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 --Akakage--

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SetanMaster
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MensajeTema: --Akakage--   Sáb Jul 18, 2015 5:16 pm


¿Qué tanto sabemos sobre Hiroki Sombra Roja? Todos hemos oído hablar sobre él. Admiración para muchos, desprecio para unos cuantos y terror para bastante más. Hiroki Ryuhei Takashi, uno de los dos únicos Guerreros Sombra del Infierno, Sargento Primero del clan Setan, de origen japonés pero nacido en Sudamérica, afamado asesino, tan despiadado y vil como brillante y seductor, verdugo de miles, maldito por su crueldad, cargando por la eternidad con la sangre de quienes ha asesinado tiñendo su sombra.
Eso, es al menos, lo que cuentan las leyendas que rondan sobre él. Sin embargo, como todo, Hiroki tiene un origen del cual no todos saben, una historia, un pasado y recuerdos, como cualquier otro ser que haya vivido la misma cantidad de tiempo que él.
En esta pequeña historia de X capítulos, nos adentraremos nada más y nada menos que a los orígenes de este afamado ser, desentrañando cada memoria, cada sentimiento y cada pasaje por los que ha vivido, lo que lo ha forjado como es y los seres que influyeron para que fuera lo que es hoy. ¿Asesino innato o víctima de las circunstancias? Eso lo decidirás tú, lector. Acomódate y disfruta este viaje al lado de Sombra Roja, y cuidado, no vaya a ser que te descubra husmeando...
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MensajeTema: Re: --Akakage--   Sáb Jul 18, 2015 5:17 pm

Capítulo I.

El día no había sido fácil. Kazuo, exhausto, se sacudió el negro pelaje manchado de sangre. Aunque acostumbrado a provocar masacres, el lobo ya tenía sus años y se podía notar fácilmente, no solo por su experiencia y pericia a la hora de asesinar, sino igualmente, y para su pesar, en que su aguante ya no era el mismo.
El lobo alzó la enorme cabeza, para encontrar a sus demás compañeros reuniéndose en el mismo lugar que él. Ashra, como siempre, guiaba al grupo. Habían sido únicamente diez lobos los que habían ejecutado el ataque, y sin embargo había sido tan perfecto que esos diez habían bastado para aniquilar a la pequeña manada ahora extinta de aproximadamente treinta miembros. Como era la costumbre, no dejaron sobreviviente alguno.
-Andando-Habló el lobo líder de tonalidades marrones, mientras caminaba del lado contrario al territorio recién conquistado. Los demás, incluido Kazuo, lo siguieron sin hacer ningún sonido, al fin y al cabo, era innecesario y solo rompería la armoniosa melodía de la muerte que se asentaba en el valle.
No tardaron mucho en llegar hasta su hogar, a unos cuantos kilómetros. La manada, de extensiones impresionantes, apareció poco a poco ante su vista. Lo primero que vieron fue a los guardianes, que se escabullían como sombras entre los árboles, rocas o donde fuera posible para emboscar en caso de un posible ataque. Estos lobos, los más ágiles y macizos -junto con los guerreros-, saludaron al escuadrón con una leve reverencia de cabeza, que fue correspondida casi al instante. Mientras más se adentraban en el territorio, más seres se podían apreciar. Lobos de todos los tamaños, edades y colores caminaban de aquí para allá en un armonioso caos, los más jóvenes jugaban mientras que era bastante común ver a los adolescentes peleando fieramente los unos contra los otros mientras entrenaban bajo la supervisión de los mentores. Uno en especial, de ojos índigo, miraba interesado la disputa que se llevaba a cabo por dos hembras ya casi adultas.
A pesar de que siempre sucedía lo mismo, Kazuo nunca se terminaría de acostumbrar a todas las incesantes miradas que le dirigían los demás miembros de la manada cada que su escuadrón llegaba de alguna misión. Era bien sabido que los guerreros tenían el puesto más prestigioso dentro de toda la jerarquía, respetados por todos, inclusive el mismísimo alfa, que no dudaba en premiarlos como era debido. Después de todo, gracias al grupo de guerreros su manada era lo que era.
Aún con las miradas sobre ellos, se adentraron a la cueva principal, lugar frío y lúgubre pero perfectamente encantador. Ahí, como siempre, los esperaban los altos mandos, ansiosos de saber los resultados. A la cabeza se encontraba Thanatos, un enorme y poderoso lobo grisáceo, lleno de cicatrices y marcas de batalla. A su derecha estaba Otto, segundo al mando y general de guerra, conocido por ser el más fiero guerrero que la manada hubiera tenido nunca, ya retirado por la edad pero sin perder sin duda su aire agresivo de estratega y mandamás.
-¿Y bien?-Preguntó el alfa, cuando el grupo estuvo adentro del lugar.
-Territorio conquistado, treinta muertos, ningún sobreviviente-Contestó enseguida Ashra, caminando hacia quedar frente a su superior.
-Impecable, como siempre-Secundó Otto, exhibiendo una radiante y macabra sonrisa de afilados colmillos.-Diez territorios en un año. Sin duda, Ashra, bajo tu guía el grupo de guerreros se ha elevado como nunca
-Y se seguirá elevando, señor-La penetrante y complaciente voz del líder de los guerreros retumbó en las paredes de la cueva.
-Esperemos que así sea-Volvió a hablar Thanatos, altivo y arrogante, con la enorme cabeza en alto-Pueden retirarse
Los guerreros asintieron con la cabeza, para romper su formación y retirarse cada uno por su lado. Kazuo se detuvo casi a un lado de la cueva, donde un hermoso lago se hallaba. Sació su sed en solitario, hasta que, de reojo, observó cómo Ashra se paraba justamente al otro lado del lugar e imitaba su acción. Mientras ambos bebían, el cristalino líquido se teñía ligeramente de rojo, debido a la sangre que aún conservaban en el hocico.
El lobo negro escuchó a su compañero gruñir levemente al tiempo que alzaba las orejas hacia varias direcciones, como si estuviera buscando algo. Y, en efecto, así era.
-Kazuo-Le llamó. El mencionado se conformó con alzar la cabeza y observarlo, dando a entender que tenía su atención-Tu hijo está con el mío, ¿Cierto?
-Así es-Confirmó con voz cansada, dirigiendo su atención hacia donde la tenía el marrón-Ambos salieron a entrenar juntos desde hoy en la mañana. Es posible que sus hermanos pequeños estén con ellos
Y los mayores no se equivocaban.
A unos cuantos metros, en una enorme extensión de pradera, dos pre adolescentes corrían de aquí para allá, tratando de capturarse el uno al otro. Entrenaban su velocidad, agilidad y estrategia, alternando quien sería el perseguidor y quien el perseguido. Uno de ellos, de pelaje oscilante entre marrón y gris, tenía el turno de ser el cazador. El lobo olfateaba cada que podía a su alrededor mientras que al mismo tiempo rotaba las orejas, atento a cualquier sonido que se pudiera producir. La pequeña rama que se rompió atrás suyo reveló el puesto de su compañero. Sonrió abiertamente y, haciendo el menor ruido posible, viró su cuerpo al tiempo que se agazapaba, dispuesto a saltar...
