo de China ubicado en la frontera con Kazakhastan, Mongolia y Rusia, perteneciente a la etnia mongol de los Tuwa
**=Nakama es un término japonés para denominar a un muy buen colega o mejor amigo. Como dato, en Japón es casi un privilegio ser llamado de este modo por alguien, por lo tanto, tanto Madara como Hiroki, que  son de ascendencia japonesa (en el caso de Madara, chino-japonesa), entienden esta palabra y el contexto que la envuelve mejor que nadie.
***=El Harakiri es una práctica antigua japonesa y formaba parte del código de ética de los samuráis. Era un suicidio ritual que consistía en  un corte en el vientre por una katana, se realizaba de forma voluntaria para morir con honor en lugar de caer en manos del enemigo



N/A: Esta fue la canción que me inspiró para crear la parte de Nicto y la que dio base a su creación: Dragon Boy-Joe Hisaishi
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