-¡Madara!-El grito, proveniente de su padre, lo hizo pegar un brinco del puro susto.
-Padre-Se volvió rápidamente para encarar a su progenitor, quien lo veía severamente -Yo... yo estaba entrenando con Hiroki ¿Verdad?
El lobo negro de ojos verdes, aún oculto, al fin se mostró, saliendo de la hierba alta y colocándose junto a su amigo.
-Vaya entrenamiento-En ese momento apareció de los árboles Kazuo, quien, como su hijo, se posicionó al lado de Ashra-Ya no son cachorros, deberían cazar, luchar entre ustedes o con otros chicos de su edad. Mañana son las pruebas para decidir su rango ¿Quieren acabar como un simple cazador o rastreador?
-No, padre, lo siento-Se disculpó Hiroki, quien era una versión pequeña de Kazuo, mientras que Mouss, su hermano menor, era más bien parecido a su madre.
Los adultos no dijeron otra palabra, simplemente se dieron la vuelta y caminaron al lado contrario, separando sus caminos hacia donde estaban sus respectivas madrigueras. Si bien ni Kazuo ni Ashra se llevaban muy bien, Madara y Hiroki, por el contrario, habían sido inseparables desde el momento en que se habían conocido, cuando eran apenas cachorros. Las similitudes eran impresionantes: Ambos tenían prácticamente la misma edad, de orígenes orientales, sus padres eran guerreros y sus madres las mejores curanderas, y, para rematar, cada uno tenía un hermano dos años menor que ellos, Mouss para Hiroki, Xenuq para Madara. Eran, sin duda, un conjunto de casualidades muy bien elaboradas.
Los lobos, dándose cuenta que sus padres sin duda no estaban de humor -por favor, ¿cuándo esos dos estaban de humor?-, simplemente rodaron los ojos, y, con una sonrisa cómplice, se separaron, siguiendo a sus futuros progenitores.
Esa noche, como todas, los adolescentes dormirían a salvo y gusto en la comodidad de sus cuevas... sin saber que al día siguiente su vida daría un giro brusco.
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MensajeTema: Re: --Akakage--   Sáb Jul 18, 2015 5:19 pm

Capítulo II.

Eran apenas quince jóvenes machos los que esperaban fuera de la cueva. Madara y Hiroki, como todos, movían la cola ansiosos, nerviosos. Murmullos aquí, murmullos allá, los adolescentes comentaban como si de una leyenda urbana se tratara, que Otto, el segundo al mando, sabía las capacidades de uno con solo mirarlo. Corrían rumores, incluso, de que era el viejo quien elegía al nuevo alfa de solo un vistazo. Sea como fuere, todos le tenían un excelso terror al veterano lobo y nadie, por nada del mundo, quería hacerlo enojar, sabiendo de sobra que no dudaba ni un segundo de deshacerse de los insubordinados.
-¡¿He llegado tarde?!-Preguntó a Hiroki un lobo de su misma edad, jadeante. Sus colores eran más bien blanquecinos, con matices grises en la espalda y cara, con orbes jade.
-Si hubieras llegado tarde, Otto ya te hubiera matado, amigo-Se le adelantó a responder otro, de casi la misma coloración que Hiroki, salvo que más cenizo y de ojos ámbar. Estaba totalmente serio, sin embargo apenas unos segundos después rió un poco, como para aliviar la tensión.-Disculpa, a veces no lo controlo-Esta vez se dirigió a los tres en específico que lo miraban, extrañados-Mi nombre es Jericho, un gusto
-Madara
-Hiroki
-Me llamo Nikolai-Terció el recién llegado, sonriendo a los demás de forma evidentemente más genuina que el denominado Jericho, que parecía más bien fiero. Él, sin duda, sería un guerrero con seguridad.
Los adolescentes no tuvieron tiempo de seguir hablando cuando Thanatos salió, orgulloso y altivo, seguido por Otto, de aire más agresivo, con el pelo totalmente erizado y las orejas bajas, como siempre. El alfa le hizo una señal con la cabeza y el viejo asintió.
Caminó entre los jóvenes, dándole un rodeo a los mismos que permanecían de pie y se apartaban con disimulo cuando Otto pasaba a su lado. A todos, sin excepción, les dirigía una seca mirada con su único ojo servible. A algunos les gruñía, a otros no les prestaba la atención suficiente. Hiroki y Jericho fueron de los que recibieron aquél sonido gutural con un tanto de espanto, mientras que a Nikolai apenas le dirigió una mirada. Sin embargo fue cuando se encontró con Madara, que su postura cambió por completo. En silencio total, lo observó directo a los ojos por más de un minuto. El más joven, sin saber muy bien qué hacer, le sostuvo la mirada lo más que pudo. No titubeó, quizá ni siquiera respiró. Después de lo que pareciera una eternidad, y con una grotesca sonrisa, Otto se volvió.
-Es él, Thanatos-Dijo en voz alta, a la vez que su alfa asentía. El general caminó hacia donde estaba él y se sentó a su lado-Bien-Ahora era casi un grito, un vozarrón por así decirlo, dirigido al grupo de adolescentes-Los que han recibido el gruñido, bien por ustedes, serán entrenados como guerreros-Un murmullo general se extendió, tanto Hiroki como Jericho se miraron alegres-Los demás, recibirán cargos diversos dentro de la manada, ya se los asignarán sus responsables. Y tú, muchacho-Señaló a Madara con el hocico, mientras el susodicho le prestaba atención de inmediato.-¿Cuál es tu nombre?
-Madara, señor, me llamo Madara-Contestó el adolescente con la voz más firme que pudo, sumamente nervioso.
-Bien, Madara, te felicito-Continuó-Tú serás el nuevo alfa. Mañana mismo inician tus entrenamientos, van por cuenta con Thanatos. Yo mismo supervisaré a los guerreros. Los quiero a todos, mañana al amanecer. Quien llegue tarde, no verá la luz de otro día. Retírense.
Todos, absolutamente todos, veían a Madara con asombro y envidia, y un inconsciente respeto empezó a formarse en ellos. Muchos bajaron inconscientemente la cabeza ante quien sería en un futuro su alfa.
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El lobo cenizo cayó al suelo con un golpe seco, mientras un gemido de dolor abandonaba sus pulmones. A pesar de sus heridas y que sangraba, se levantó enseguida, dispuesto a volver a encarar a su oponente.
-Tres a uno a favor de Hiroki-Declaró Otto, viendo con frialdad como ambos compañeros se habían enfrentado en cuatro ocasiones seguidas.-Jericho, concéntrate
El mencionado asintió, preparándose para otra riña. Su contrincante, un gran lobo negro como la noche, de ojos verdes hipnotizantes, lo miraba con la fiereza de un guerrero pero el afecto de un amigo. Cuando el segundo al mando dio la señal, ambos corrieron el uno hacia el otro y se enfrascaron en su duelo de mordidas y sangre. Los meses de entrenamiento no habían pasado en vano, y menos cuando la vida consistía en pelear la mayor parte del día. Los futuros guerreros eran infalibles, duros como tanques de guerra, resistentes como montañas, veloces como el viento y agresivos como el peor demonio. Aunque adolescentes, ya amaban por sobre todas las cosas el luchar, ya fuera contra sus iguales o incluso de vez en cuando contra el mismo Otto, quien, a pesar de su edad, los detenía sin mucho esfuerzo.
Jericho cayó de nuevo, más agotado que nunca. Sin duda, Hiroki se había vuelto una letal arma de guerra que sería de las mejores en la historia. Únicamente Jericho lograba hacerle frente, siendo el segundo mejor en todo. Si bien el buen carácter de Hiroki no había desaparecido, si su paciencia y manera de actuar, comportándose ya como todo un guerrero, hostil e impulsivo.
-Cuatro a uno a favor de Hiroki. Hiroki es el vencedor-Habló el viejo en voz alta, mientras bajaba de su lugar en una piedra.-Es todo por hoy, retírense, guerreros
Ninguno puso objeción alguna. Hiroki se estiró y miró a Jericho, que hacía varios esfuerzos por levantarse. El negro corrió hacia él y dejó que se apoyara en su lomo, con el objetivo de ayudarle, ya que, al fin y al cabo, esas heridas las había provocado él. Una vez se pudo incorporar, ambos machos se despidieron y continuaron su camino por separado.
Sin mucho que hacer, el lobo negro olfateó y buscó, tardando poco en ubicar su objetivo. Sonrió para él mismo y, moviendo la cola, trotó alegremente hacia la colina de donde venía aquél aroma.
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Sin duda ese lugar era el más alejado y pacífico de la manada entera, no muchos sabían de su existencia y aún menos se atrevían a escalar la escarpada planicie únicamente para ver el hermoso atardecer que esta ofrecía.
El lobo que estaba ahí, sentado, era la total excepción a la regla. Sumido en la profundidad de sus pensamientos, Madara no lograba darse cuenta del paso del tiempo ni de lo que sucedía a su al rededor, no al menos hasta que vio la silueta negra acercarse a su lado. Hiroki, tratando de no perturbar la paz de su mejor amigo, simplemente se sentó a un costado y observó el atardecer sin decir palabra alguna.
Era impresionante el cambio que se había dado en ambos adolescentes. Madara, antes bastante flacucho y aparentemente insignificante, ahora se alzaba imponente con el porte de un león, su pelaje había crecido de una manera considerable y un collar, similar a una melena, se había formado en su cuello y pecho. Hiroki igual había dado un estirón magistral, antes considerado enano, en ese momento tenía el cuerpo de todo un adulto, de una robustez admirable, enormes garras y colmillos blancos y filosos; su pelaje igualmente había cambiado, pero no para adoptar la elegancia de un alfa, sino que se había tupido y erizado, permitiéndole mostrarse más atemorizante de lo que ya era.
-Dejaré la manada, Hiroki-Habló Madara sin rodeos, sin tacto, mientras volvía la cabeza para mirar a su sorprendido compañero-Xenuq vendrá conmigo
-¿...Qué?-Apenas pudo articular el negro, con los ojos como platos.
-Odio esta manada-Gruñó, sin temor a que le escucharan-Guerras, perfección, sangre, conquistas... no, definitivamente esto no es para mí. Quiero buscar nuevas tierras, nuevos amigos, formar una familia... No pertenezco aquí
Hiroki lo observó asombrado, no solo de su declaración, sino de su valentía y, más que nada, por la falta de miedo que este expresaba. Si alguien se llegara a enterar, posiblemente lo matarían, tendría que salir de las tierras con sumo cuidado.
-¿Y quien será el alfa?-
-No lo sé, no me interesa. Mis relaciones con esta manda ya están terminadas. Quédate tu el puesto, te cedo mi lugar. Yo partiré al amanecer
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Sin duda había sido de los peores días de su vida. Hiroki se encontraba tan furioso que incluso había faltado a sus entrenamientos, cosa que jamás había osado hacer desde que fue seleccionado como guerrero.
Descansaba atrás de una enorme roca, cada vez que recordaba, le hervía la sangre un poco más. No solamente había visto partir para siempre a su mejor amigo, sino que, cuando había ido a reclamar su nuevo puesto, Thanatos no hizo más que burlarse de él, alegando que alguien como Hiroki jamás tocaría el trono de un alfa. En ese momento el lobo estuvo tentado a asesinar a sangre fría a su superior, y sin embargo no lo hizo, era clara su inferioridad frente a este y no se iba a arriesgar. Pero ya tendría su venganza.
-¡Hermano!-Una voz chillona lo sacó de sus pensamientos, irritándolo aún más-¡Juega conmigo!
-Lárgate, Mouss-Le gruñó el mayor, sintiendo como su escasa paciencia se hacía cada vez más y más escasa-No tengo tiempo para ti
-Siempre dices eso, hermano-El lobato, casi adolescente, se colocó encima de Hiroki y empezó a morderle el lomo-Jamás tienes tiemp...
-¡Te he dicho que te largues!-De la nada, el gran lobo negro se había levantado en todo su esplendor, y como si de un trapo se tratara, había lanzado a su hermano menor por los aires, estampándolo contra la enorme roca. Antes siquiera que el cachorro pudiera reaccionar, una enorme zarpa ya lo había inmovilizado. Era tan grande, que ocupaba su pecho y cuello-Tú, endemoniado parásito...
-¡Basta!-Hiroki sintió como una dentellada impactó en su hombro, apartándolo bruscamente del cachorro, quien corrió asustado hasta posicionarse atrás de su padre.
El joven, furioso, mostró los dientes y, sin decir palabra alguna, atacó a su progenitor con toda su fuerza. Kazuo lo apartó de un golpe, pero Hiroki volvió a atacar. Aunque un experimentado guerrero, el adulto no tenía intención de dañar a su hijo, pero vio con desesperación como él no respondía de la misma manera. Kazuo intentaba separarse de la lucha, Hiroki volvía a arremeter, una y otra y otra vez. Horrorizado, el mayor se dio cuenta que el adolescente tenía fuego en la sangre y lo descargaría de una forma u otra.
Hiroki atacó de nuevo, esta vez, sorpresivamente, siendo correspondido con la misma potencia por su padre. Jamás había peleado con él, pero sabía de sobra que era un veterano luchador, por lo que no le quedó más opción que combatirlo con todo su poder. Ambos lobos pelearon, un coro de gruñidos y aullidos se hizo escuchar por toda la manada. No, no eran los quejidos adolescentes que competían en sana rivalidad, no... ahí había odio, ira y una enorme sed de sangre. Padre e hijo arremetían con toda su fuerza, mordían, arañaban y golpeaban sin importar el lugar de impacto, simplemente buscando ser superior a su contrincante. Al fin, y para desgracia del mayor, la juventud venció a la sabiduría. Kazuo cayó rendido al suelo con un golpe seco, jadeante, ya sin energía alguna para seguir atacando. Sintió la poderosa zarpa de su hijo apretarle el cuello, en claro signo de dominio. O al menos eso creía. Hiroki, en medio de un gruñido gutural y salvaje, lanzó una poderosa dentellada hacia la yugular de Kazuo, quien miró mudo y horrorizado como su propio hijo le estaba arrebatando la vida. Solo atinó a gemir una vez más, hasta que la vida abandonó sus ojos.
Thanatos, en la distancia, sonrió complacido.
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MensajeTema: Re: --Akakage--   Sáb Jul 18, 2015 5:51 pm

Capítulo III.

La escena era simplemente desoladora. Un reguero carmín como ningún otro que hubiera habido en las tierras de la manada. El olor de la cueva era simplemente insoportable, a sangre y miedo. Seis cadáveres yacían en los alrededores del lugar, dos grandes, cuatro pequeños. En la entrada tres figuras aún vivas escrutaban la escena. Dos de ellas, inmutables y serias, la otra, la más joven, simplemente estaba hundida en un mar de dolor y desolación, sumida en un profundo llanto.
Hiroki se encontraba destrozado. Habían pasado ya casi dos años desde que Madara se hubiera ido de la manada y la muerte de Kazuo. El lobo ya casi adulto, jamás se hubiera imaginado que a partir de ese día toda su vida cambiaría radicalmente.
_______________________________________

Kazuo no fue llorado más que por su madre y por su hermano menor. La manada simplemente estaba más conmocionada por las acciones de Hiroki que por la muerte en sí. Mientras su familia vio horror, Thanatos y Otto vieron una excelente oportunidad.
Así, los entrenamientos del adolescente no habían hecho más que endurecerse, su vida entera se concentraba únicamente en las batallas, en la dureza y en fortalecerse aún más de lo que ya era. Su hermano le temía, incluso su madre ya casi no se le acercaba, sus compañeros le respetaban y los adultos lo admiraban. Hiroki, a su corta edad, empezaba a ganarse una reputación muy grande.
Aspiraba a cosas increíbles, se creía que sería el soldado perfecto, sin debilidades, sediento de sangre y matanzas, incapaz de sentir miedo, guiado únicamente por sus convicciones y las órdenes de sus superiores. Era simplemente la máquina de guerra más grandiosa planeada por Thanatos, quien no esperaba menos de su pequeña creación... o al menos eso creía. Llegó el día, en que, como todos los guerreros, Hiroki descubrió que, efectivamente y muy a su pesar, tenía una debilidad.
Aquella bruja perfecta y blanca había aparecido cuando menos se lo esperaba. Se la topó por casualidad, cuando Mouss jugaba con otra pequeña de su edad llamada Silver, blanca como la nieve, de ojos grises. Era relativamente nueva en la manada, hacía poco que la había visto. Y sin embargo no fue ella quien llamó su atención, si no su hermana mayor. Ligeramente más joven que Hiroki, la loba se había presentado como una luz en la oscuridad. Su pelaje, cremoso y pálido, iluminó la desolación que sentía, sus ojos, azules como el cielo, menguaron el brillo salvaje de los suyos, verde ntenso. Su forma de ser, apaciguada y dulce, contrastó por completo con la suya, fuerte y despiadada. Ella era como el cielo de abril, salía el sol en sus ojos, niña de la luz, estrella brillante. Él era como el cielo helado en la noche de octubre, la nube más oscura en la tormenta que llovía en su corazón. Sí, eran los polos opuestos en todo lo que se pudiera poner como polo opuesto... y sin embargo habían caído rendidos el uno por el otro desde el primer instante en el que se vieron. Aeisha había conquistado el blindado corazón de Hiroki.
Sin embargo, la utopía de su romance no duró mucho, ambos sabían que eran como el odio y el amor, mundos separados. Su amor había sido como veneno desde el inicio, un fatal choque de luz y oscuridad. Mantuvieron el secreto con recelo, nadie absolutamente nadie debía enterarse de aquello.
Cuando se enteró de su embarazo, la loba no pudo hacer más que ocultarse en una cueva aledaña a la manada, rogando que nadie la encontrara. Nikolai, ahora experto curandero, se enteró de la situación cuando Hiroki le rogó que la ayudara en el parto. Fueron cuatro hermosos cachorros, tres blancos, y uno tan negro como su padre. ¿Sus nombres? Por desgracia para Hiroki, no llegaron a tener.
El lobo negro cometió un simple pero costoso error, uno que le costaría muy caro a su familia. Tan embelezado se encontraba con Aeisha, que descuidó considerablemente sus entrenamientos, faltaba constantemente y su rendimiento bajó tan rápido como había subido. Por supuesto, esto no pasó desapercibido para Otto, quien, furioso con el lobo, no solo por el hecho de que empezaba a fracasar, sino porque igualmente le arrebataría su puesto una vez terminado su entrenamiento, lo espió por días, hasta que al fin, con aquella sonrisa torcida que lo caracterizaba, dio con el premio mayor.
No tardó ni media hora en informarle a Gianni, padre de Aeisha, el acontecimiento, al igual que a Thanatos. Los machos adultos se movilizaron enseguida... Para cuando Hiroki llegó, ya era demasiado tarde. Lo primero que vio fue al alfa y al segundo al mando, sentados a la entrada de la cueva con la mirada severa, esperándole. En ese momento supo que algo realmente horrible había pasado. El lobo ignoró por completo a sus superiores y entró, encontrándose a Gianni aún en el acto, destrozando con los colmillos al último cachorro vivo que quedaba, el negro, idéntico a él. No lo pensó, no lo meditó o reflexionó, simplemente actuó en un instante impulsivo. Toda la rabia y el dolor se habían apoderado de él, tan rápido, que lo propulsaron como un cohete hacia el lobo que aún tenía al cachorro entre sus fauces. Atacó, con la furia más grande que había sentido nunca, ni siquiera cuando asesinó a su padre había sentido tanta gloria, tanto gozo de hacer sufrir a alguien. No lo mató, oh, no, eso habría sido el destino más dulce que le pudiera haber dado. A Gianni le esperaba algo mucho peor. Lo torturó, le arrancó las orejas, le sacó los ojos con las garras, mordió, desgarró y rompió, ciego y loco de cólera. El lobo mayor lloraba, suplicaba por su vida, a Hiroki no le importó, solo siguió con su sádica venganza.
Media hora después al fin se apiadó de Gianni, sofocándolo con saña y violencia. No fue difícil acabar con su vida, tan herido y débil, cayó muerto en menos de un minuto. Hiroki respiró pesadamente, sintiendo como la adrenalina lo abandonaba poco a poco... para su desgracia, descubrió que su venganza no lo había hecho sentir mejor. Reunió todas sus fuerzas y se volvió, para ver a su amada, a su Aeisha, muerta, con su pelaje antes tan hermoso ahora sucio y manchado de sangre, al igual que el de sus pequeños, que no habían vivido ni siquiera para ver la luz del día siguiente salir.
Hiroki no pudo más, cayó al piso y se echó a llorar desconsoladamente, como nunca lo había hecho. Los mayores, que habían visto el sangriento espectáculo sin moverse ni un poco, lo dejaron desahogarse por otra hora. Fue Thanatos el que habló primero.
-Tu no has nacido para esto, Hiroki-Le dijo, acercándose. Como siempre, Otto, su perro faldero, lo siguió de cerca. El alfa se posicionó al lado del casi adulto, que seguía en el suelo, destrozado-Tu destino no es la misma vulgar historia que se repite en los simples lobos que habitan el mundo. Tu camino está trazado en sangre, en muerte, en gloria y terror. Has nacido para grandes cosas, lo supe desde que mataste a Kazuo sin titubear y lo confirmé cuando le diste su merecido a Gianni. Pero... aún debo asegurarlo-Thanatos, con el sigilo de un felino, rodeó la cueva de modo casi imperceptible, hasta situarse cerca de la entrada nuevamente-Dime, Hiroki, ¿Te has preguntado como Gianni se enteró de la existencia de tus cachorros?
Hiroki al fin alzó la cabeza y miró inquisitivo al mayor, esperando que siguiera hablando.
-Este lobo-Señaló a Otto descardamente-Él fue, Hiroki, el que te delató ante Gianni y ante mí. Otto te tenía envidia porque tu lo sustituirías como mi mano derecha, y sacrificó la vida de tu pareja e hijos solo para saciar su berrinche personal.
-¡Señor!-El lobo viejo, sintiendo como un terror reverencial recorrió su cuerpo, miró enseguida al alfa, que lo miraba inexpresivo. Ahogó un grito y se volvió, para encontrarse a Hiroki ya erguido a su lado. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento caliente, de olor a sangre con una claridad abrumadora. Otto se dio cuenta que su fin estaba a punto de llegar al momento que percibió lo que Thanatos hacía: Le estaba tapando la única salida.
-Mátalo, Hiroki-Susurró el alfa, en un susurro tan siniestro que incluso parecía detener el tiempo en la cueva-Mátalo y pruébame lo que vales
Hiroki no respondió, simplemente obedeció. El final del viejo lobo fue mucho peor que el de Gianni. Lo despedazó de forma literal con una rabia tan brutal, que incluso el mismo Thanatos hizo el ademán de apartar la mirada. Fue una horrorosa hora de tortura sin igual, en la que todos, absolutamente todos los rincones de la cueva quedaron impregnados de aquél biscoso líquido oscuro y coagulado. Durante todo ese tiempo, lo único que pudo pensar Otto en los segundos de cordura que dejaba el dolor, era que lo había logrado, había creado al asesino perfecto. Una lástima, se dijo a sí mismo, que él haya sido su primera de muchas víctimas como nuevo general y mano derecha de Thanatos.
Cuando hubo acabado con él, Hiroki miró a su alfa, con el cuerpo cubierto de sangre de arriba para abajo, sus espectrales ojos verdes mostrando una terrible mueca de psicótico placer. El niño se había vuelto un adulto.
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-En esta misión atacarán el oeste-Dijo Thanatos a su nuevo escuadrón de guerreros. La élite de la élite, lo mejor de lo mejor. Diez jóvenes adultos lo miraban con la misma intensidad y frialdad. A la cabeza estaba el inmenso lobo negro de terribles ojos verdes, escuchando atentamente al alfa-Será fácil. Un pequeño grupo de religiosos ermitaños que habitan en la ladera de las montañas. No dejen ningún sobreviviente.
-Así será, señor-Respondió Hiroki, líder de los guerreros.
-Confió en ti, Hiroki. Llévalos a la victoria como siempre lo has hecho.
El lobo negro no respondió, simplemente se volvió y se echó a correr, con su escuadrón siguiéndolo de cerca. Thanatos los vio partir, con una sonrisa de victoria en la cara. Hacía ya un año que Otto estaba muerto, y se felicitó a sí mismo por haber tomado esa desición tan acertada. Hiroki no solo era más fuerte, despiadado y brillante que el Otto mismo, además, muy para su beneficio, parecía carecer de la voluntad o la intención de rebelarse contra él. Thanatos sabía muy bien que si llegaba el día en que Hiroki se cansara de él, su muerte solo sería cuestión de tiempo.
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Como Thanatos lo había predicho, había sido demasiado fácil. Eran ancianos, débiles y seniles, apenas habían puesto resistencia y se habían extinguido bajo las fauces de los guerreros. La pequeña comunidad había caído bajo la luz de la luna. El grupo se reunió en el lugar acordado, dispuestos a partir de vuelta a su manada.
-Aún no-Gruñó Hiroki, dándose cuenta que algunos ya tomaban la iniciativa de irse del lugar. Los demás callaron, acostumbrados a confiar en la excelente intuición de su líder. El lobo alzó las orejas, olfateó, y al fin sonrió.
-¿Qué sientes, Hiroki?-Le preguntó Jericho en un susurro, mientras se acercaba a él.
-Queda uno. Ahí-Señaló con la mirada una pequeña cueva, aparentemente oculta. Sin pronunciar otra palabra, se acercó sigilosamente y entró. Como siempre, su sexto sentido no fallaba ni un poco. En la penumbra se encontraba un anciano tembloroso y maltrecho, el guía de los demás muertos. Era ciego, pero sus blanquecinos ojos irradiaban tal sabiduría que parecía que podía leer el alma.-¿Está listo, abuelo? Lo haré rápido, en respeto a usted.
-Oh, jovencito-Le dijo el raquítico lobo, mientras se levantaba con unas patas tan huesudad que apenas podían sostener su peso-No es por mí por quien deberías preocuparte, sino por ti
-¿Por mí? No se ridículo, anciano, yo no soy el que va a morir en un instante-Sonrió el joven adulto, altanero y soberbio, mientras su banda de guerreros se agrupaban atrás suyo, husmeando dentro de la cueva.
-Puedo verlo, joven lobo, aunque tu no. Veo tu sombra, tu alma. Tu percepción es demasiado superficial y cruel, has matado a demasiados inocentes y te regodeas de ello como si fuera un trofeo. Las almas de tus víctimas están atrás de ti, no te dejarán nunca. Los dioses están furiosos contigo, muchacho. Estás maldito-Susurró, fijando los ciegos orbes justo en los de Hiroki, como si aún pudiera verlos-Ellos te han sellado y no podrás escapar nunca. A donde quiera que vayas, te reconocerán, la sangre ha sido tanta que ha te ha teñido y consumido tu alma, lo único que queda de ella es tu sombra de igual color, un vago reflejo de lo que fuiste antes de volverte un monstruo. Algún día se vengarán, muchacho, y no habrá vuelta atrás. Maldito sea tu nombre... Akakage no Hiroki.
Y, sin más, el anciano lobo cayó desplomado, muerto.
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El silencio sepulcral se mantuvo la mayoría del camino, nadie, absolutamente nadie, se atrevía a decir palabra alguna después del extraño monólogo del religioso muerto. Incluso Hiroki permanecía callado, siendo el único que había entendido las últimas tres palabras que había pronunciado el anciano, debido a que estas estaban en japonés, su idioma madre.
Justo antes de entrar a la cueva de Thanatos, en medio de la madrugada, Jericho decidió romper el silencio y preguntó lo que seguramente todos se habían estado cuestionando.
-Hiroki-Habló el cenizo. El aludido no respondió, simplemente se detuvo. Eso fue lo único que necesito Jericho para continuar, sabiendo que tenía la atención de su compañero-¿Qué fue lo último que dijo el anciano? Estoy seguro que tu lo sabes
-Es cierto-Contestó, volviendo el cuerpo hacia sus compañeros, mirando con especial atención a Jericho-Me llamó Akakage no Hiroki, Hiroki de la Sombra Roja.-Por alguna razón, a más de uno se le heló la sangre al escuchar aquél seudónimo. De nuevo se hizo el silencio, nadie, absolutamente nadie, sabía como reaccionar. Esa sensación de desasociego solo aumentó cuando el recién denominado Akakage sonrió-Hiroki Sombra Roja. Me acostumbraré a llevarlo y haré que valga.
Y, dicho esto, se dirigió hacia la cueva de Thanatos, solo, dejando a su escuadrón con más preguntas que respuestas.
En las penumbras, el alfa lo esperaba. Cuando entró, se dio cuenta que su superior no estaba solo. Había alguien con él, otro lobo de complexión parecida pero con una postura extraña, hostil y tranquila al mismo tiempo.
-Hiroki-Le habló Thanatos, mientras el extraño permanecía escrutándolo desde lejos con su mirar índigo-Este será tu nuevo maestro, a partir de ahora el te instruirá en el arte de la guerra y la muerte. Hiroki, te presento a Hannibal Lecter.
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MensajeTema: Re: --Akakage--   Dom Jul 19, 2015 1:57 am

Capítulo IV.

El gran lobo negro, ya hecho un adulto por completo, furioso, daba vueltas como fiera enjaulada por todos lados, sin hallar ni un segundo un poco de tranquilidad. Gruñía por lo bajo y mostraba los dientes, sus garras se clavaban en el piso y el pelaje estaba erizado. A su lado se encontraba un gigantesco macho bastante mayor que él, que simplemente lo miraba pacientemente sin emitir palabra alguna.
-No lo creo maestro, no lo creo-Rugió, agitando la cola bruscamente sin dejar de caminar.
-Toda era tiene su esplendor y su muerte, Hiroki-Explicó Hannibal calmado-Tu ayudaste a la primera etapa, y ahora es momento de que veas como la nueva florece
-¡Es que no puede ser posible! ¡Un día todo estaba bien! Y al otro...-Sombra Roja no continuó, simplemente no tenía ganas de volver a repetir la historia que había contado cientos de veces en medio de sus quejas.
Como bien lo había dicho el Akakage, había pasado de un segundo a otro. Nadie, absolutamente nadie, se hubiera esperado que Thanatos muriera de un infarto fulminante mientras dormía. No había pasado ni una semana hasta que, de tierras lejanas, llegó Hammlet, su sobrino.
-¡Ese imbécil de Hammlet!-Bramó nuevamente-¡¿Cómo se le ocurre hacernos esto?! A nosotros, quienes le dimos a la manada todo lo que tiene ¡No es posible!
Si era posible. Apenas hubo subido al puesto de alfa, Hammlet había disuelto el escuadrón de guerreros y declarado que la manada se volvía pacífica. Era una ofensa, una traición, la peor de las humillaciones que jamás podría haber recibido. Como era obvio, los diez que conformaban las fuerzas ofensivas protestaron a todo pulmón, sin embargo la orden estaba hecha y, para su desgracia, eran minoría.
-Las estúpidas y sentimentales hembras. Todo es su culpa, ellas fueron las que convencieron a Hammlet.
-Muchas de ellas han perdido parejas, padres e hijos en la guerra-Contestó al fin el lobo, tan inexpresivo como siempre
-Los que murieron fueron demasiado inútiles como para salvarse a sí mismos-Escupió con desagrado, convencido de que solo los más valerosos merecían vivir.
Hannibal suspiró, resignándose a que Hiroki simplemente no entendería por las buenas. Si bien los años que había sido su maestro le había enseñado no solo fuerza física, si no también psicológica, el control de impulsos e ira no era algo a lo que el Akakage estuviera acostumbrado, era obvio que necesitaría más tiempo.
-Esto no se quedará así, maestro, se lo prometo-Al fin se detuvo, y sin embargo no fue signo de que recuperaba tranquilidad. Por el contrario, significaba que estaba aún más desesperado-Yo, Hiroki de la Sombra Roja, haré pagar a Hammlet por esto.
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Hacía muchísimo tiempo que no visitaba aquél lugar. Cuatro años ya habían pasado desde que la cueva hubiera quedado vacía por completo, repleta de muerte y desesperanza. Sintiéndose sumamente extraño, el lobo bajó por la entrada y se sumergió en la oscuridad que la consumía. Caminó unos metros, hasta que pisó un trozo de hueso, lo que lo hizo detenerse unos segundos. Continuó avanzando, rogando que aquella masa ósea hubiera sido de Otto o Gianni, y no de nadie más.
Se fue adentrando cada vez más y más, hasta que la oscuridad fue tal que ni siquiera su aguda visión podía ayudarlo. Entonces lo supo, ahí era, no había podido encontrar ningún lugar más perfecto que aquél. Hiroki, entonces, dejó que las tinieblas lo abrazaran.
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Akakage había perdido la noción del tiempo. Su respiración, suave e irregular, carecía de toda normalidad posible debido a la abundante humedad  que reinaba el lugar. Tenía los ojos cerrados, reflexionaba y reflexionaba, dándole vueltas a sus pensamientos una y otra vez. La manada seguramente se preguntaría donde estaría, pero eso ya no le importaba ahora, menos cuando estaba en un estado tan crítico. Seguramente Hannibal sabría acerca de su paradero, pero sabía que él no interrumpiría.
Gruñó de forma inconsciente al recordar a aquél lobo, Hammlet, ese maldito bastardo que le había quitado todo, su reputación, sus logros y sus sacrificios. Como respuesta, su estómago se contrajo en un doloroso espasmo, quien sabe hacía cuanto se encontraba ahí, lo único cierto era que no había probado alimento alguno desde entonces y no lo haría, no hasta que su mente se aclarara y tuviera la epifanía que tanto deseaba. La mayoría pensaría que probablemente estaba desquiciado, loco o algo parecido, pero, por mas extraño, controversial o bizarro que pudiera parecer, le había estado funcionado demasiado bien, aún mejor de lo que hubiera previsto cuando se adentró en la cueva por primera vez.
Entonces, como un rayo de luz que iluminaba toda tiniebla que estuviese cerca, al fin llegó, aquella idea, aquél plan tan perfecto y elaborado con el que lograría su venganza. Abrió los ojos después de mucho tiempo pero de poco sirvió, la cueva era tan oscura que parecía que aún los tenía cerrados. Hiroki se levantó, su cuerpo entumecido protestó pero el de nuevo lo ignoró, su voluntad era tan fuerte que nada ni nadie se interpondrían entre él y sus objetivos nunca más. Caminó, recorriendo el sendero que había pasado anteriormente en sentido contrario, buscando la salida. Poco a poco, la humedad se iba disipando y el aire fresco tomaba su lugar. Un cielo despejado y estrellado le dio la bienvenida nuevamente al mundo exterior.
Sombra Roja siguió caminando, tan sigiloso como la noche que lo envolvía. Se dirigió hacia la derecha, casi al corazón de la manada, donde pasó por la cueva en la que Hammlet dormía apaciblemente. Vio al lobo tan vulnerable, que Hiroki estuvo a punto de atacarlo en ese mismo instante y acabar con su vida. Pero no lo hizo, no, si hubiera sido así de fácil, simplemente no hubiera pasado tanto tiempo aislado del mundo en la cueva. Por lo tanto, siguió su camino. No pasó mucho hasta que llegó a la madriguera que quería específicamente. Se escabulló dentro, sabiendo que el lobo que ahí descansaba se encontraba solo. Y no se equivocaba. El macho curandero, apacible, incluso roncaba.
Lo primero que hizo Hiroki fue taparle el hocico con una zarpa para que no hiciera ruido. Sabía que cuando lo viera, estaría tan impresionado que probablemente gritaría inconscientemente. El resultado fue demasiado predecible, cuando el macho abrió los ojos al sentir la presión de la zarpa, estos casi se le salen de las órbitas al vislumbrar aquellos orbes verde intenso que hacía tanto tiempo no veía.
-No hables en voz alta-Le susurró el negro con sequedad, sabiendo que posiblemente sería lo primero que haría al soltarlo. Solo retiró la zarpa cuando recibió el asentimiento de su compañero.
-¿Dónde habías estado?-Preguntó Nikolai en el mismo tono bajo que había usado Hiroki, aún demasiado sorprendido como para asimilarlo todo. Miró al lobo a contra luz de la luna, sin duda había cambiado demasiado desde que había desaparecido el mes anterior. Su musculatura había disminuido, su pelaje se veía opaco y las cicatrices de guerra eran más visibles. Lo único que permanecía eran sus ojos, tan espectrales y terribles como siempre.
-Eso no importa-Cortó secamente. Lo que había sucedido en aquella cueva estaba ahora en el pasado, fuera de su alcance y sin necesidad de traerlo nuevamente-¿Hay inconformes aún?
Nikolai asintió, sabiendo que posiblemente la presencia de Akakage no augurraba nada bueno, como siempre que aparecía.
-Llámalos-Continuó-Tengo un plan
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La tropa se movilizó rápidamente entre las sombras de los árboles, arbustos y rocas, apenas haciendo ruido a pesar de que estaban corriendo a unas velocidades altísimas. Dos lobos, uno blanco y el otro gris, tomaron su posición a la derecha. Kazz y Rem, del ya retirado escuadrón de guerreros, esperaban órdenes provenientes del otro lado, donde el lobo negro que guiaba la conspiración se encontraba, igualmente oculto. Bastó un asentimiento de cabeza, muy leve y casi inexistente, para que ambos ejecutaran su acción.
¿El objetivo? Un desprevenido y escuálido guardia que custodiaba la cueva de Hammlet a mitad de la noche. Para buena suerte de los rebeles y mala del alfa, al declarar pacífica la manada, había descuidado por completo los entrenamientos de sus protectores, los cuales servían más de adorno que de defensa. Sin saber jamás que era lo que había ocurrido, una poderosa mandíbula lo tomó por la pata trasera y lo arrastró hacia los arbustos, donde de una dentellada encontró su fin con una rapidez asombrosa.
Hiroki sonrió complacido al ver a sus soldados salir de la escena del crimen, con los hocicos empapados en sangre. Esa fue la inicial de las diez tormentosas noches que le seguirían. Uno por uno, tan rápido como el primero, los guardias del alfa iban muriendo ante las garras de los rebeldes. Un asesinato por noche, así, hasta dejar a Hammlet totalmente desprotegido y vulnerable. Sin duda a este le había salido el tiro por la culata, su plan inicial, el crear un estado pacífico, había desatado la ira de los soldados a quienes había despreciado. En su nuevo sistema no habían guerreros ni lobos entrenados para la lucha, dejando un blanco demasiado fácil y expuesto ante los enemigos, los cuales, por supuesto, no desaprovecharían. Así, en menos de un mes, Hammlet vio caer todo el imperio que había construido a manos de siete lobos enfurecidos.
Fue durante la onceava noche que ocurrió. Las tinieblas rodeaban todo, era una noche de luna llena pero extrañamente sin estrellas, que parecían esconderse ante lo inminente. El escuadrón marchó con agilidad pero tranquilidad al mismo tiempo, dándose la libertad de recorrer la manda con la cabeza en alto sin temor de que los vieran. Rem, Kazz, Arrow, Karasu, Jericho, Nikolai y Hiroki, reclamando implícitamente el terreno orgullosos. La cueva del alfa estaba a pocos metros.
Hammlet no pudo gemir de terror al darse cuenta como los insubordinados entraban a su guarida y lo rodeaban rápidamente.
-Hola, Hammlet, tiempo sin vernos-Hiroki fue el último en hacer su aparición, quedándose apenas a unos centímetros de la entrada. Instintivamente, en un acto colectivo los demás se hicieron a un lado, dejando la vista libre a su líder.
-Hiroki-Gruñó el alfa, ya sin poder disimular el temblor que lo acosaba-Vas a pagar lo que estás haciendo, ¿Me escuchas? Tú y toda tu tropa... lo pagarán
-No estás en posición de ponerte altanero, y lo sabes-Le gruñó, silenciándolo de inmediato. Un coro de risas se escuchó al unísono.-Me han dicho eso un sinnúmero de veces, ¿Y sabes qué? Jamás ha ocurrido nada ¿Por qué sería así ahora?
-No seas descortés, Hiroki. Le estás hablando al alfa-Una presencia más hizo su aparición, saliendo de las sombras. El enorme lobo grisáceo caminó lento y elegante, hasta quedar por completo bajo la luz de la luna que le proporcionaba un agujero en la cueva.
-Maestro...-Susurró el Akakage, de pronto sintiendo un gran escalofrío que lo invadió por completo. Se había olvidado enteramente de él, y ahora no tenía ningún plan para hacerle frente a esa situación.
-¡Hannibal! ¡Al fin! ¡Qué bueno que estás aquí!-Lloriqueó el alfa aliviado. Sabía muy bien, como los rebeldes, que si el lobo se ponía de lado suyo, no habría mucho por hacer. Si bien Hannibal era uno de los miembros más pacíficos de la manada y jamás se le había visto pelear, se sabía de sobra que tenía la reputación más terrible de los territorios, que lo postulaban como el asesino más infalible de todos. Él era perfectamente capaz de acabar con todos los siete por su propia cuenta.
Hannibal siguió caminando, dirigiéndose directamente hacia donde se encontraba Hiroki, paralizado de miedo. Sus ojos índigo jamás perdieron el contacto con los ajenos, verdes intenso.
-¡Sí! ¡Es esto exactamente lo que quería! ¡¿Lo ves, Hiroki?! ¡No todo lo que planeas te sale como tú quieres! ¡Estarás acabado, Hiroki, acabado!-Gritó el alfa, entrando en una especie de euforia psicótica.
-Hammlet-Lo interrumpió el mayor de todos, sin dejar de caminar. Al fin, cuando estuvo a un costado de Hiroki, a tan solo unos centímetros hombro con hombro, se detuvo. No miró al alfa directamente, le bastó con voltear de reojo-Será mejor que guardes silencio, porque, de hecho, tú eres el que está acabado
Y, sin más, se volvió de cuerpo completo hasta quedar exactamente junto a Hiroki, para después mostrar los enormes dientes en una grotesca mueca y gruñía.
Hammlet perdió el poco aire que le quedaba y sus ojos se humedecieron, más aún al ver como el líder, el Akakage, sonreía de manera desesperante y satisfecha, acercándose a él hasta quedar casi al frente.
Se miraron a los ojos un instante, antes de que el Sombra Roja atacara. Y no solo él, los otros seis lo acompañaron en un macabro juego. Despedazaron a Hammlet como si de un muñeco se tratara, cada lobo había tomado una parte y habían jalado con todas sus fuerzas, ignorando por completo los alaridos de dolor de su ahora ex-alfa.
El plan había funcionado a la perfección, la venganza estaba servida.
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MensajeTema: Re: --Akakage--   Sáb Ago 15, 2015 1:28 am

Capítulo V.

Nevaba. La tormenta era tan fuerte que las pisadas quedaban ocultas casi de inmediato, haciendo imposible seguir el rastro de cualquiera. Permanecía únicamente la sangre aunque no por mucho tiempo, ya que igualmente quedaba tapada bajo el manto blanco.
La armonía de la pradera, albina y serena, era alterada únicamente por algo tan impuro y contrastante, que era chocante a la vista. Una silueta negra, que caminaba con una dificultad extrema entre la nieve. No, no tenía nada que ver con el espesor, sino con el estado en el que se encontraba. Muy atrás de él estaba otra del mismo color pero diferente tamaño, bastante más pequeña y en mejores condiciones.
-¡Hermano, espera!-Gritó el menor, tratando en vano de alcanzarlo.
A pesar de lo herido que se encontraba, el más grande no apaciguó su paso, por el contrario, se sobre esforzó por acelerarlo, mientras soltaba un gruñido que desprendió una buena cantidad de vaho. Avanzó, más no hizo mucho ya que el mal estado de su cuerpo lo traicionó, haciéndolo soltar un gemido de dolor mientras caía, con la nieve amortiguando el impacto.
-¡Hermano!-Gritó de nuevo, corriendo y saltando hasta lo imposible con tal de llegar hacia él. Esta vez no gruñó, estaba demasiado débil incluso para eso. En cambio, lanzó un suspiro y cerró los ojos, rendido ante el cansancio y el dolor. Hiroki tembló, no muy seguro si por sus heridas, el frío, o por el recuerdo que lo estaba atormentando en esos momentos.
________________________________________

Había sido el plan perfecto. Hammlet, indefenso, había caído más rápido de lo que hubieran esperado los guerreros. El imperio y la era de paz simplemente habían acabado tan pronto como habían comenzado. La tranquilidad no había podido contra el caos.
Entonces... ¿Qué había salido mal? Simple pero costoso: Hiroki había pensado en todo menos en una cosa, lo que pasaría después de asesinar a Hammlet. Jericho era líder por naturaleza, Hiroki también, ambos con deseos de ser el alfa pero poca disposición para compartir la responsabilidad.
Días y días de disputas verbales, acosos de poca intensidad, dentelladas, gruñidos, pero nada más. Los otros guerreros, mansos, se limitaban a ver como sus dos líderes se retaban día a día, llegando a la poco tranquilizadora conclusión que eso no terminaría en los mejores términos. Y no se equivocaban.
Pasó una noche sin luna, ya a casi dos semanas que Hammlet hubiera muerto. Los lobos negros, implacables y hartos el uno del otro, simplemente se habían atacado sin aviso alguno en una pelea tan terrible que parecía imposible que alguno saliera siquiera vivo.
No hubo ganador alguno ¿Por qué? Sencillo, porque fueron súbitamente interrumpidos por otros, que, al igual que ellos, se habían cansado del régimen que les habían impuesto. Su descuido les había salido caro, ensimismados en su odio mutuo, los presuntos alfas no se habían detenido a pensar en el resto de la manada, en los guerreros que se habían vuelto pacíficos y en los miembros más veteranos descontentos con sus acciones.
Fueron capturados demasiado fácil, sus heridas eran tan graves que apenas podían defenderse, no les quedó de otra que ver como sus demás compañeros, los otros rebeldes, sucumbían ante las garras de los guerreros de manadas aledañas aliadas de Hammlet. La masacre fue brutal y fulminante, todo su escuadrón acabó asesinado antes de que amaneciera, únicamente Nikolai logró escapar. Que Dios te acompañe, fue lo único que pensó A.H., sabiendo que si no lo habían matado era porque le deparaba un destino aún peor.
Sombra Roja estaba claramente acostumbrado al dolor pero eso no lo hacía invulnerable a él, aunque su orgullo era muchísimo más grande y eso fue lo que le permitió soportar totalmente estoico las innumerables torturas que le fueron infligidas todo el día siguiente. Hiroki no protestó, ni siquiera se movió centímetro alguno aún cuando sufrió cosas tan horribles que cualquiera hubiera suplicado por su vida. Era obvio que no pensaban matarlo, no desperdiciaría fuerzas en quejarse cuando las necesitaría más tarde.
Tampoco se resistió ni un poco cuando fue arrojado sin más al crudo invierno con innumerables heridas abiertas, desangrándose y al borde de la muerte. Nevaba. A duras penas se levantó y vislumbró a su izquierda como Jericho sufría la misma suerte. Los dos lobos apenas se vieron unos instantes, sus miradas lo decían todo: Esto no ha acabado, se amenazaron silenciosamente. Era tal el rencor del Akakage, que no hubiera dudado ni un segundo en volver a atacar a su ex compañero, sin embargo el cansancio fue el que decidió que por esa vez, dejaría vivir a Jericho. Solo por esa vez.
Así que, más vivo que muerto y sin saber a dónde ir realmente, Hiroki caminó entre la nieve con su hermano siguiéndolo.
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